Aquella película contigo

La luz de frente /// Fernando Castets

Aquella película contigo
La luz de frente
Por Fernando Castets

Acabo de llegar del lugar donde murió mi papá. En una de las escolleras del puerto de Punta del Este, donde un cartel prohíbe la pesca, cerca de los lobos marinos que buscan restos de comida, allí se murió mi papá. Pescaba espalda contra espalda con su amigo y se cayó redondo. Y otra vez en ese mismo lugar volví a pensar que a mí la muerte no me va a sorprender pescando. Quizás ni me sorprenda, pero no será pescando. ¿Se podrá elegir el sitio donde uno quiere morirse?

Con mi papá, un tío abuelo y un amigo de ese tío abuelo fuimos a ver Krakatoa, al este de Java en el cine Bristol de Martínez. Y la explosión nos pareció tan espectacular que hasta el amigo de mi tío abuelo se asustó. Y eso que era sordo.

Vi Solo para sus ojos una noche de Navidad en el Gran Rex, en la primera fila del pullman, con mi amigo Juan. Cuando nos sentamos Juan se puso contento de que por fin habían arreglado las barandas de protección, porque ahora ya no eran un obstáculo que se cruzaba en el medio de la pantalla. Estuvimos riéndonos un rato largo después que otro amigo le dijo: “Juan, ¿no será que estás más alto?”

En una primera función de multicine vimos con Gabi —nosotros dos y si había alguien más no tiene importancia— Mamma mía. Apenas empezaron los títulos de presentación con su correspondiente música Gabi me pregunta: “¿Ese tema no es de Abba?”

Con Lola y Violeta vimos La sirenita cuando se repuso en los cines. En un momento Lola acompañaba lo que sucedía en la pantalla con música, onomatopeyas y diálogos aprendidos de memoria. Es que llevaba bastante tiempo sin darse, pero mis hijas ya se la sabían de memoria de tanto verla y rebobinarla en VHS. Al terminar, la madre que estaba sentada delante de nosotros, asombrada, se dio vuelta y le preguntó a Lola: “¿Cuántas veces la viste si se estrenó esta semana?” Me adelanté y le respondí que era la tercera vez, pero que mi hija tenía muy buena memoria. Después Lola se enojó por haberle mentido a la señora. Confundió orgullo con sinceridad.

Violeta me soportó una reposición de Doctor Zhivago en copia nueva. Tenía… once años, quizás. Pero el enfermo era el padre. Ya avanzada la proyección Violeta me toca el brazo. Seguramente quería ir al baño, algo comprensible ante la tarea de soportar Doctor Zhivago. Pero no, sólo quería preguntarme, susurrando y con temor: “Papá… Esta película… ¿termina?”

Con Gabriel, quien fue el culpable de que yo me metiera a estudiar cine, vimos Pierrot Le Fou creyendo que habíamos entrado a ver La dolce vita. Y cuando fuimos a ver Amarcord a él le pidieron documentos y eso que tenía un año más que yo. Pero a mí, no.

En la base Jubany en la Antártida vi Luna de Avellaneda con cuatro científicos de Corea del Sur que habían venido desde su base enterados por Internet que se inauguraba una sala de cine. A la salida les pregunté qué les había parecido y uno de ellos, creo que, con lágrimas en los ojos, me respondió: “Me hizo acordar a mi país”.

Con mi tío Roberto entré por primera vez al Cine Núcleo y no salimos de allí hasta que vimos varios cientos de películas. Pero los sonidos de la gente cayendo al suelo porque se desmayaba mientras veíamos El crimen de Cuenca (dos veces hubo que detener la proyección) nunca más lo olvidé.

Y con muchas personas que quiero vi las películas en las que tuve algo que ver, incluso cuando no estaban terminadas. Y siempre fueron experiencias que no me cambiaron la vida, porque son parte de mi vida.

Hace un tiempo fui al velatorio de la madre de un querido amigo y él, otro bicho de cine, al verme llegar me preguntó: “¿Te acordás de este lugar?” Miré a mi alrededor y traté de reconocer el lugar, pero fue inútil. Y como yo no recordaba —y eso que ya he estado en varios velatorios— me llevó hacia una sala contigua, que era nada más y nada menos que un depósito de… ataúdes. Sí, cajones para muertos. Todos esos depósitos finales estaban en un único depósito, algo destartalado, pero cuya disposición y aspecto, aún descuidado, me recordaba a algo. El depósito de depósitos había sido una sala de cine, la del cine Roxy de Vicente López, en donde inmediatamente recordé que allí había visto La fiesta inolvidable o El quinteto de la muerte, entre muchas otras.

Y entonces ahora pienso que quizás esa sala oscura puede iluminarse de repente mostrando mi avenjentadísimo y más que centenario cadáver, pero además rodeado de todas las personas que me acompañan. Y todos descubrirían que en lugar de estar en una casa de sepelios están en un cine, porque ése fue el lugar por el que me decidí. Al final, si elegí morirme en ese lugar es por los preciosos recuerdos de momentos que pasé allí con casi todas las personas a las que más quise. La duda ahora es cuál sería la película…

No elegimos el lugar dónde nacer, pero sí podemos elegir el lugar dónde morir. Y la sala oscura de un cine no me parece un mal sitio. Es más, no se me ocurre un sitio mejor.

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Krakatoa, al este de Java (Krakatoa: East of Java, 1968) | Bernard L. Kowalski

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