Aquella película contigo
Las horas
Por Carol Ann Figueroa
Cuando salí del Shopping, un olor a tierra húmeda se apoderó de mi respiración y los finos destellos plateados que atravesaban los haces de luz me hicieron pensar que lo que caía del cielo no era otra cosa que delgados alfileres. Los focos de los postes se reflejaban en el húmedo pavimento, y a lo lejos las farolas rojas de los autos brillaban oscuras y luminosas al mismo tiempo. La gente se encorvaba bajo sus paraguas cual si éstos fueran caparazones, y las fachadas de los edificios daban la impresión de ser una acuarela desteñida a punto de desvanecerse.
Algo había cambiado mientras yo permanecía en la sala de cine y, sin embargo, todo lucía exactamente igual a como lo había dejado.
Hubiera querido permanecer allí más tiempo, contemplando la enrarecida atmósfera que me rodeaba, pero la fuerza de la realidad me hizo entender que aquella no era la zona más segura de la ciudad, y que la hora marcada por el reloj no era la más indicada para entregarse a la contemplación. Mi novio me abrazó para cruzar la calle juntos, y sólo entonces recordé que no había estado sola en la sala. Su brazo se sentía cálido y pesado, como si se tratara de un abrigo que agradecía tener, pero que desearía poder cambiar por algo más ligero.
Las notas del piano que desde los primeros fotogramas habían guiado el suicidio de Virginia Woolf estaban adheridas a mis pasos, y ahora me conducían bajo un manto de exquisita melancolía que cayó sobre nosotros.
Él pronunció varias frases que fueron arrastradas por el viento antes de llegar a mis oídos, y lo único que recibió de mi parte fue un seco silencio que hirió de muerte su entusiasmo. Exhaló cansado y yo no dije nada, pues temía que la articulación de cualquier pensamiento pudiera destruir el espacio al que la película me había transportado; aquél recodo íntimo que nuestra relación había conseguido enterrar bajo su aterciopelada rutina, y en el cual permanecían guardadas las razones por las que un día cualquiera podía estallar en llanto, poniendo en evidencia que nadie, particularmente el hombre que creía acompañarme, era capaz de encarar ciertos dolores.
Aquél poeta enfermo que había sido un infante huérfano pese a tener a sus padres vivos, ese niño capaz de ver la tragedia oculta tras la serenidad de su madre, pero incapaz de entenderla y condenado a padecerla, me estaba hablando a mí. Su enquistado sentimiento de abandono, su agresiva lucidez al momento de marcar la vida de Clarissa Vaughn, y aquella dolorosa certeza de haber fracasado pese a triunfar ante los ojos del mundo, despertaron en anhelos que me había empeñado en enterrar, pero que ahora agradecía descubrir adentro y sentía urgentemente necesarios.
Tres mujeres que al despertar en diferentes ciudades y épocas dudaban del sentido que tendría el día que les esperaba, encarnaban a la mujer que todos los días me entregaba mi reflejo, y cada vez que alguna callaba un grito que se fugaba a través de su mirada, yo sabía lo que ese grito estaba diciendo. En el crujir de las cáscaras de huevo que eran quebradas al compás de una conversación incómoda, yo reconocí el crujir de una grieta que cada día me separaba más de mi pareja.
Cuando las luces de la sala se encendieron, él había dejado de ser parte de mi vida. Tenía claro que tendría que salir del Shopping acompañada por cierta presencia física, pero que la evidencia de su incapacidad para habitar mi vida íntima era irrefutable. No era culpa de nadie, simplemente era un hecho que nos habíamos empeñado en ignorar, y que ahora se presentaba inevitable.
Él intuía que aquél recodo al cual no podía acceder se había materializado durante la película, y quiso confirmar su existencia cuando me abrazó para cruzar la calle. Cuando se percató de que estaba allí, intentó destruir el silencio que nos separaba dejando escapar algunas frases.
Dolía ver sus intentos desesperados por sacarme de lugar al que me había transportado, pues éstos sólo conseguían hacer cada vez más evidente que lo único que él tenía para ofrecer era su compañía, y que eso no era suficiente.
Esa noche, entre todas las noches que pasaríamos juntos, y esa película entre todas las que podíamos haber elegido, se habían conjugado para poner punto final a nuestra historia y cambiar irremediablemente el curso de nuestras vidas.
“Desearía por tu bien que yo pudiera ser feliz con esta quietud” —le dijo Virginia a Leonard Woolf intentando explicarle lo que para ella significaba sentirse viva. Yo recordé aquella frase cuando nuestras miradas se cruzaron al entrar en la casa, luego de que el silencio y la evasión acabaran por ser tan insostenibles, que en mis ojos ya estaba escrito todo lo que tenía que decir.
Nuestra vida era trivial, yo me sentía trivial caminando de su mano. Él lo sabía, pero una vez más se resistió a admitirlo por temor a que el dolor lo destrozara. Yo noté su fragilidad y me sentí culpable de antemano por la herida que le podría causar. Propuse compartir un café para borrar las palabras escritas en mis ojos, y continué fingiendo un poco más de tiempo.
Sabíamos que las horas que nos quedaban por pasar juntos, estaban contadas.
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Las horas (The Hours, 2002) | Stephen Daldry

























