Mi primera película

La silla en la sala /// Vicente Rozados Sauser

Mi primera película
La silla en la sala
Por Vicente Rozados Sauser

Mi casa, mis hermanas, las sillas frente al televisor con las persianas cerradas, evitando el sol de las tres de la tarde y la luz del Grundig inundando la habitación. Clásicos de hermanos. Esas películas que solo tienen importancia para ese selecto público: Las aventuras de Huckleberry Finn (47 funciones), Las chicas solo quieren divertirse (35), Volver al futuro (20), The Wall (14) y Laberinto (7). Increíbles. Merecerían más de un párrafo aparte. Si bien el acto contemplativo meciéndose entre el deseo, el descubrimiento y el aprendizaje, ya tenía sus representantes, no daba con el punto. No era la sala. No en los términos en que se me ha planteado la idea de cine, sólo era un simulacro. La reproducción de la “experiencia cinematográfica”.

He tenido que avanzar algunos años para encontrar semejante emoción. No sólo apelé a mis recuerdos y a mis ideas, sino y sobre todo a mis creencias.

He ido al cine desde pequeño. Mis padres abrieron este mundo de la expectación desde temprana edad y esta herida no es más que el deseo: la curiosidad desde el quietismo de la butaca. Seguro había visto cine de muchos colores y sabores, de muchas razones también, pero por algún motivo no fueron lo que eran. Si bien no eran imágenes irrelevantes, de alguna forma eran inocuas ante la potencia del VHS. La capacidad perceptiva no era suficiente como para hablar de cine, no para mí. Como si la experiencia de ir al cine no radicara simplemente en ver. Ver, es relativamente fácil. Hay un gesto contemplativo donde puedo ser yo, dejar de serlo, puedo ser todos y a la vez nadie. ¿Soñar despierto? ¿Soñar conscientemente? No sé. Hay un estado de lucidez, de amor odio, de reencuentro y descubrimiento. ¿A quién le importa esto?

Revalorando mi historia, recordé el día que hoy puede ser “el día”. Tal vez por su afectividad, por la belleza de la experiencia, por lo familiar, por lo extraordinario… por lo solitario, el acontecimiento fue vívidamente mío.

Adentrados los ochenta, no era más que un estudiante de primaria en su receso escolar. Como solían ser esas tardes, la jauría de criaturas que componíamos los niños del edificio no encontraba descanso. Abriéndonos paso de departamento en departamento, ninguna expedición duraba más de una hora. Supongo que colmábamos la paciencia de cualquier padre. El polirubro se componía de una decena individuos, más participaciones especiales y actores invitados. Un grupo tan parejo como las edades lo permitían: de 5 a 12 años.

Al caer el sol, hacía su aparición mi padre y con ello la suspensión de cualquier actividad hasta el día de mañana. Mi familia no gozaba de un mal pasar y de ser así nunca se notaba: el contexto se acomodaba al presupuesto de forma más o menos natural. Lo cierto es que aquella noche surgió la idea de ir al cine. La pregunta me fue insoslayable: ¿puedo invitar a Alejandro y a Bruno? Acto seguido mi hermana Lucía repite la pregunta con sus convidados… y por qué no, mi hermana Elisa. Lo que me resulta incomprensible y por ende extraordinario, fue la respuesta positiva a todos. El auditorio completo, que se hacía eco al video, hermanas, amigos y amigas (10 escolares), nos trasladamos en el Volkswagen 1500 al Cine Maxi. Antes de entrar a la sala no tenía ni idea de que íbamos a ver. ¿Qué importaba? El nombre del film era sólo un dato para pedir la autorización a los padres de nuestros amigos.

Compramos las entradas, inspeccionamos el hall, caminamos por la 9 de Julio, corrimos entre las filas, seleccionamos nuestras butacas, las luces se apagaron y me quedé solo. No es que no estuvieran todos ahí, estaban, pero con el devenir de las imágenes me adentré en un misterioso camino que debía transitar en la soledad cómplice de la sala. La sucesión de imágenes y sonidos se abría paso de forma inquietante. El idioma me era irreconocible. Sabía qué no era, pero no sabía qué era. ¿Cuántas veces había escuchado otro idioma que no fuera inglés? Era duro, incluso un poco seco. Tengo la idea que hablaban poco y cuando lo hacían era en un tono serio e incluso severo. Por algún motivo, que con el tiempo fui comprendiendo, o simplemente inventando sobre el recuerdo, todos los personajes hacían honor al silencio. Lo dicho y lo no dicho era algo importantísimo. Si bien, bien lo sabía yo viendo las novelas de Arnaldo André y Luisa Kuliok durante el almuerzo, las tramas se sostenían por los ocultamientos, mentiras y demás, esto que sucedía en la sala era algo más, era metafísica (tal como la podía entender a esa edad). El silencio era musical, no alegre, musical, sin que sea demasiado estudiado pero sí orquestado. Era armónico, no podía ser de otra manera, todo era natural, reconocible, pero completamente nuevo. Lo no dicho era lo más revelador, incluso pienso hoy que seguramente era obvio, pero no en su sentido burdo. Era obvio por lo simple y transparente, una cristalinidad que no ofrecía resistencia a la profundidad. El silencio era comprensible, diáfano, en mi incómoda butaca.

Si bien las imágenes también eran reconocibles todo era un mundo nuevo. Era un invitado a espiar, un antropólogo a reconocer nuevamente aquello que todos sabemos por sentido común. Todas las mañanas cuando partía al colegio el sol irrumpía en la ya grisácea noche. Ver como los árboles se recortaban del cielo era parte del tránsito cotidiano que iba de casa al colegio. Poco a poco las baldosas de vainillas iban tomando su forma y generando una sutil sombra que ya en el primer recreo tenía su propia autoridad. Conocía el amanecer y sus cambios lumínicos, sin embargo, ¿era esa misma luz la que frente a la bruma desoladora del océano permitía reconocer las pequeñas embarcaciones? La luz parecía tener otro color, la luz podía tener otro color, era así, lo estaba viendo. Perdón, me estoy expresando mal, eran los mismos colores de siempre pero distintos. Las velas daban ese naranja suave, eternamente amigo de la oscuridad. Ese ámbar que se niega a afrontar su propia presencia, miedoso frente a su rol. Yo había tenido velas en mis manos, yo había estado en una situación de oscuridad, pero esa luz y esa oscuridad de la pantalla eran otra cosa. Era la luz de la vela, pero era otra cosa. El amanecer con los botes era otra cosa. Los brillos sobre los alimentos eran increíbles. Los negros de las polleras, inmaculados. Las puertas de madera, límites geográficos. Las paredes de piedras, contenciones generacionales. El extranjero, un extraño a ocultar. La bruma, el miedo. El estrellado cielo, un lujo. El vino, el indiscreto pasaje. La suerte, algo a compartir.

Seguramente muchas cosas me fueron incomprensibles. Seguramente muchas las he comprendido a mi voluntad, a mi deseo. La obra desplegó mi imaginario, me dio nuevas y viejas imágenes. Los dichos y los no dichos, lo visible y lo invisible, lo que estaba y lo que faltaba, eran el terreno destinado a la imaginación.

Aún recuerdo que, en una de las que creo escenas finales, vi la fiesta. Los personajes terminaban de cenar y abriendo filas, el capitán del regimiento de comensales, embriagado por la noche, encolumna la formación al exterior con vista al océano. Formación de lo más original: tuerta, renga, discapacitada para soportar el festejo, para descubrirse. Contaminados los unos a los otros, todos juntos y en lugares distintos, eran felices frente a esas nuevas sensibilidades transitadas. Creo que el optimismo era alto y así merecía ser: la experiencia los dejaba en otro lugar. La festividad también les podía ser propia, el horizonte de los posibles ya no podría ser igual. En algún sentido pienso, también, en mis compañeros de butaca, mis amigos… sé que un par recuerdan el hecho pero para nada el film. Mis hermanas no saben ni de qué hablo. Puede que charlaran durante las dos horas, pero es casi seguro que sencillamente se hayan dormido. Todos habíamos asistido, sin embargo no todos pudimos atravesar la experiencia en un nivel contemplativo. No todos los films dan esa oportunidad, ni todos los asistentes tienen esa voluntad de acceder, pero cuando ocurre… Cuando ocurre ese instante, ese tiempo, no me atrevería a llamar al film, película, ni a los autores, realizadores, ni al público, espectadores. Realmente es cine, tiene otra dimensión.

Supongo que esta fue mi primera película y puede que diste de la original. Sinceramente no la he vuelto ver. Seguramente volver a verla no sería lo mismo, yo ya no soy el mismo y ella ya no es la misma. Yo estoy seguro de no ser el mismo después de ella y por mucho que les cueste creerlo, ella no es la misma después de mí. Creo que nos elegimos bien en su momento.

Cada tanto escucho hablar de ella.

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