La película prohibida
La película ignorada
Por Lucía Salas
Verano, un chico y una chica.
El día anterior habían decidido juntos ir a ver LA película. En el trajín y el calor de la semana de verano, esa era la verdaderamente esperada, la que había que pensar bien dónde acomodar. A la tardecita, obvio, sin el sueño de la noche ni la multitud de la tarde.
El problema era que después de arreglar, ir y venir por separado varias veces en el día, se habían vuelto a cruzar por la noche en una fiesta y bebido quizás demasiado. Aunque beber de más era costumbre lo que vino después no lo era y se terminaron besando hasta altas horas de la madrugada como si fuera así siempre. Ella lo había detenido abruptamente y se había ido, no por falta de ganas, sino por un extraño exceso de consciencia.
Al otro día el dolor de cabeza tremendo y el despertador a media mañana le recordaron no sólo lo que estaba pasando sino lo que estaba por pasar. ¿Justo ese día tenía que ser?, el día de la concentración, el día de la película tan esperada. Alikal por montones.
Comenzó el día con sus vueltas y se acercaba la hora. “¿Qué hago, qué hago, qué hago?”. Perderse la película: por nada del mundo. Café y a la fila. En ese ínterin de ir y venir, cuando ya todo estaba cerca, le llega su mensaje:
—¿Vas?
—Obvio.
En el camino, la euforia del encuentro y la de ver la película se mezclaban. ¿Cómo podían coincidir un momento tan esperado con otro que quería tanto evitar?
La fila fue tan incómoda como tenía que ser. Se saludaron, hablaron de lo que habían visto en el día y ella mencionó cierto dolor de cabeza que él decidió ignorar. Se hacía la hora y en la fila no había prácticamente nadie salvo un par de viejos, pero nadie conocido. Ese extraño momento donde se alinean los planetas y todos eligieron otro horario, otro día y mudarse a otra ciudad, al dar por sentado que no arreglar igual iba a significar irse cruzando. Pero no.
Se resignaron a que así sería y siguieron llenando alternadamente los silencios, mirando también alternadamente hacia los costados buscando alguien, algo, alguna vez.
Entraron y se sentaron en los asientos más altos, con por lo menos diez filas de distancia de cualquier otro ser humano. Las publicidades en la pantalla les dieron la paz necesaria para dejar de hablar, pero no la suficiente para aflojar el cuerpo. Ella acomodó sus cosas y se dio cuenta de que iba a ser una tarde muy larga, cualquier roce iba a ser un mundo y no entendía cómo estaba pasando eso justo ahí, justo en esa película. Quería prestar atención con toda la fuerza de su corazón, pero ya en las publicidades se observó dispersa. No sabía cómo sentarse y temía que la película empezara antes de que encontrara la solución y tener que estar pensando en medio de todo. La ansiedad la estaba consumiendo.
Los títulos comenzaron y sin pensar adoptó su típica pies sobre la butaca, abrazar las rodillas y el mentón sobre las manos. No quiso girar la cabeza ni un centímetro hacia él. No quería ver ni saber si la estaba mirando, qué posición había adoptado, nada.
Intentó concentrarse en la película. Ya era obvio que iba a ser increíble y en un momento se dio cuenta de que hacía cinco minutos que, sin bajar la cabeza, estaba mirando fijo la pantalla, más exactamente al borde inferior, donde estaban los subtítulos. Y la película no estaba en castellano, mucho menos en inglés. Hacía cinco minutos que estaba mirando al vacío y escuchando sonidos ininteligibles. El cerebro no paraba un segundo y en el medio se mezclaba la bronca de no poder concentrarse.
Las dos personas que estaban sentadas abajo se levantaron y se fueron. Mientras se odiaba y hacía un esfuerzo sobrehumano para concentrarse escuchó un ruido que no venía de la pantalla sino del asiento de al lado. Alguien se había animado a moverse y no había sido ella.
Le rozó el brazo sin querer.
—Perdón.
—No, todo bien.
Se dio cuenta de que ya no lo podía mirar y después entendió que estaba sobredimensionándolo todo. En su cabeza escuchó la voz de una amiga con su necesario “te calmás”. Pensó en lo que dirían sus amigas cuando les contara, pensó en si tendría algo para contar de toda esa nada que estaba pasando en esa sala de cine vacía frente a una película que hasta hacía un día no podía esperar para ver y en ese momento le fastidiaba terriblemente. También pensó en si la ansiedad y la euforia sería la misma del mismo lado o si en realidad era como si nada hubiera pasado y un roce sin querer era un roce sin querer.
Se tenía que calmar y ponerse a ver de una vez, quizás todavía podía entrar. Logró concentrarse algo, pero igual sentía bronca, había varias cosas que no entendía, no sabía bien qué hacer y no podía preguntar. Bajó por fin las piernas del asiento y miró hacia adelante.
Sintió otro ruido y otro roce, pero esta vez en la pierna. Nadie se movió y las piernas se quedaron ahí, tocándose. Sabía que era sólo eso, dos piernas, pero estaban ahí tocándose y todos lo sabían, pero nadie hacía nada, a favor o en contra. Quizás no había nada que hacer y eran dos objetos ocupando casi el mismo espacio y por lo tanto eso, se chocaban.
La posición ya estaba volviéndose insostenible y sabía que se iba a tener que mover y abandonar el roce. Se incorporó un poco e intentó poner el brazo en el apoyabrazos y ahí se encontró con el de él, con la mano incluida, que de alguna manera rozó la suya. Entró en pánico y su mano cayó tiesa sobre la pierna, que a pesar del movimiento seguía en roce. Era casi tan incómodo… pero la dejó ahí y respiró.
Logró mirar a la pantalla, pero se deshizo de toda esperanza de entender algo. Iba a tener que volver otro día, con otra gente y a otra hora, lo más lejos posible de eso que estaba pasando.
De repente sintió algo que no esperaba: la mirada en su cuello. Otra vez el pánico, aunque esta vez debía tomar una decisión. Apoyó la cabeza en el respaldo como intuía que estaba él y desde ahí lo miró. Sabía que esa posición era infalible, ambos iban a estar apoyados a la misma altura y había algo en relajar el cuello apoyando la cabeza contra algo y mirar de cerca que hablaba de estar predispuesto. Si había algo para lo cual estar predispuesto se iba a enterar ahí. O no.
Puso la acción en marcha y lo miró. Vio que la estaba mirando, se le escapó una risa y miró de nuevo para adelante. No llegó a pensar “qué pedazo de pelotuda” del todo porque en ese momento sintió un roce más profundo en su pierna y para cuando volvió a mirar él ya estaba tan cerca que no se podía ni asustar de la cara de beso que ya estaba en marcha.
El cine había quedado vacío y todo esto venía con el apremio de haber tomado una decisión largamente postergada. Además, estaba la poca ropa del verano. Todo se transformó en un ya fue gigante. La primera mano fue sobre la pierna del roce y de ahí hacia arriba, y todo cada vez más abajo de la ropa. La película para ellos nunca había comenzado.