Mi primera película
La reina de los bajitos
Por Ezequiel Boetti
Fue menos de un instante. Mis pupilas no terminaron de enfocar el saludo que cerraba la invitación cuando los dedos entusiastas ya tecleaban su beneplácito absoluto. Era lógico: el fluir de las palabras regido únicamente por los caprichos personales y una prosa al servicio no de la rigidez informativa sino al libertinaje de las vivencias propias tentaban demasiado a quien procura vivir del periodismo y de la escritura. Pero el tiempo discurrió con su regularidad inalterable, y la tarea otrora placentera devino en ciclópea cuando chocó de frente contra la inexistencia de los recuerdos y el pudor de mi experiencia.
La lejanía temporal de mi primera vivencia cinematográfica empapa de imprecisión cualquier intento de reconstruirlo. Creo que la memoria tiene la extraña cualidad de trocar sus vacíos por situaciones estilizadas y generar esa idealización llamada nostalgia, involuntaria, encargada de apalear el dolor de lo irredimible y escudar el alma en la crueldad del presente, pero también de plantar un resabio amargo en la dulzura de los retornos y empapar de tristeza la presencia de ese pasado que se corporiza en la soledad cotidiana de las noches en vela.
La primera imagen mental que tengo proviene de la que mis recuerdos se empecinan en catalogar como “las primeras vacaciones” en San Clemente durante un verano de la por entonces flamante década del ’90, aun cuando mis padres, amparados en un material fotográfico incuestionable, atestiguan que no, que un par de años me llevaron a San Bernardo. Y aquí está la primera jugarreta de la nostalgia.
Siempre atesoré a San Clemente como un espacio deshabitado, gobernado por la tiranía de un calor abrasador que obligaba el paso lento de los transeúntes por calles de tierra que se perdían en el horizonte. Recuerdo el vaho salino tijereteando el aire, el ruido monocorde de las olas, los baldes. El reverberar de la arena como el anuncio inconfundible de que allí, un par de centímetros abajo, una almeja pedía a gritos que la rescate. Me figuro los castillos, los túneles, los autos de juguete, todo circundado por un cielo anaranjado, como en un crepúsculo constante. Hasta los 17 años, San Clemente era ciudad fantasmagórica cargada del romanticismo propio de lo que se va para no volver. Pero volvió.
El destino confabuló con el azar y decidieron que mis primeras vacaciones solo con mis amigos fueran en la brumosa San Clemente. El recorrido de aquellos lugares tan anclados en una etapa pretérita me apresó en la ambigua sensación de avizorarlo todo distinto a mis recuerdos y aún más a mis nostalgias, si se permite la cita a —de pie— Gabriel García Márquez. Me invadió la desilusión, la irrefrenable certeza de que muy posiblemente mi primera vez en el cine fuera apenas una entelequia, una fantasía del cinismo de la memoria. Pasé por los dos cines-teatros y ninguno era tan magnánimo como creía, ni mucho menos las nubes se teñían de lumbre. Eran apenas dos salas típicamente costeras, derruidas por el asedio invernal de la soledad y el olvido. No había calles de tierra, ni kilómetros y kilómetros de terreno baldío alrededor. El tremedal de mi memoria anuló las directivas motrices. No tuve el coraje para entrar.
Por eso hoy tecleo sin la clarividencia de la verdad; hago el esfuerzo, hurgo y me empantano más y más sin vislumbrar una próxima solución. Ya no hay línea que delimite el área de lo auténticamente fáctico. La imaginación no es lenta ni perezosa. Aprovecha. Está de parabienes usurpando un terreno ajeno que siempre anheló. Quiero figurarme la película. ¿Era Luna de Cristal? Tengo una secuencia tatuada en la retina en donde un príncipe azul caminaba por una playa al ritmo de una canción que repetía una y otra vez el título de la película con Xuxa en brazos ¿Lo soñé? ¿Existe Luna de Cristal? Creo haber visto alguna vez en algún videoclub una caja carcomida por el desuso que contenía esa película. ¿Creeré bien? Podría chequear en IMDB o simplemente preguntarle a quien creo que me acompañaba ese día, mi padre, pero no sé por qué razón quiero conservar la intriga.
Estoy circunscrito a recuerdos que posiblemente no sean tales, pero que dotan al pasado de un personalismo absoluto del que me cuesta desprenderme: el pasado —MI pasado— es quizá el único bien de pertenencia plena a quien lo vive (o cree haberlo hecho), algo tan inaprensible como imposible de transferir. Elijo mantener esa experiencia allí, inmaculada en un lugar recóndito de mi memoria, cobijarla con la fragilidad propia de un mito religioso, de un hecho imposible de comprobar que simplemente quiero, deseo y elijo que sea verdad, aunque sé que difícilmente lo sea. De aquí a la posteridad, será un misterio saber qué pasó aquel tórrido verano en las tranquilas calles de San Clemente del Tuyú.
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Luna de Cristal (1990) | Tizuka Yamasaki