Nuestra última película
La última película sin/con
Por Carlos Brück
Mi colegio primario pertenecía a la época de los grandes edificios, en los que el saber aparecía también en la imponente dimensión de los patios de recreo donde, Alta en el Cielo, se izaba la bandera con una directora de rodete y micrófono. O en los pasillos casi infinitos que tenían —como balizas para no perdernos— vitrinas con armadillos, mulitas, globos terráqueos que nos iban diciendo que el futuro sería un tanto inquietante si no nos dedicábamos a la buena costumbre de la lectura de las buenas costumbres.
Claro que por eso fui informado de mi miopía, por una asistente social que a la manera de Tilda Swinton en Moonrise Kingdom visitaba la escuela para que el Estado pudiera tener en cuenta nuestra condición de salud. Por supuesto que no podía pedirse que en ese momento yo supiera quién era Foucault y las condiciones de regulación y de poder que había en esa verificación.
Tampoco sabía que el cine adonde fui algunas veces llevaba por nombre el del General Roca, quien sería después vindicado por su conquista del desierto, oreja por oreja de los indios, luego denominados pueblos originarios, poniendo los nombres en su lugar, en su territorio.
En el cine Roca (nadie le adjudicaba grado, jerarquía o escalafón) pasaban precisamente películas de indios y vaqueros que venían a lograr el orden en un territorio curiosamente parecido al de la Patagonia. La módica diferencia es que, si unos usaban Remington, en la película que iría a ver con mis flamantes anteojos, portaban un Winchester. De hecho, el film en cuestión se llamaba Winchester 73.
Digo, escribo, que “iría” porque en la oscuridad de la sala, me di cuenta que no había llevado los lentes, aunque estaba acompañado de mi primo —mucho mayor que yo—, quien no sólo había llevado una vida cinematográfica como oficial de inteligencia ocupado en traducir varios idiomas combatientes (“alta en el cielo…”), sino que además intentaba contarme lo que decían los subtítulos.
Seguramente que esa lectura era menos fiel que la traducción que él podría hacer de los diálogos, pero de una manera u otra había algo que quedaba fuera de mi vista: las imágenes de la película. Un conjunto esfumado (no era tan miope, pero habíamos conseguido lugar en la anteúltima fila de asientos) acompañado por el ruido de disparos, peleas, alaridos y alguna música a veces épica y por momentos, muy pocos, lo que yo podría traducir como de amor.
Esa fue la última película que vi sin anteojos (hoy podría decir que fue mi última línea de combate foucaultiana) y por lo tanto la última película en donde con todo tan borroso pasé por una primera experiencia que sólo muchos años después, leyendo a Lacan y viendo La Rosa purpura del Cairo se me hizo mucho más nítida: en realidad las imágenes nos miran y son ese semblante del Otro que está enfocándonos cuando suponemos ver.
El resto es una dimensión desconocida.
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Winchester ’73 (1950) | Anthony Mann

























