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Aquella película contigo

La lección de la lección de la lección /// Luisa Irene Ickowicz

Aquella película contigo
La lección de la lección de la lección
Por Luisa Irene Ickowicz

Era primavera, de 1993. Durante una semana no pude escribir. Lo poco que producía resultaba nada. Ninguna resonancia. Angustiada por la pronta entrega de un guion que se me resistía, tomé la decisión de no ir al cine cuando estuviese en un proceso de escritura. Había aprendido la lección. No volvería a exponerme. No volvería a correr el riesgo de que otro universo creativo invadiera el mío.

La crisis comenzó una noche en la que lidiaba con el desenlace del último bloque de un capítulo para un programa de televisión. Ante la insistencia de un señor querido dejé el trabajo para más tarde y acepté ir al cine. Esta vez me tocaba elegir la película y fuimos a ver La lección de Piano de Jane Champion.

La sala estaba relativamente vacía. Nos ubicamos en una fila en la que no había gente. Cuando se apagaron las luces, una pareja se sentó a mi lado, aunque no le presté atención.

Apenas transcurrieron unos segundos, la voz interna e infantil de Ada (Holly Honter) vino hacia mí, me enlazó y mi realidad fue desapareciendo.

Pero los canales de percepción son mucho más amplios de lo que imaginamos. Estaba en esa playa gris ante un mar amenazante, junto con Ada, la niña Flora (Anna Paquin) y el piano. Sí. Sí. Y, a un mismo tiempo, podía escuchar el ruido molesto de dos butacas: la del señor que me acompañaba y que parecía no encontrar una posición cómoda que durase mucho tiempo, y la del hombre sentado junto a la mujer que estaba a mi lado. Hasta que por fin se impuso Baines (Harvey Keitel) con sus ojos pequeños y su algo de pancita. Su erotismo encendió la escena, la pantalla, la sala y acalló los asientos.

La historia continuó y Stewart (Sam Neill) produjo lo impredecible. Hacha en mano, detuvo mi corazón por un instante para luego hacer que los latidos martillaran mis sienes. En ese estado me resultó natural que la mano de la mujer que estaba junto a mí se aferrara con fuerza a mi brazo. En un acto reflejo, mi otra mano se unió a la de ella y pude sentir la piel de una mujer mayor. Permanecimos así, sin poder apartar nuestras miradas de la pantalla. Lloramos, suspiramos y gritamos ante las consecuencias de la traición de esa pequeña-niña-hija-contrariada. Y cuando llegó el momento, no nos negamos. Arrastradas por la pasión, nos hundimos en las aguas con Ada y su piano.

La película terminó y nos dejó su intensidad. Las luces lentamente se encendieron. La mujer y yo nos dimos tiempo para soltarnos con delicadeza y sin pudor. Nuestros respectivos señores ya habían avanzado hacia la salida. Nosotras nos miramos sin curiosidad mientras nos poníamos de pie. No necesitamos decir nada, ni siquiera un saludo. Nos fuimos cada una por su lado.

Sigo sin ir al cine cuando escribo, pero debo reconocer que después de tantos años y tantos guiones, aquella angustia que sentía por no poder escribir es un recuerdo más parecido a un concepto que a una sensación. En cambio, la mano de esa mujer en mi brazo y la mía yendo a su encuentro es una vivencia que aflora atemporal. Se hacen nítidas esas conexiones de varias percepciones ambivalentes que forman una red de sentidos impensados y que me llevan a la intimidante sensación de sentirme humildemente una persona.

Esa noche fue una marca en la experiencia. Una lección que encerraba otra, menos práctica, menos lineal de la que elegí entender en esa primavera del ‘93.

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La lección de Piano (The Piano, 1993) | Jane Champion

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