Nuestra última película

La noche del tío /// Eduardo Rojas

Nuestra última película
La noche del tío
Por Eduardo Rojas

Antes habíamos visto películas en el campo, mientras estábamos en instrucción. Nos llevaban sin aviso, en plena noche, igual que cuando íbamos a practicar una maniobra en plena oscuridad. Nosotros marchábamos con el mismo ánimo que esas veces y toda la fatiga del día entero de gritos y órdenes encima. Pero en esas noches, en lugar de combates simulados o saltos de rana, íbamos a un descampado iluminado por los faros de dos camiones, sobre la caja de un tercero armaban una especie de cruz con dos hierros atravesados de la que colgaban una pantalla que quedaba flotando, suelta y oscilando con el viento. Nos sentábamos en el suelo sobre el pasto seco. Las películas eran en blanco y negro, todas de la Rank. Primero pasaban una de episodios, un western con Guy Madison y su amigo, Andy Devine. Sí, el mismo cochero de La Diligencia, el amigo de John Wayne. Pero yo todavía no había visto La Diligencia, y mi fanatismo por el cine no soportaba el cansancio y la tensión de un día de instrucción en la colimba. Me dormía durante el episodio, nunca llegué a ver el largometraje que venía después. A la mayoría de mis compañeros les pasaba lo mismo.

Esa noche era distinta. Ya no estábamos en Campo de Mayo sino en los cuarteles de Palermo. Un domingo sin franco, obligados por la fecha: 11 de marzo de 1973; había elecciones en todo el país, las primeras después de siete años de dictadura. Héctor Cámpora, el Tío, era el candidato peronista, el favorito para derrotar a la dictadura. Estábamos acuartelados, por cualquier cosa…

Después de un día de partidos de fútbol y recreación bajo órdenes en el cuartel, apenas oscureció nos llevaron al comedor a cenar esas mezclas confusas de guisos o pastas con gusto a lavandina que ellos llamaban “el rancho”. Enseguida nos ordenaron que fuéramos al galpón de los Reo. Los Reo eran los camiones, rezagos de la Segunda Guerra, en que íbamos y veníamos del Regimiento a Campo de Mayo. El galpón era enorme, los Reo estaban estacionados afuera; nosotros entramos y nos sentamos sobre el piso de cemento. Seríamos trescientos. Un lujo para cualquier sala de cine de Lavalle. Se apagaron las luces y otra vez apareció Guy Madison, un poco más atrás venía Andy Devine. Por una vez no me dormí y comencé a ver el largometraje, era El Jorobado de Notre Dame con Charles Laughton, dirigida por William Dieterle.

Pero tampoco esta vez pude prestarle atención, todo mi interés estaba puesto en una pequeña radio portátil que me habían traído mis viejos durante una visita, y que yo escondía en el cofre de la ropa o bajo la almohada; me dormía escuchando radio, era una Hitachi vieja y bastante gastada, pero con un sonido excelente. Una prima de papá la había traído de Estados Unidos hacía muchos años. Ahora, esa noche, yo apenas miraba la pantalla, no escuchaba los diálogos. Me había pegado la radio a la oreja y escuchaba: “diez mesas de San Miguel, Frejuli: 1500 votos, UCR: 400”. La radio era una catarata de cifras, datos, proyecciones, algún reportaje a alguien que nunca llegaba a identificar. Los oficiales a cargo eran dos, estaban nerviosos, molestos; de espaldas a la pantalla, miraban hacia todos lados como si nos fuéramos a escapar o alguien viniera de afuera para atacarnos. De a ratos daban alguna orden a los gritos, sobreponiéndose a los diálogos de las películas. Por una vez no importaba. A oscuras, protegidos, los soldados hablaban, un murmullo constante indicaba que no era yo el único que no miraba la pantalla.

Hubo un intervalo, había que cambiar el rollo. Se encendió una luz junto al proyector, yo estaba al lado. El colimba que pasaba la película, un veterano de la clase anterior que todavía no había conseguido la baja, me vio con la portátil pegada a la oreja; me hizo un gesto con la mano, se la di. El colimba siguió maniobrando con los rollos, mientras tanto pegó la radio al micrófono; los parlantes amplificaron las voces de los periodistas: “Cuatro mesas de La Matanza: Frejuli: 3000 votos, UCR: 1000”. Una gritería recorrió el galpón, enseguida un aplauso; los oficiales estaban rojos de indignación, uno de ellos (¿Habrá sido el Teniente Loréfice?) pegó un grito: “¡Silencio milicos!” Cesaron los gritos y volvieron los murmullos, se apagó la luz y continuó la película. Laughton se descolgaba entre las gárgolas de la catedral. Yo tenía otra vez la portátil pegada a la oreja, un compañero que estaba sentado a mi lado me la pidió —un minutito nomás—. Se la di de mala gana, ahora él la acercó a su oreja y escuchó durante un momento, después extendió el brazo hacia el proyector y la pegó otra vez al micrófono; en la pantalla Charles Laughton comenzó a hablar con voz de locutor argentino: “diez mesas del barrio de Pompeya, Frejuli: 4500 votos, UCR: 800”. Esta vez la ovación hizo temblar el techo de chapa, abovedado. Las voces subieron y parecieron quedarse allá arriba, pegadas, retumbando. Alguien gritó: “¡Viva Perón!” Y todos lo seguimos. Yo no era peronista, no lo soy aún, pero esa noche y en ese lugar todos nosotros, los milicos, todos vestidos de verde fajina, gritamos juntos con felicidad, a toda voz. Me callé, nos callamos después de un rato, cuando los oficiales consiguieron que se encendiera la luz y se apagara el proyector. A los gritos: “¡Al piso! ¡Carrera march milicos de mierda!” —nos hicieron salir del galpón. Seguimos escuchando los resultados en mi portátil.

Nunca volví a ver El jorobado de Notre Dame de William Dieterle. Esa fue la última película que vimos juntos con mis compañeros de la colimba. Después todo fue salto de rana, orden cerrado. Y tiros, de los verdaderos.

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El jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame, 1939) | William Dieterle

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