Mi primera película
La ventana discreta
Por Diego Sabanés
Las cenas de año nuevo en mi familia siempre fueron tumultuosas. Al menos, las de mi infancia. Con esa típica herencia italiana que tenemos, nos juntábamos en casa de mi tía Adriana, arrimando mesas que ocupaban todo el living, y comíamos entre conversaciones ininteligibles (platos pasando de mano en mano, fuentes desbordadas, vasos de todos los colores, jirafas hechas con el alambre de los corchos de sidra), sentados de mayor a menor. Yo era casi el más chico y nunca me gustó estar en aquella lejana punta de la mesa, casi exiliado. Por suerte algún primo intermedio que se había quedado sin silla terminaba por acomodarse entre nosotros.
Por esa época mi prima Andrea tenía un novio que la llevaba a ver películas de terror. Yo no tenía edad suficiente para entrar, así que su narración era mi único acceso. Recuerdo su relato estremecido cuando la llevó a ver Alien, el octavo pasajero. También recuerdo cuando me contó Halloween (que se llamaba Noche de brujas). Las contaba y cerraba los ojos al acordarse. Pero hubo un año nuevo en el que me contó algo más llamativo: habían visto una retrospectiva de Hitchcock. “Eran películas viejas pero estaban buenísimas”, me dijo, y pasó a relatar minuciosamente La soga, Vértigo, La ventana indiscreta… La soga era la más inquietante: todos los personajes de cocktail, apoyando los martinis sobre el baúl que escondía al muerto…
(Veinte años después yo iba a estar un verano en Barcelona, dando clases, y compraría en un kiosco al borde de la playa unos dvds con las películas que Hitchcock rodó para Universal. Ahí me enteraría de un ciclo de cinco películas que a principios de los ‘80s se habían rescatado, vuelto a imprimir en 35mm, y hecho circular por el mundo bajo el rótulo de “Lo Esencial de Hitchcock”, con un trailer colectivo narrado por James Stewart. Atando cabos comprendí que ese era el ciclo que había visto mi prima y el mismo que había visto yo.)
Porque años después de aquel fin de año, estando ya en el secundario, un día leí en el diario que daban La ventana indiscreta. El título era inconfundible: tenía que ser una de esas películas que mi prima me había contado. Pensé que sería fácil encontrar con quien ir (un domingo de lluvia), pero no. Con mi viejo ya había estado el sábado y en su casa las películas eran tamaño VHS. Mi vieja no tenía ganas de ir al cine. Ningún amigo mostró el menor interés. “¿Una película de los años ‘50s? Pero esas las dan en la tele…”
Era una única función. No, no era en la Sala Lugones, sino en la Hebraica, que también programaba muy buenos ciclos de cine, antes de que llegaran los atentados, ya casi a la vuelta de la esquina.
La proyección empezaba a las cinco de la tarde. A las tres y media no había conseguido acompañante. Dilema. ¿Dejarla pasar o ir solo? Tenía 13 o 14 años, pero nunca había ido solo al cine todavía. Y encima no sabía ni dónde quedaba la sala.
Cuatro menos cuarto. Pensé que al menos podía ir hasta el cine y ver cómo era. Negocié conmigo mismo: si había mucha gente, me quedaba. Cuando llegué, la cola doblaba la esquina. Todo el mundo apretado bajo los balcones, tratando de encajar sus paraguas. Me puse en la fila, fingiendo que leía un diario (como hacen en las películas todas las personas que disimulan en lugares públicos). Hacía frío.
Compré mi entrada. Cerré el paraguas y entré. Me frenaron en la puerta: la sala ya estaba llena. Protestas a mi alrededor. El acomodador sugiere ir al pullman. La sala era grande y sobre todo alta (al menos, en mi recuerdo). Así que estar en el pullman era estar a la altura de la pantalla, una de esas pantallas gigantes que hoy casi no quedan en ningún país.
Busqué en la penumbra dónde sentarme. Vi un padre con su hijo (después de todo, había alguien más chico que yo en la sala) y me senté al lado. Se apagó la luz y empezó la proyección, en maravilloso technicolor, con sonido mono, metálico, cóncavo, inseparable de esas imágenes de vecinos solitarios de un Greenwich Village de cartón, tan Hopper.
El pullman fue lo mejor que podía pasar. Si ya la película está planteada desde el punto de vista de James Stewart, que no puede levantarse de su silla de ruedas, en el pullman todos estábamos a la misma altura de su ventana. La vecina que hace gimnasia podía estar ahí enfrente. El efecto se multiplicaba. Nunca me sentí tan adentro de ninguna película. Y no quería que el viaje se terminara.
Por desgracia la voluntad de Grace Kelly por casarse era más fuerte y logró meterse en casa del asesino, llevarse el anillo y en definitiva, hacer que la película acabase y todos volviésemos a la calle Sarmiento, a Buenos Aires, al invierno.
No importa. Hitchcock ahora ya era real. Era físico. Una textura, un olor, una presencia que no me iba a abandonar. En los años siguientes rastreé sus películas por otros cines. Lo vi en salas de Buenos Aires, Madrid, Berlín. Lo vi en VHS, en DVD, en la web… Y repetí la experiencia con otras películas. Disfruté de ir solo al cine, de entrar de día y salir de noche, de olvidarme por un rato en dónde estoy, en qué año, en qué ciudad. Ahora elijo con quién ir al cine según qué película vea. Hay personas para ir a ver comedias; otras, para ver dramas. Algunas películas son para ver solo. Pero solo o acompañado, en dramas o comedias, si es un cine antiguo siempre, siempre elijo el pullman.
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La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) | Alfred Hitchcock