La película prohibida
La película prohibida
Por Yago Blanco
Nací en el ‘74, y cuando tuve la edad suficiente como para ir al cine solo o con amigos, la democracia ya era una realidad. Con sus fragilidades, por un lado, sí, pero por el otro con una irrupción de la libertad de expresión que se imponía por sobre todas las cosas: las revistas, los diarios, la televisión y también el cine eran ámbitos donde todo lo que hasta ese momento estaba prohibido ahora se mostraba con un ímpetu nunca antes visto.
En sintonía con ese espíritu tuvo lugar por aquellos tiempos un pequeño ajuste en las edades de restricción para ver películas en los cines. En principio, la modalidad de calificar las películas por edades las asignaba aptas para mayores de 14, 16 y 18 años respectivamente, pero prontamente eso cambió y las que antes eran prohibidas para menores de 14 años pasaron a ser prohibidas para menores de 13. Y la gran novedad que traía por añadidura era que podías acceder a esas películas simplemente acompañado por un mayor, pero no un mayor de 18, sino que bastaba con tener la edad mínima para poder habilitar la entrada de un menor. A los 12 años y monedas esa nueva modalidad fue determinante en mis salidas al cine. Tener un hermano mayor o un amigo que ya hubiese cumplido los 13 años era una bendición: ir al cine, que te pidieran documentos mirándote con cara de desconfianza y tener el as en la manga de un “mayor” era una estrategia infalible, pudiendo acceder a ese mundo prohibido hasta el momento y sin los padres, únicamente con un “par habilitante”, un hecho significativo que me hizo descubrir otro tipo de películas que a esa edad nunca hubiese imaginado, un nuevo mundo al que accedían mis ojos por obra y magia de una cédula de identidad que me amparaba.
Pero una vez alcanzado el anhelado objetivo no tardó en manifestarse el deseo creciente de transgredir la siguiente etapa de prohibición. Ahí estaban las películas más complejas, más violentas o con desnudos que alguien en su despacho había decidido que no eran “aptas” para 13 pero si para alguien de 18 años. Y aun cuando el conocimiento que teníamos sobre esos films era casi nulo, bastaba con que alguien te dijera “¡hay que verla!”, para que inmediatamente se convirtiera en una tentación en constante crecimiento. El juego entre el deseo y lo prohibido… Había otro cine por delante, al que tendría que esperar varios años más para acceder a verlo en la pantalla grande, y aunque siempre estaba la posibilidad del videoclub la experiencia no era la misma. Además, en ese caso, tenía la censura de mi familia, que a veces era peor que la de las salas.
Pero “hecha la ley, hecha la trampa”. En esa época ir a la Costa era como ir a Las Vegas: un mundo donde los fichines estaban permitidos, donde tus viejos te dejaban salir por la noche, y donde, vaya uno a saber por qué, los boleteros de los cines hacían la vista gorda para ver cualquier película, indistintamente si tenías 13, 15 o 20 años. Claro que tamaña salvedad conllevaba su notable contrapartida: las películas que se proyectaban o bien ya tenían bastante tiempo en cartel o eran unos “bodrios de verano” que poco importaban, salvo, claro, durante las quincenas abundantes en lluvia, donde ahí bajaban nuestras pretensiones, animándonos casi a cualquier cosa solo por el hecho que la sala pudiera refugiarnos del tedio.
Y sucedió precisamente durante un verano que en el cine Oasis de Pinamar increíblemente se anunciaba el estreno exclusivo de Nacido para matar (Full Metal Jacket), la nueva película de Stanley Kubrick, quien hacía más de siete años no dirigía y cuyas películas había conocido gracias a mi gran amigo Zeke, a quién sus padres no censuraban tanto, teniendo la posibilidad de ver algunas de sus obras maestras en VHS como La naranja mecánica y El resplandor, dos de las que más me habían impactado en esa tierna adolescencia. Zeke era mi gran compañero de idas al cine. Con seis meses de diferencia a su favor era lógico, además, que fuera mi habitual “adulto responsable” para entrar a las salas; geniales tardes de sábado solíamos pasar en el “Electric” de Lavalle viendo cine en continuado y por unos pocos pesos.
Así fue como, con nuestras familias veraneando juntas y mis padres más permisivos que de costumbre, fui autorizado para ir con mi amigo “mayor” a la función de trasnoche, la única oportunidad que teníamos, ya que, al otro día, Zeke y su familia partían de regreso de sus vacaciones. Dispuestos para la aventura, salimos embalados hacia el gran evento, sentimiento que se disipó de golpe cuando el horror se manifestó frente a nuestras narices: “Entradas Agotadas” anunciaba el cartel de la vidriera, cayendo en la cuenta que no habíamos sido los únicos entusiasmados. No lo podíamos creer. La posibilidad de ver una película prohibida y nosotros ¡sin entradas! Es verdad que tratamos de rebuscárnoslas; pedimos a los que hacían la cola una entrada de más; imaginamos colarnos por la puerta trasera, pero caímos en la cuenta que eso “solo pasa en las películas”; rogamos al boletero, una y otra vez, pero la respuesta era implacable: “la sala está llena”.
Con las estrategias agotadas, estábamos a punto de abandonar e irnos a ahogar nuestras penas en Playland reventando nuestros últimos pesos en el Galaga, cuando, de pronto, “vimos la luz”. O, mejor dicho, vimos a una pareja que estaba peleándose, donde ella quería devolver las entradas. Según creímos entender, ella estaba harta de acompañar a su novio a ver películas de guerra. La discusión creciente tenía dos costados. Por un lado, el de la pareja, y, por el otro, entre el boletero y la pareja, quienes trataban de darle un cierre al debate sobre la devolución o no de las entradas y el consiguiente reembolso del dinero. Zeke, ni lento ni perezoso, se metió de una para dirimir la controversia. Fue claro y directo. “¡Se las compramos nosotros!”. Ahí estábamos, dos púberes, uno de 12 y otro con sus 13 años a cuestas, con nuestras entradas en mano, decididos a disfrutar de la tan ansiada película.
Felices por partida doble, por las entradas y por el sentimiento de placer que otorga vencer a las adversidades a pura perseverancia, compramos algunas golosinas y nos pusimos en la cola, que para nuestra sorpresa no estaba tan abarrotada como suponíamos frente a un estreno de tamaña envergadura. Fue en ese preciso momento cuando recordamos la cara de felicidad de la pareja, y, sobre todo, la sonrisa socarrona del boletero al momento de adquirir las entradas, imagen por demás reveladora: ella no estaba harta de ver películas de guerra, de lo que estaba cansada, ¡era de ver películas en la primera fila! En efecto, como supimos comprobar al instante, en esta sala existía una regla que se mantenía a rajatabla y que en los cines de la calle Lavalle no existía: la ubicación por asiento. Todos tenían su butaca reservada, llegaran primeros o últimos, sabían que el asiento que habían comprado era su lugar en el cine.
¡Malísimo! Pero ya estábamos en el baile, así que, con la energía que se porta a la edad de 13 años, que sobrepasa cualquier reto físico, vimos con entusiasmo Nacido para matar, toda en “primerísimo primer plano”, con mi ropa virtualmente manchada de sangre por la cercanía y con un tortícolis creciente, motivos insuficientes, sin embargo, para empalidecer y menguar la excitación de haber experimentado batallas, suicidios y muertes en una de las películas anti guerra más geniales de todos los tiempos.
Es un gran recuerdo el que tengo de aquella salida, y también un gran aprendizaje. Si uno quiere, no hay ninguna prohibición que pueda frenarte a disfrutar de una buena película…
Eso sí, va a ser mucho mejor si las entradas las comprás con anticipación.
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Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987) | Stanley Kubrick