Mi primera película
La vida extraterrestre
Por Camila Flynn
“El ornitorrinco es uno de los animales más extraños de la tierra.”
Revista Fabulandia Nº 100, 1965.
En 1983 yo tenía 3 años y era hija única. Rosaura todavía no había nacido y en ese entonces vivíamos con mis padres en Ambrosetti y la vía, en un edificio modesto construido a mediados de la década del sesenta, que en la nebulosa del recuerdo asocio al marrón caramelizado de un vaso Durax. El hall de entrada era angosto y poco profundo, pero sin embargo tenía, en una de las paredes laterales, una especie de mural extravagante y sinuoso, revestido con cemento barnizado y baño de cobre, que a mis ojos componía, al mejor estilo Ghostbusters, una mancha voraz y de delirio ectoplasmático totalmente aterradora.
Algunas veces, la mancha parecía una sirena enfangada pidiendo socorro a gritos; otras, un remolino de lava hirviente en plena eclosión centrípeta, amenazando con tragarse a los vecinos; el moco calcinado de un dragón furioso, la materialización de un rugido, el rugido de un “suegro verde” (ogro y suegro en mi imaginario venían a ser lo mismo), y muchas otras configuraciones alucinadas de acuerdo al ánimo del día. Lo peor del caso era que, en la pared opuesta, alguien había tenido la ocurrencia de amurar un espejo marmolado de estética dudosa, replicando el desacierto con distorsiones todavía más funestas.
La tarde en que me llevaron al cine por primera vez (tarde de otoño con olor a “garrapiña”), la mancha había adoptado la forma de un ojo primitivo; un ojo que, de acuerdo con mi sapiencia agreste, no podía ser sino de ornitorrinco (yo había aprendido la palabra “ornitorrinco” hacía poco, mirando las ilustraciones de una Fabulandia). Según recuerdo, mi impresión del momento fue que aquel ojo, de haber podido vigilarnos unos segundos más, habría conseguido hipnotizarnos para siempre. Lo que sí puedo asegurar es que, desde el momento en que abrimos la puerta del ascensor para salir de paseo, el órgano semiacuático detectó nuestros movimientos y parpadeó (ahí noté que tenía la pupila fluorescente, lo que me dio un poco de vértigo —aunque no avisé nada, para no preocuparlos-). De camino a la estación Acoyte del subte Línea A, les pregunté qué era el cine. Mamá dijo que el cine era algo así como un cuento que se contaba solo, y que eso tenía mucho de “fabuloso”. Fabulandia y fabuloso son dos palabras musicales: comparten la raíz fabul—, del latín fabulari, que significa ‘charlar’ o ‘contar historias’.
Nos bajamos en la estación Congreso, que era la que tenía la guarda de azulejos color bordó, y de ahí caminamos hasta la Avenida Corrientes. El plan era ir a ver E.T. al cine Lorca (posiblemente se tratara del cine “Los Ángeles”, sin embargo mi memoria esquiva esta opción). La sala era interminable y angosta, y tenía las paredes alfombradas. Chiquitita, incrustada en la pared del fondo, gravitaba la pantalla blanca, que parecía un Chiclet Adams puesto en penitencia. Cierto es que, a juzgar por el mareo que me vino cuando nos sentamos — “lo que pasa es que el suelo está desnivelado”, dijo papá (hipótesis que terminé por confirmar muchos años después)— aquel día estuvo destinado a ser un verdadero enclave de emociones. Con la irrupción de las imágenes y los sonidos, mi mundo fabuloso empezó a girar.
Lo que viene a continuación es la imagen de un E.T. desnudo y raquítico, tirado boca abajo sobre un charco de agua helada, agonizando. Sí. Otra imagen agradable. Digna de la tristeza superlativa, inmanejable y única en su género que me atacó de golpe. Fue la tristeza de mi vida, desproporcionada en su intensidad (como el ojo fluorescente del ornitorrinco, pero peor). Una imagen sin retorno. ¿Qué clase de golpe bajo llegó a propinarme aquella película, como para que mi corazón terminara explotando cual bombucha al sol, todo deshecho en pedacitos de color, debajo de la butaca? Algo sencillo: entendí que esa entelequia con cara de bebé-viejo y dedos luminosos que decía llamarse E.T. en realidad estaba muriéndose, MU– RIÉN–DO–SE, dejando de existir en el interior de un chicle abandonado. Y eso fue mucho más de lo que ese día pude soportar. Papá tuvo que arrancarme de las patas de la butaca como si fuera un abrojo.
Recuerdo que, ya en la calle y a upa de mamá, el centelleo de una marquesina revestida con lentejuelas plateadas me calmó los nervios. “Spielberg es un imbécil”, dijo papá. “Camila es muy chiquita”, respondió mamá. Y nos fuimos caminando despacio. Las lentejuelas iban quedando atrás. Después, no sé bien qué pasó. Pero a partir de aquella tarde, el mural de Ambrosetti 122 perdió, en forma dramática, casi todo el poder de su influencia.
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E.T. El Extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg

























