Nuestra última película
Las elegimos bien
Por Leonardo Zaffaroni
“Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos.
Pero no lo creo, te escribo porque no sabés leer.”
Rayuela, Capítulo 32.
Un amigo me comentó una idea y automáticamente —bueno, no automáticamente, pero me entendés— pensé en vos. Él me habló de la última película con alguien como disparador para escribir un cuento, pero evidentemente no es cualquiera ese alguien con el que te recordás viendo una última película. Por eso, y aunque no sepa en que andás ahora, me animo a escribirte.
Su propuesta me dejó pensando… mucho. Antes habíamos hablado de las primeras películas y casi todos los relatos remitían a experiencias de la infancia o, por lo menos, a momentos iniciáticos o de gestación de alguna relación, pero esto de la “última” antecedido del “nuestra” planteaba otras cosas. La gran diferencia es que la primera película es fija, unívoca: es o no es. Uno lo sabe cuando compra las entradas; la última, en cambio, uno la construye después… Quiero decir, yo nunca fui a ver una película sabiendo de antemano que no iba a haber otra. Quizás me suceda algún día, cuando muera algún grande y deje como despedida esa última obra (que día horrible va a ser ése).
En ese sentido vos y yo tuvimos muchas últimas películas, pero sin dudas tuvimos una en particular. A lo que me refiero es que, ni vos ni yo sabíamos que ese día de noviembre de 2006 íbamos a ver la última. Pero, ahora, al pensar esta propuesta, tuve que explorar y encontrar esa película, acordarme y ponerle un valor que antes no tenía. En una palabra: nombrarla, y con ella, a vos. Lo más loco de todo es que pude acordarme de esa última, pero no de la anteúltima ni la anterior a esa (sí, una vez más, perdí mi entrada. Siempre las termino perdiendo al final).
No obstante, yo estoy convencido de que es esta “nuestra última” y quizás vos no te acuerdes o ni siquiera te hayas puesto a pensar cuál fue. Como sea, me gusta la idea que lo sepas, que sepas cuál es para mí “nuestra última”, así que ahí va.
Recuerdo que no me gustaba la traducción del título —qué raro yo diciendo eso, ¿no?—; parece una boludez, pero la diferencia entre “La película más triste del mundo” y “The saddest music in the world” es bastante grande (decime si no elegí un buen título para que sea la última…).
Recuerdo poco en detalle, porque hacía calor y porque vos no ayudaste con eso, al contrario. Igual salí con una sensación que hacía mucho no experimentaba: había sido realmente un sueño, las imágenes me habían atravesado y cuando ya estaba en la calle seguían bailando dentro de mi cabeza. A veces me pasa todavía que veo un gran vaso de cerveza o unas piernas largas y me acuerdo de alguna escena. Y quizás ahora me empiece a acordar de vos también (acordarme de vos cada vez que veo unas piernas largas… ¡Genial!).
Para ser sincero, no sé específicamente si fue la última, pero en muchos sentidos sí, porque después de esa cambiaron muchas cosas. No me voy a meter a opinar de cosas que no sé, y claramente vos pudiste haber seguido en el mismo lugar, pero, por lo menos para mí, ya no era lo mismo compartir una película. De hecho, el tipo del kiosco que te vendía entradas más baratas por lo bajo ya no estaba (estoy seguro que sabías, no te voy a creer, aunque actúes con sorpresa). Tiempo después me enteré lo que implicaba comprarle al “kiosquito” y no lo hice más. Una chotada, pero bueno, al principio, cuando éramos pibes, si podíamos ahorrarnos unos pesos significaba más chocolates o Cocas en lata.
Después sí, ahora que lo pienso bien, vinieron otras películas, pero qué importa: para mí esa fue la nuestra, la última.
No tengo idea en qué andarás vos ahora. Algo leí en los diarios, algo me comentaron, pero es lo de siempre. Y por eso es que prefiero quedarme con ese 2006, con ese verano. Por ahí suena egoísta, pero me encantaría que vuelvas, pero que vuelvas bien, con ganas y sé que a la vez no depende del todo de vos. Te tengo que pedir disculpas que no te fui a dar un abrazo en mayo, pero estaba de viaje… Me pregunto si de haber estado acá lo hubiese hecho. Me gusta pensar que sí, pero a veces soy un gil con esas cosas. Si sirve, perdón…
Ojalá nos podamos ver de nuevo pronto. Escuché a alguien que te nombró el otro día, pero quién sabe, no es la primera vez que sucede y luego uno termina… Lo que sí sé, es que si aparece la oportunidad de un reencuentro no voy a dejar pasar la oportunidad. Ahí voy a estar (creo que un poco gracias a haberte escrito todo esto). Va a ser distinto, eso seguro, y hasta quizás te nombren de otro modo, pero para mí siempre vas a ser mi querida sala del cine Savoy (1).
//////////////////////
The saddest music in the world (2003) | Guy Maddin
(1) El Cine Savoy fue inaugurado en la década del ’60 por Alberto Kipnis, incorporándolo a su cadena de salas emblemáticas de la Ciudad de Buenos Aires como lo fueron el Lorraine, el Losuar y el Loire. Tras su primer cierre fue reabierto en abril 2005 como la sucursal Belgrano de la cadena Artpelex, conocida como el “primer complejo de cine arte de la Argentina” (como exhibía su marquesina), a los que le siguieron después las propias de Caballito, Villa del Parque y la sala del Centro, todas salas recuperadas. Sin embargo, en mayo de 2012, el cine Arteplex Belgrano (el Savoy) cerró definitivamente sus puertas.