A la salida del cine
La salida del cine
Por Ricardo Soto Uribe
1.
Mucho se ha escrito sobre la sala del cine y en general sobre el rito social, moderno, masivo y citadino —de ir-ver-vivir-salir— del cine. Hay otras salidas —modernas y urbanas— que se presentan también con un carácter definido y característico… Ahí está la salida de la cancha, o mejor aún la salida “a” la cancha, que funciona como un oxímoron, ya que es salida, pero fundamentalmente es la “entrada” de los jugadores al campo de juego, o sea la palabra “salida” hace más bien mención a la “entrada”. Este desdoblamiento del uso popular del lenguaje es muy justo, ya que determina un significado mayor, que el simple tránsito entre un espacio y otro, adquiere su densidad poética (mas allá que se refiera —en teoría— a la salida del camarín), funciona de manera similar a “dar a luz”, es decir un nacimiento planteado como salida, como entrada venida de otro lugar, como irrupción, florecimiento, brote desde alguna otra parte. Y este rasgo inicial, esta “entrada” es lo que más claramente veo en la “salida del cine”, en la experiencia de salir del cine.
2.
Partir desde la “ida” al cine no es mala idea. Fijémonos en esto: si comparamos la experiencia que antecede (ida) y sucede (salida) a la visualización de la película descubrimos que ambas están cargadas de distintos grados de carácter y personalidad. La “ida” al cine, (en la mayoría de los casos) reporta siempre una experiencia de deseo del espectador, es siempre un no saber, es decir, un momento de inocencia, de ingenuidad… un vacío de conocimiento que solo se puede llenar de expectativa. La “salida” del cine en cambio, funciona como el hermano mayor de la “ida”: es menos entusiasta y en comparación tiene un aire más superado (ya sabe), vive en una experiencia más lenta, más digestiva, no tan apurada, es aquel primer momento en que la película decanta, en que las imágenes pasan de ser materia y se convierten en memoria.
3.
La salida del cine, en su primer momento, está determinada por el fin de la proyección y el encendido de luces, es decir cuando se pone fin al artificio que nos tuvo “hipnotizados” (Barthes) por un buen rato, es por tanto, el momento posterior a la proyección de las imágenes, pero no por esto el fin de las mismas, al contrario, es el momento en que las imágenes siguen existiendo a pesar de que se han retirado todos los elementos que la conformaban materialmente. La imagen pierde su certeza material y “entra” en una nueva dimensión de sentido. Se ha ido el haz de luz que la hacía aparecer, se ha ido la oscuridad que la contorneaba y recortaba, se ha opacado la pantalla que la sujetaba ¿Qué pasa entonces con la película? ¿Podríamos decir que su existencia se acaba porque ha terminado su proyección? Evidentemente no. Y esto es lo que separa a la imagen como fenómeno de la experiencia de su materialidad técnica y su tiempo diacrónico.
La cantidad de afectos desplegados de modo sistemático y continuo durante más de 90 minutos… ¿Dónde están? ¿Dónde caen? Donde encuentran su reposo las lecturas, las identificaciones, los placeres estéticos, los recuerdos,… ¿donde ese despliegue de afecciones descansa? … es ahí, al final de la película, cuando la película “queda” en su existencia como tal, es ahí donde la existencia segura de esas imágenes proyectadas se deforma, se rebalsa, pierde su materia pero al mismo tiempo adquiere su valor puro como “imagen”. Su emancipación. Es ese el momento feliz de la experiencia en que una película deja de ser un mero tránsito de imágenes y se hace Cine, se hace memoria… justo cuando salimos.
4.
Por eso las películas desechables no son cine, porque sus imágenes no pasan la prueba de su final… no se emancipan de su materialidad, no logran llegar a la salida del cine.
5.
Después de esto las imágenes van entrando, se van acomodando en la butacas de la memoria —unas primeras, otras después— y desde allí van a definir su variopintez, sus nuevas lecturas, desde ahí van a desplegar su riqueza, sus nuevos tiempos, sus irrupciones caprichosas de sentido, su aparecer majadero, su martillar a veces. Este primer momento, este momento de “entrada” que define la “salida del cine” es variable en sus tiempos y en sus lugares, así por ejemplo la salida puede ser una larga caminata, o la estadía en un café, o un viaje en colectivo y todavía estamos y nos sentimos a la “salida del cine”… y esto nunca tiene que ver con la fatídica frase-pregunta sobre “si nos gustó o no la película” (cliché de salida): ¡Cuán difícil se hace saber muchas veces si una película te gusta o no! Esta salida, como la salida “a” la cancha, no es lugar para clausuras, es un momento de entrada a ese raro lugar de la memoria, esa cancha enorme del presente con imágenes del pasado, lugar desconsiderado hacia los usos y los hábitos, lugar irrespetuoso de las certezas y de las cronologías… ¡Cuan distintos son los tiempos de determinadas imágenes! ¡Cuán distintas las “salidas del cine”!… Algunas te llevan una conversación, algunas, menos sociables, te pueden llevar la vida entera.

























