Nuestra última película

La última película con mi padre /// Sabrina Farji

Nuestra última película
La última película con mi padre
Por Sabrina Farji

Las películas no son sólo las películas en sí mismas sino el estado de ánimo que tenemos cuando vamos a verlas, bajo qué circunstancias vamos al cine, quiénes nos acompañan y quiénes no… Por eso, las películas siempre se completan en la experiencia de verla, como si las películas estuvieran incompletas sin lo que llamamos el “acontecimiento cinematográfico”: la función en sí misma.

Solía hacer muchas cosas con mi padre: ir a comer, viajar, salir de compras, y claro, ir al cine. Creo que si no fuera por tener que escribir este cuento nunca hubiera reflexionado sobre cuándo fue la última vez que fui al cine con mi padre. Para esa época yo acababa de tener a mi hija Joelle, así que con seguridad sucedió en 2003. Casi diez años ya sin ir al cine con mi papá.

La última película que fui a ver con él a un cine, quiero decir, una salida, no un estreno de alguna de mis películas, fue El pianista de Roman Polanski, película que realmente me pareció y recuerdo como devastadora y esperanzadora en dosis iguales. Es una película sobre la muerte, pero también sobre la vida. Sobre el estar tan absolutamente aferrado a la vida, aun cuando podríamos preguntarnos cuanto de “hombre” quedaba todavía en ese espectro que tan magistralmente plasmó Adrien Brody. Ese hombre que, en su interior, en alguna célula, conservaba la información de un pianista, de un artista. Un hombre que del organizar y comprender los sonidos y los silencios hacía su arte, construyendo la interpretación exacta y profunda de una partitura.

Un día mi padre me dijo que quería ir a ver esa película y yo, que también tenía ganas, pero sintiéndome incapaz de soportar sola las imágenes que ya había visto en el tráiler y en las fotografías de la película, acepté ir de su mano. Y también de un talismán extra que era mi propia hija de pocos meses, porque, además, hay que decirlo, ella todavía amamantaba, con lo cual no podía dejarla sola. Así fue como fuimos al cine los tres.

Comenzó la película y mi hija dormía plácidamente, mientras se sucedían escenas tremendas, como aquella en la que tiran al abuelo de una familia judía por el balcón, o en la que se reparten un chocolate en el campo de concentración, o en la que el protagonista camina con otro por el ghetto y a su paso hay cadáveres a los que están tan acostumbrados de ver y convivir que no representa ninguna sorpresa o atención. Esa sensación de vivir en la “mierda”, la muerte, el dolor, el olor, lo infrahumano.

Así pasé toda la película intentando no llorar, acompañada de mi padre, emocionados los dos, y mi hija en brazos, como antídoto de la angustia. Ella dormía, hasta que en un momento despertó y comenzó a llorar, y antes que pudieran echarnos del cine me paré y me fui atrás de todo, con ella en brazos. No salí de la sala. Me senté en la última fila e intenté calmarla dándole el pecho.

Esta situación vital de estar nutriendo a mi hija contrastada con las imágenes de la (cruda, dura, insoportable) historia del espectro del pianista de Varsovia la viví de una manera especial, tan adentro de la película como al mismo tiempo tan afuera. Y entonces, interiormente, agradecí estar en esa situación de madre nutritiva.

Tremenda escena cenital donde una mujer muere acribillada en medio de la calle mientras intenta refugiarse en una de las casas. Las personas como animales de caza, como animales asustados, olvidados de todo lo que significa humanidad.

Mi hija se durmió rápidamente y yo me quedé mirando la película desde atrás, por si ella despertaba y tenía que huir para que los otros espectadores no me odien.

Cuando terminó la película nos fuimos a un hotel a tomar un chocolate caliente con tortas. Un poco de belleza, nutrición, mimos, y hedonismo se hacían necesarios. Pensaba que yo había ido con mi padre y mi beba como antídotos y se los agradecí, porque de otra manera no podría haber visto la película.

El otro día me reencontré con El pianista por la televisión, y con ella con mi papá y mi hija, y esa experiencia en la sala de cine. Fue en ese momento cuando comprendí sentidamente que mi padre también nos había llevado a nosotras como antídoto para digerir la película.

Odio ver películas del holocausto y de guerras, es algo que no necesito ver ni transitar ya, pero El pianista estará siempre asociada al Eros y Tánatos, vida y muerte, abuelo, hija, nieta.

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El pianista (The Pianist, 2002) | Roman Polanski

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