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Mi primera película

La isla del cuarto del fondo /// Lucía Carnicero

Mi primera película
La isla del cuarto del fondo
Por Lucía Carnicero

En mi caso particular no es un evento o una salida, no es un gran cine como el Monumental o el Atlas el que impresiona por vez primera mi mirada con relación al cine. En mi vida fue un contexto, un espacio específico que signó una relación estrecha entre el cine, las películas, el ritual y mi persona.

Desde pequeña fui muy impresionable ante las narraciones visuales. Mi padre y mi madre, que en ese momento —estamos hablando de la década del ‘80— se dedicaban a la producción de video, habían dotado al último cuarto de mi casa —habitualmente llamado “de servicio”— con una especie de Isla de Edición que contaba con dos videocaseteras, dos monitores, un switcher y un cómodo sillón de edición. También había allí una biblioteca angosta y mecánica tipo Mecano, que albergaba varias hileras de videos en cajas negras, identificados con números plásticos de Letraset y rotulados con papelitos escritos a máquina. De esa época aún conservo algunos títulos como Las alas del deseo, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, Mississippi en llamas

Recuerdo mañanas enteras de sábados y domingos en los que pasaba horas y horas en esta Isla. Allí asistí a mis primeras películas, muchas no las recuerdo, pero otras, a fuerza de repetición tras repetición (placer puro de los niños) fueron alquiladas una y otra vez en el videoclub de la vuelta de casa. Entre todas ellas, Laberinto es la que definitivamente debe haber quedado escrita más veces en la ficha de socio.

Este videoclub, al contrario de muchos locales pequeños que se desempeñaban como tales, era enorme; era diferente: sus suelos en damero de mármol, sus amplios pasillos, sus molduras y arcadas que delimitaban diferentes secciones y su sector especial para niños por el que yo me paseaba tardando no menos de lo que de adulta he tardado a la hora de elegir una película para ver.

Todo el proceso era placentero y parte del cuento conocido se repetía semana a semana: la ida al video, la elección, la vuelta a la Isla y ese ruido tan especial que hacía un VHS a la hora de entrar en la videocasetera. ¡La espera! Ese eterno mensaje de letras blancas que discurría en un fondo celeste musicalizado por una melodía tan densa y aletargante como el mensaje mismo. La ansiedad aumentaba… Gativideo, AVH… se acercaba el momento y aquellos personajes amados se adueñaban, una vez más, de la pantalla y de mis mañanas. Y entonces claro, mamá y papá podían dormir un poco más mientras yo estaba en la Isla del cuarto del fondo.

Un espacio fuera del tiempo habitual, un portal hacia mundos infinitos residía en el cuarto del fondo de mi casa. Tal vez estos recuerdos no son parte de un cine con butacas, una gran pantalla o un colectivo de gente, pero este no deja de ser el primer espacio en el que yo tomé contacto con el cine, con el tiempo ritual, con el placer de mirar, con algo dentro mío que años más tarde se desarrolló en una vocación, una carrera, una profesión. Todo comenzó allí, en la Isla.

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Laberinto (Labyrinth, 1986) | Jim Henson

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