Aquella película contigo

La mina del sillón /// Mariano Morita

Aquella película contigo
La mina del sillón
Por Mariano Morita

Ver películas dos veces me permite ser parte de la película, es como tener acceso a la entrada trasera del restringido club de los cineastas. Lo curioso es que para hacerlo necesitemos de los espectadores, es decir, ir al cine.

Hacía el año 2004, cuando en el festival de Buenos Aires me disponía a ver la película Pulse (2001), en una retrospectiva de su director, Kiyoshi Kurosawa, quien se encontraba presente en la sala, nos contó a los espectadores que, aunque la película pareciera de terror o empezara como una de ellas, en realidad se trataba de un drama, que esas eran sus intenciones. ¡Mentira! Nunca tuve tanto miedo en un cine. Recuerdo particularmente una escena en la que un personaje entraba a una habitación siniestra, cuya puerta estaba tapeada con cinta roja. El personaje entraba y sólo había un sillón, pero el joven lograba divisar que, desde la penumbra del cuarto, una extraña figura femenina se le acercaba. La escena era terrible, los movimientos de la mujer llevaban un ritmo indescriptible, había algo con la velocidad que lo volvía terrorífico, el aire se sentía viciado, los movimientos parecían en cámara lenta, pero sólo por momentos. Algo rarísimo, pero aterrador. El muchacho tenía tanto miedo (como yo) que se caía al piso e intentaba avanzar hacia atrás muy lentamente (como sucede en las peores pesadillas). La mujer avanzaba lentamente y el muchacho se tiraba sobre el sillón, pero su torpeza lo terminaba tirando hacia atrás del mismo. Recuerdo que, en ese momento exacto, los diabólicos coros que sonaban se detenían, como en una especie de descanso, pues el muchacho miraba por debajo del sillón y no lograba ver a la mujer fantasmal, que había desaparecido. Sin embargo, segundos después, los coros del horror volvían, porque el muchacho miraba para arriba y tenía a la mujer fantasma asomándose por la espalda del sillón, viéndolo a la cara. Ese momento me heló la sangre. La cara de la mujer era absolutamente normal, pero todo, absolutamente todo, era terrible. A la salida, con mis amigos llegamos a la conclusión de que había sido más que terrible, y bautizamos esa escena, para el recuerdo, como “La escena de la mina del sillón”.

Seis meses después, nos enteramos que Pulse se proyectaba en la Sala Lugones. ¡La mina del sillón! Había que ir a verla, todo parecía muy emocionante. Volver a ver a la mina del sillón implicaba volver a sentir esa experiencia aterradora. Sin embargo, al ingresar a la sala y ver a los otros espectadores, me sentía distinto. Los otros no sabían lo que yo sabía. Los otros no sabían nada acerca de la mina del sillón, pero yo sí. Y yo, que podía revivir (y describir) cada momento, me sentía a otra altura. “¡Ustedes van a sentir a la mina del sillón por primera vez!”, pensaba. “Tengo que verlos”.

Así, cuando llegó la escena en cuestión me di vuelta para ver los rostros en la oscuridad. Yo todavía tenía miedo, entre lo que veía y lo que escuchaba, mis recuerdos volvían, y el terror comenzaba. Pero también me sentía capaz de dominar esos rostros que miraban: personas que se hacían comentarios entre risas, o simplemente aterradas, o pensando que todo había terminado en el momento en el cual el muchacho miraba por debajo del sillón. Esas caras de tranquilidad que no imaginaban que en realidad la mina del sillón estaba efectivamente en el sillón me daban una sensación de poder, y por un segundo, la capacidad de establecer una conexión, entre lo que es ser un espectador, estar con otro espectador, entre el saber y el no saber, entre mis amigos viendo y yo mirando para atrás, y entre lo que se puede pensar en una puesta en escena concibiendo a un espectador. En definitiva, lo único que importaba en ese momento, era estar con otros espectadores. Tal vez esa debe ser la razón por la cual nunca dejaremos de ir al cine.

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Pulse (2001) | Kiyoshi Kurosawa

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