Nuestra última película

Las dos mujeres y el amoroso ladrón de bicicletas /// Mónica Acosta

Nuestra última película
Las dos mujeres y el amoroso ladrón de bicicletas
Por Mónica Acosta

Hacía un tiempo largo que ya me había empezado a despedir.

Primero, la violencia de lo real me había sumido en la seguridad de que la injusticia divina llegaba para quedarse, en mi vida, para siempre. Después de unas bonitas vacaciones en su eterna playa bonaerense, mi madre se sintió mal, y un médico militar del Hospital Naval, con la delicadeza que caracteriza a esa fuerza de varones ligados a los quehaceres de la patria, me dijo, en un segundo, que sólo le quedaba un par de semanas de vida.

A la injusticia divina le siguió la justicia humana, mucho más real, en la escala de lo posible. Mis peleas lingüísticas, letradas, jurídicas y económicas contra el sistema de salud y la desidia de algunos médicos. La contienda, como si hubiera entrado en un simulador que recreaba la batalla entre David y Goliat, y cuyo avatar era yo, la gané. Mi madre se operó con el mejor especialista en páncreas de la Argentina y se recuperó en la Fundación Favaloro. Antes, ella me había dicho las palabras fatales que incitaron mis acciones: “Yo no me quiero morir en este barco —refiriéndose al Hospital Naval—, me hace acordar al barco que me trajo de Génova a la Argentina a los siete años, no me quiero volver de donde vine.”

Nuestra aventura de empezar a vivir por el tiempo que nos tocara, otra vez, y mejor que nunca, duró casi tres años. Leímos, vimos películas, viajamos, paseamos por las plazas, nos acompañamos y estuvimos, por primera vez, solas, frente a frente, madre e hija. Ella, una mujer de la inmigración italiana posterior a la Segunda Guerra Mundial. Por momentos, atada a los terrores de los bombardeos que recordaba como si fueran reales, durante las grandes tormentas de mi infancia; en otros momentos, con la inocente alegría de aquella niña que acertaba un chocolate tirado desde un tanque norteamericano, agradecida, como si el mismo tanque y su maquinista representaran en la tierra, todo el poder del dios estudiado en la infinidad de los catecismos italianos leídos en el espacio escolar durante la contienda; siempre, atada a la palabra del otro, el otro patriarcal, el padre, emulador musoliniano vuelto con tifus de Etiopía después de siete años, los años que tenía su hija, desconocida para él; el otro-marido, patriarca de las órdenes, las demandas y hasta los castigos más violentos; el otro-dios todopoderoso y omnipresente, y por sobre todas las cosas, el otro-varón.

Yo… bueno, alejada del emulador musoliniano, del patriarca violento y del dios castigador desde hacía más de treinta años, con pasajes de extranjería respecto de la legua materna, una lengua que, en la ausencia, reclamaba una vuelta a sus brazos. La legua materna, el italiano por momentos dialectal, por momentos regional, meridional, había vuelto a mí, desde siempre. Primero, en las conversaciones prohibidas de las mujeres de mi familia; luego, en las películas del neorrealismo italiano que veíamos una y otra vez con mi madre y mi nona, en la salita del barrio, en la incipiente TV en blanco y negro de fines de los sesenta, y en la imaginación, alimentada por todos los relatos que nona y madre hacían de los filmes de su pasado en el pueblo y sus estadías en el cine de la parroquia: las historias de actores y actrices, el amor de Rossellini y del pueblo italiano por Ana Magnani; el abandono de la italiana por la extranjera; el embarazo de Ingrid Bergman, una mujer casada, en plena filmación de Strómboli; la vergüenza de la mujer despreciada por su buen marido odontólogo cuando éste se enteró del romance de su mujer con Rossellini; Mónica Vitti y su delicadeza septentrional; el dialecto de los pescadores sicilianos oído por Visconti; el latin lover Vittorio de Sica puesto a director; la Loren y Mastroiani comediantes y trágicos, amigos y amantes; en fin, toda la serie de monstruos del costumbrismo italiano visto por ellas y hechos relato para mí, unida a toda la narrativa fílmica ascética de Antonioni, exuberante de Fellini, alegórica de Pasolini, que permitió la supervivencia de la subjetividad de un grupo de mujeres de un barrio del Gran Buenos Aires entre los años 1946 y 1976.

El año 1976 marcó un paréntesis. La subjetividad estaba asediada por el miedo y la única solución, en barrios golpeados por la violencia del terrorismo de estado, fue la reclusión. Frente al acecho de los emuladores del ducce y los dioses castigadores, no quedó otra posibilidad que la reclusión en la palabra escrita y la imagen recordada.

Treinta años después, y una hija-nieta de por medio, me devolvieron a los brazos de mi madre, a la lengua de los antepasados y a las imágenes de medio siglo atrás, y con la seguridad de que esta era la última despedida, entendí que sólo quedaban unos días.

Volví a mi casa y busqué un par de películas para nuestro último fin de semana juntas: Amarcord de Federico Fellini y Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica. Para el tiempo que le quedara por vivir, ella ya se había recluido en su cama. Eligió Ladrón de bicicletas. Yo preparé la función. Bajé las persianas, apagué la luz, me metí en su cama, la abracé.

El padre desesperado por conseguir trabajo, padre amoroso que no tira su malestar sobre las espaldas de su hijo, era el padre ansiado por nosotras. Un padre tranquilo y seguro, que contiene y alimenta a pesar del dolor, que se avergüenza pero que no entrega el honor en su pobreza material. No hay violencia en ese padre, sino hacia él, y en él, hacia su hijo.

La última escena, ese plano secuencia en el que la mirada avergonzada del padre se posa en el hijo mientras la sociedad le grita ‘ladri’ en su cara, escena en la que la cámara se queda en la mirada del hijo, su vergüenza y su llanto, es una de las mejores secuencias de la historia del cine.

Siempre llorábamos cada vez que llegábamos a ese final.

Esta vez, lloramos, nos abrazamos, y cuando vimos que llorábamos por el niño, por la maldita historia italiana, por la maldita historia propia, y por la niña que habíamos sido, yo le conté la anécdota acerca de cómo De Sica, había logrado que el niño estallara en llanto. No lo podía creer. Mi madre, en su ingenuidad no sólo pensaba que los cineastas tenían buenas intenciones, sino fundamentalmente, que filmaban con buenas intenciones. Se reía, pero en el fondo descreía que hubiera un director tan perverso y que justamente ese, fuera su amado De Sica: —¡Ponerle los cigarrillos en el bolsillo a un nene de seis o siete años y acusarlo frente a todos de ser el ladrón de cigarrillos del director de la película, es mucho, qué hijo de puta! Debe ser mentira, De Sica no era así —me dijo—, en el fondo, es sólo una película, la realidad es mucho peor.

Nos miramos, reímos, lloramos. Le propuse Amarcord. Se negó: —Ya está, está muy bien que sea ésta la última. Y se durmió.

Al día siguiente, antes de irse para siempre, me pidió que la ayudara a desplazarse un poco. Mientras se colgaba de mi cuello, me agradecía con una sonrisa infinita que jamás le había visto así dibujada sobre el rostro. Mi padre no sabía cómo ayudarla, en su torpeza, hacía fuerza y no acompañaba el movimiento. Mientras yo la sostenía, volvió a sonreír, y dijo: —Los hombres reales no son como los hombres del cine. Tendría que haberlo aprendido antes, en vez de ver tantas películas. Yo le contesté: —Ya lo sé, mamá, por eso yo veo tantas películas.

Cuando conseguimos llegar al borde de la cama, se sentó y dijo: —Entonces, estuvo bien esta última película. Llevátelas, y la semana que viene, mirá Amarcord con tu hija.

Y así fue.

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Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948) | Vittorio De Sica

Amarcord (1973) | Federico Fellini

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