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La película prohibida

La ventana, el desierto y yo /// Marcela Ciccone

La película prohibida
La ventana, el desierto y yo
Por Marcela Ciccone

En un viaje desde Perú a Arica (Chile) pasaron la película que me prohibí. El moría al principio. Ella hacía un recorrido desde su pasado hasta poder encontrar qué era lo que la hacía feliz. Una suerte de premonición. La cara pegada a la ventana para que la pareja feliz y llamativa que viajaba en los asientos de al lado no me viera llorar sin parar, tan jóvenes, tanta confianza en tan poco tiempo. Sonreí por unos instantes. A partir de miles de fragmentos pude reconstruir la historia de la pareja en la película, así como la de la que viajaba sentada a mi lado. Película y realidad se mezclaban pero lo mío era todo ficción. Él me esperaba en Buenos Aires, pero no como en la película, no había qué reconstruir, era una historia que siempre estuvo a medio hacer, llena de principios. La ventana, el desierto que me alejaba y nuevamente volvía a aquel extraño lugar en el que la ficción y la realidad se entremezclaban. Otra carta, otro recuerdo, otra pista de aquellos que tan bien se habían conocido, que tantas cosas habían vivido. Y el contraste que se hacía presente.

La ventana por favor, la ventana. No podía soportar otro golpe bajo.

Y sí, ella recibe otra carta y vuelve al lugar de la infancia de aquel a quien ya no tenía a su lado, aquel que seguramente tantas veces le había contado la misma historia y que ahora ella podía ver con sus propios ojos pero con el dolor de saber que él no estaba ahí para verla ver.

La ventana, el desierto y yo sabiendo que esa película estaría prohibida el día que me separara de él. El día en que su presencia también estaría sólo en aquellos objetos, que al revés de ella, no tendría para recordar y de aquellos pocos recuerdos con los que me podría inventar una historia, llena de recuerdos. La ventana, otra vez la ventana y sentirlo tan lejos, en Buenos Aires, o tan lejos justo a mi lado.

El camino de regreso. El desierto se transformó en mar, el mar en montañas y las montañas en planicie. Yo llegaba a Buenos Aires y la premonición se hacía realidad. No volví a ver esa película. Un año después me animé, lloré como la primera vez, pero esta vez sola en mi cuarto, sin ventanas, sabiendo que lo “lejos” era una realidad y no una ficción.

Las miles de comidas cocinadas, las noches de charla, tantas, tantas, tantas risas, y que sepas por qué 3 veces
pero por sobre todo sentirte tan cerca, ahora si lloraría como ella, y sé que sería mi película prohibida.

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