Mi primera película
La primera vez que fui al cine o la aventura de la emoción
Por Maia Lopardo
A decir verdad, no recuerdo con exactitud la primera vez que fui al cine, seguramente era muy pequeña, y estaba en esa edad en la que los recuerdos se mezclan con la fantasía y las fotos guardadas.
Mi mamá era la que nos llevaba a ver las de Julie Andrews (su actriz favorita, así como el musical su género favorito), o a los estrenos de la saga de La Guerra de las Galaxias; infaltables ahí.
La aventura de ir al cine estaba condimentada con la búsqueda en el diario del mejor cine y su mejor ubicación, el viaje hasta el centro y una sensación de todo grande, todo inmenso, la sala, la pantalla, la cantidad de butacas, de gente, la marquesina…
El recuerdo que guardo atesorado como una de las experiencias maravillosas de ir al cine fue cuando fuimos a ver E.T. de Steven Spielberg. Una película muy esperada.
En ese entonces vivíamos con mi familia en Adrogué, provincia de Buenos Aires, Conurbano al Sur. La película se exhibía en el Cine Adrogué, ahora devenido en Shopping. Era de esos cines grandes, con escenarios teatrales, que albergaban elencos infantiles en temporada de vacaciones de invierno.
Una de las razones por las cuales recuerdo esta jornada es porque era domingo, un día no habitual para ir al cine como en cambio sí lo era el sábado, día que mi mamá elegía para llevarnos a Capital y, ya que estábamos, pasear un rato.
Por ser domingo entonces, fuimos todos, la familia completa: mi papá, mi mamá, mi hermano mayor (aún no tenía hermano menor) y yo. ¡Eso para mí ya fue emocionante! Ver a mi viejo en el cine era un espectáculo especial, formando parte de ese momento misterioso, del encuentro a oscuras con la fantasía. Lo volvió más niño, más cerca mío.
La película fue impresionante (¿cómo no recordarla?) llena de suspenso, ternura, aventura (eso siempre me gustó) y emoción. Y fue por esto último que también recuerdo este día en particular.
Llegando al final del film, atrapada por lo que se desplegaba ante mi mirada de ojos enormes, sentí como nunca antes esa extraña fusión con el personaje principal. Nunca antes la había sentido con tanta fuerza, quizás porque el actor era un niño de mi edad en ese momento, o por la excelencia de su trabajo y del director (hay una anécdota interesante de como preparó Spielberg al actor para este momento). Lo cierto es que cuando Elliott se despedía de E.T. llorando, mis lágrimas caían al mismo tiempo, como acompañándolo, estábamos juntos. Parecerá una tontería, pero fue la primera vez que me emocionó así una película, y pasó mucho tiempo para que otra volviera a hacerlo.
Al salir del cine estaba totalmente conmovida, lo hermoso es que no estaba triste, y por el contrario me sentía a gusto compartiendo esta fuerte sensación con mi familia, vernos a todos saliendo del edificio en sombras, a la calle ruidosa del centro de Adrogué, con el rostro lleno de emoción, de alegría por el buen rato.
Ahora pienso que la sensación fue de absoluto presente, de alma abierta, de sentir que somos emoción, de totalidad. Eso es el cine para mí, la posibilidad de unión, de mezcolanza del que cuenta y el que ve, de todo junto, de alma a alma, y sino, no hay cine.
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E.T. El Extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg