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A la salida del cine

La salida del cine /// Eduardo Rojas

A la salida del cine
La salida del cine
Por Eduardo Rojas

La memoria, a veces, es un recurso fácil, una buena salida para muchos compromisos. Por eso cuando Pablo me convoca a escribir sobre sus consignas, ella se activa e inevitablemente me envía al pasado, a épocas precisas y cercanas entre sí, las que llamaría de mi educación sentimental, como si estuviera estacionado allí y “la resaca de todo lo vivido”, parafraseando a Vallejo, humedeciera mi presente de leves historias del ayer.

Mi primer Ford (no, no hablo de un auto, sino del primer John Ford que vi con conciencia de cinéfilo) fue en 1974, una tarde insoportablemente húmeda y con amenaza de lluvia. La vieja sala de la Cinemateca en el Teatro de la Sociedad Hebraica. El hombre quieto. Wayne, Maureen O´Hara, Víctor Mc Laglen; Innisfree, una Irlanda de postal, saturada de verdes, bellas gentes provincianas detenidas en sus roles eternos: el cura, la chica casadera, el dueño del bar, por supuesto; los amables jefes del IRA. Esto no es el tiempo histórico, esta no es la Irlanda de todos los días, el viejo Ford no pretendía hacernos creer tal cosa; este es el mundo como nos lo contaban nuestros abuelos, la tierra uterina ajena a la cronología y a la muerte. Esta es la mejor representación del paraíso que nos haya brindado el cine, un breve cielo del que tenemos que descender al cabo de dos horas. Somos pocos en la sala, yo estoy solo y salgo a la calle en un estado de euforia que no quiero que termine en mí. Afuera la humedad continúa sofocando y la lluvia no viene. Ya es de noche. Frente a la puerta del cine veo pasar una cara conocida, es un muchacho de mi pueblo, algo mayor que yo, que también ha venido a estudiar a Buenos Aires; no somos amigos, tal vez él ni siquiera me conozca, lo saludo en voz alta, con la misma cordialidad que tendrían entre sí dos habitantes de Innisfree. Él se sorprende, hace un gesto con la mano y sigue caminando. No importa, camino hasta avenida Pueyrredón para tomar el colectivo a casa. Paso frente a un kiosco; un titular en cuerpo catástrofe atrae mi vista: “Así matamos a Aramburu”; es La causa peronista, la revista semioficial de Montoneros que días después será clausurada por el gobierno de Isabel Perón. La compro y leo la larga nota de pie junto al kiosco, la leo dos veces más en el colectivo y otra vez en mi casa. Mi euforia ha desaparecido reemplazada por un ánimo sombrío lleno de presagios negros. El relato seco y detallado de la ejecución de Aramburu ocurrida cuatro años antes me atrae hipnóticamente, como si se tratara de una novela negra. Pero un rechazo anterior a la razón me provoca miedo y, a mi pesar, alguna forma de piedad hacia Aramburu al que el artículo (que no disimula en su escritura el goce por el hecho en sí, más allá de la justicia histórica que pueda invocarse para asumir su ejecución) termina involuntariamente por rescatar en la dignidad con que parece haber encarado su último momento. Por supuesto he leído a Walsh, gracias a Operación Masacre sé quiénes eran Aramburu y mi triste tocayo Rojas, sé de los fusilamientos de José León Suárez, la represión generalizada y todos los males que la dictadura del ‘55 trajo al país. Pero ahí encuentro mi límite, esos “prejuicios pequeñoburgueses” que me señalaba algún amigo militante (y que me describían con exactitud), me impiden entender la necesidad de esos ajusticiamientos que por entonces se hacen cotidianos, respondiendo a la carnicería de las Tres A. Nada de dos demonios: la canalla del poder, la de siempre, asesinando con precisión a militantes, intelectuales, gente de a pie y desarmada, gente que quiero, gente que respeto. Del otro lado entrega y creatividad política que se van angostando en el desafío inútil de las armas, una guerra perdida antes de empezar, un inexorable alejamiento de sus bases, que los deja girando en el vacío, expuestos a la prepotencia del poder.

La memoria me ha llevado demasiado lejos. Esto era solo una salida del cine, la euforia y la frustración, el recuerdo de una época terrible y fascinante, polarizada entre la esperanza y el miedo, resuelta en mi caso en la oscuridad protectora del cine, lejos de la calle, la movilización y la entrega a un ideal colectivo, dejándole a otros la heroicidad, el sacrificio y la posibilidad del error. Muchos años después otra película, No matarás de Krysztof Kieslowski, el crimen y castigo de un asesino llevado al patíbulo, me justificará mejor de todo lo que pueda aquí decir. Otra salida del cine.

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Operación Masacre (1973) | Jorge Cedrón

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