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La película prohibida

La otra Flor /// Florencia Schapiro

La película prohibida
La otra Flor
Por Florencia Schapiro

El encuentro fue un cliché tras otro. Podría haber sido empalagoso si no fuera porque se trataba de puro amor. París, cita frente a la Catedral de Notre Dame justo en el día de los enamorados. Perderse en las calles siguiendo únicamente la dirección de los escasos y anhelados rayos de sol. Un cognac para que el frío fuera más llevadero. Nos despertamos en ese hotel en donde los pies se hunden en las alfombras y fuimos a desayunar observando el desorden animado del mercado de domingo de la calle Montorgueil.

Y como quien anuncia estar casado y dejar por implícito un pacto desde el comienzo, como aquel dicho que versa “el que avisa no traiciona”, me habló sobre Ella. Me advirtió que llegó primero y que no se iría tan fácil. Hacía más de 15 años que la tenía en su mente. Seguía fascinado. Era su bagaje. Aceptar o resignarse a no conocerlo. Pensé que era como esa gente que vive colgada del pasado. Un lindo desafío sacarlo de ahí. Estaba claro que idealizaba, que nunca más la vería, que sus recuerdos terminarían por esfumarse. Con los años esos momentos caducos pasaron a ser una esporádica anécdota más en las mesas.

Hasta que volvió a hablar cada vez más seguido sobre aquella mujer que conoció hacía años en Corea del Norte. Estudiante, joven, hermosa, inteligente, revolucionaria, que quería reunificar las dos Coreas y todo. La famosa “Flor de la Reunificación”. Sus excéntricas anécdotas se transformaron en una obsesión. Empezó a buscarla escuchando radios en coreano a las tres de la mañana (sin entender el idioma, pero simulando una pseudo proximidad), leyendo diarios de todo el mundo, solicitando información que nunca llegaría: esa Flor estaba prohibida. Era un personaje incómodo tanto para Corea del Norte como para Corea del Sur y no le darían acceso a contar nada sobre ella.

Pero él la percibía como una Juana de Arco incomprendida en su época. Poco a poco se fue sumergiendo en la búsqueda de ese “perfume revolucionario” —como decía— mediante todo tipo de puentes, en cualquier parte del mundo que pudieran darle alguna pista sobre su existencia.

En medio de unas vacaciones en Cuba, se reservaba medio día para visitar la Embajada de Corea (con la señal que si no aparecía cuatro horas después que llamara de urgencia al Canciller X); asiduas visitas al barrio de Flores en los paladares de familias que abren sus puertas únicamente si la presentación la realiza alguien de la comunidad. Botellas y botellas de Soju, tambores coreanos en el Rosedal, muestra de artes marciales y cantante con violín eléctrico, encuentro mensual con el “espía” de la embajada del cual terminaron haciéndose amigotes, y nuestro hogar dejó de ser un hogar para convertirse en una sala de fanáticos enfermos que viven de migajas de información: un productor tan obstinado o más que él, un editor, el hermano del traductor porque el traductor se convirtió en actor, un asesor de guion porque nunca hubo guion, asesor de edición porque al no haber guion la edición se trabó, una asistente Victorinox… toda esa gente se instaló en la casa por muchos años. Una convivencia claramente forzada.

Hasta que un día la encontró. Estaba viva y lo esperaba.

Nuestro hijo de 3 años le dijo: “No quiero que vayas a Corea… porque si vas, no vas a volver”. Tuvo un accidente de auto del que casi no vuelve.

Con su regreso acepté que a veces, la obsesión, puede transformarse en una película.

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