A la salida del cine
La grilla
Por Lucía Salas
Era La grilla su forma de organizar el tiempo y también de recordarlo. Si quería acordarse de algún evento, un examen, cuándo dejó de verse con tal o empezó a verse con tal otro, ahí estaba la grilla para recordarle días y horarios. Todo se articulaba en función de La grilla. Las reuniones de grupos, de familia o amigos siempre estaban secretamente coordinadas por La grilla. Compromisos inventados como excusas para irse eran en realidad espacios importantes de La grilla. Cuando alguien que la conocía quería encontrarla, darle algo o preguntarle alguna cosa, consultaba La grilla y se acomodaba. Gran parte de sus amigos habían vivido La grilla, y los que no, ya casi no eran amigos. Es cruel, pero es la verdad de La grilla.
Los años pasados existen en forma de archivos de Internet de La grilla, ordenados por mes, día y horario. Su objetivo durante esos años, digámosle los de la grilla, era hacerse una con La grilla, volverse invisible. Salir y entrar de La grilla como si fuera un fantasma. Verdaderamente creía ser impalpable, porque lo creía como una facultad de los habitantes de La grilla y ella era la reina invisible de La grilla. Si alguien conocido aparecía, por alguna casualidad, le daría la bienvenida a La grilla y se esfumaría como había llegado.
Pero su objetivo era casi imposible, porque la repetición deja huella y con La grilla convivían también otras personas, otros fantasmas de La grilla, usuales espectadores o trabajadores de la grilla que se irían asimilando unos a otros hasta formar una especie de familia o secta silenciosa. Todos entraban y salían juntos, pero en el medio cada uno tenía su espacio: adelante al medio, menos adelante a la derecha, el medio tirando adelante (esquivando las hendijas del aire acondicionado), el medio tirando atrás a la izquierda. Avanzada la era de la grilla ya se conocían más o menos todos los integrantes. Todos menos uno, último integrante que le era desconocido. De nombre, porque nadie es desconocido de vista en La grilla.
Un día, un amigo reciente que andaba de vacaciones por La grilla, los presentó a la salida, poco antes de las interrupciones de fin de año. Cuando empezó la nueva grilla se llenó de suecos y clásicos, como pueden constatar en los documentos de Internet. Era por las obras incompletas del rioplatense oriental, uno de los primeros fanáticos del sueco. El primer día daban la del verano y nadie se cruzó mucho con nadie más que con esta Mónica. La segunda semana estuvo el más grande de todos y los mineros que cantan el Calon Lân. A la salida se encontró con la entrada llena, había un estreno nacional con un cocktail antesala provisto de queso y vino. Se encontró buscando al conocido nuevo, al que apodaremos el que fuma, pero no lo encontró. Al otro día fue a ver al viejo que pide aumento con su perrito y los abortos suecos y se cruzaron. Le contó del queso y el vino entre varios cigarrillos. A la semana siguiente misma historia: fue con la madre a ver a Dustin con anteojos y no se cruzaron, pero si se cruzaron al que anda levantando equipos de música sobre su cabeza frente a las ventanas de las chicas en un bar, fue un momento memorable.
Al final de esa semana hubo un día que pasó a la historia de La grilla: estaba el terrible y después la que le escribía al pianista de Viena. Ahí hubo una pausa. La visión de otra mujer fantasma, desconocida hasta entonces, la dejó en un estado de enamoramiento triste. Quedó abstraída, como ida, y tuvo que salir a caminar un par de horas. Más tarde lo llamaría estado de liebestod.
Creyó que no volvería en sí, pero al final volvió a la grilla para el alemán con los muelles neoyorquinos, tules y tules. A la salida y con sorpresa se encontró a el que fuma. Hablaron poco porque venía Césare entre triángulos y rayas con música en vivo, que a ella le parecía increíble y a él no tanto porque su grilla terminaba cuando empezara el sonámbulo. Es que la grilla era un poco cara y cruz para cada uno, trabajo y ocio, aunque vida y vida.
Después de la función, creyéndose la única en la sala, se quedó esperando lo mismo de todos los domingos: se apagan las luces y cuando todo queda oscuro comienza a abrirse la cortina que cubre toda la cara lateral, dejando al descubierto galerías externas, alumbrado público y la Luna que ilumina las butacas en una dirección que no es la usual. Era el clímax de la reina fantasma de la grilla y por más que esperó, no sucedía. Entonces, un poco fastidiada, cuando decide irse se encuentra con el que fuma que acomodaba unas cuestiones. Ahí se dio cuenta de que lo que para ella sucedía sólo cuando ella estaba —la cortina y las lunas— necesitaba de alguien que accionara el mecanismo. ¡Oh sorpresa!: otro humano. Y esta vez la grilla de ambos, que terminó terminando al mismo tiempo, los llevó afuera a fumar de nuevo a fastidiada y fastidiador. Salieron de la sala hacia donde era posible irse y que es afuera, aunque La grilla había terminado y era raro ese terreno fuera de los horarios, el lugar que siempre era el limbo entre las grillas.
También era raro interactuar más de dos cigarrillos y cuando se dieron cuenta eran más de 300. Él siguió con su after-grilla y ella se fue caminando lento, había un poco de viento y tenía una sensación rara parecida a la de la tarde, pero sin la tristeza.
La semana siguiente la grilla siguió con el ex mudo ahora sonoro y en el medio del pastizal con un indio rodeado de charles bronsones. Así son las películas. Al final de la semana el sueco y varias horas de por qué el amor termina siendo mala idea. Se pasaron algunos datos e intercambiaron a base de excusas dadas por La grilla, que se iba ampliando hacia horas insospechadas en veredas y puertas, muchísimos cigarrillos. Es que la grilla de ambos había sido más o menos siempre la misma y sin saberlo, se iba volviendo más claro.
Un día se vieron directamente fuera de La grilla y al otro día, aunque se levantó a ver a la mujer que tiene una confusa muerte terrible en el ascensor, ya no dependía tanto de la grilla si las cosas eran o no buenas ideas.
Dicen los documentos que al mes siguiente de la grilla pasaron la favorita de la reina de la grilla y pensó (y dijo) “si no cantás de rifles y ponys no tenemos nada que hacer acá”. Sí, cantaron. Y la grilla se fue cambiando de tiempos y espacios, de la sala a la cabina, de la cabina a la sala, y fue moldeando el tiempo, pero de muchas otras formas: la grilla del afuera que empezaba después de La grilla, esperar en casa a que La grilla termine, moverse como fantasma completo, todo culpa de Caligari a quien le rindieron culto durante algunos años de La grilla.
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Río Bravo (1959) | Howard Hawks

























