Connect with us

Hi, what are you looking for?

GrupoKane.net.arGrupoKane.net.ar

Aquella película contigo

Las legiones /// C. Adrián Muoyo

Aquella película contigo
Las legiones
Por C. Adrián Muoyo

A la sala donde ocurrieron todos estos hechos no volveré nunca, salvo a través de la evocación. Quiero creer que aún existe, aunque no la vea más. Prefiero el recuerdo antes que la certeza.

Era un subsuelo en un sitio perdido del centro de Buenos Aires. Tenía algo de misterio, de caverna pitagórica, donde los iniciados se reunían con su maestro. Al fin y al cabo, eso era él, un maestro de ceremonias y de vida, es decir, de cine.

Siempre estaba allí. Hasta podría decir que era ubicuo. Cualquiera que haya ido, podría afirmar que podía estar en la sala, hablar con alguien en el hall o proyectar al mismo tiempo. Hasta leía los intertítulos de las películas mudas. Parecía estar en todos lados a la vez.

Muchas veces nos esperaba a la salida de la sala, cuando sabía que lo que había proyectado era una asombrosa rareza. Cuando varios de los que habíamos asistido a la función le manifestábamos nuestro desconocimiento acerca de la existencia de la película, él muchas veces nos contestaba: “Es que Uds. son tontos”. Y lo éramos. Pensábamos que por haber leído algunas historias del cine y haber visto bastantes películas, ya conocíamos todo. Aprendimos que nunca es bastante. Había un juego que él hacía con un amigo, al que siempre le decía que para hablar sobre cine con buen criterio había que ver una determinada cantidad de películas. Hasta le daba el número exacto que se requería. Pero en cada conversación que sostenían, la cifra cambiaba. Cada vez era más exagerada, abrumadora, siempre inalcanzable.

Recuerdo una noche en que vi un melodrama experimental mudo. Era en un ciclo de cine vanguardista francés. La película estaba sin títulos, por lo que era imposible identificarla. Las imágenes se sucedían en forma prodigiosa hasta alcanzar la fascinación de un sueño. Salí entusiasmado y —claro— él me esperaba en la puerta. Le pregunté qué había visto. “Ménilmontant, de Dimitri Kirsanoff, un ruso blanco que se exilió en Francia”, me dijo. Agregó poco más. Me dijo que la que había pasado era la misma copia con la que lo había deslumbrado Roland, años atrás. Luego, cortó la charla de manera abrupta. Cambió de tema. Esa pausa, ese silencio impuesto sobre la película era en realidad un estímulo. Comprendía —como dijera Jaime Roos— que “el silencio sabe jugar”. Y jugó, porque así alentaba más la curiosidad. Era como si dijera “averiguá más y volvemos a hablar”. Entonces investigué más. En tiempos anteriores a Internet, estas búsquedas tenían mucho de aventura. Eran como seguir un rastro, siempre esquivo. Con nuevos datos, volví para retomar el tema. La primera conclusión de esa nueva charla era obvia. Los rusos blancos también filmaban muy bien. Sin embargo, lo que más me sorprendió de esa conversación fue que parecía tener un mapa completo de la ubicación de cada película en el país. Hasta parecía conocer el origen de cada copia. Me podía decir si había o no más obras de Kirsanoff para ver en Buenos Aires.

Pero había más. Ménilmontant fue la antesala de su lección más perdurable y definitiva. El cine —como pura emoción estética— latía aún en aquellos filmes olvidados. Incluso en aquellos considerados olvidables, como los westerns o los policiales de clase B, ó esas producciones despreciadas del bajo presupuesto. No había que esperar sólo grandes directores, actores o temas. El cine podía aparecer en un pequeño plano, en una escena casi perdida de un filme desconocido, en un gesto. Había que verlo todo para encontrar estas gemas. Por lo tanto, también había que conservarlo todo. Por haber aprendido eso, me sentí menos “tonto”.

No recuerdo en qué año lo conocí, pero fue hace tiempo. Tampoco sé cuántas películas vi con él o —mejor dicho— gracias él, porque mucho estaba en su colección personal, que había atesorado con devoción durante décadas.

Hoy, que hace tiempo que se fue, lo extraño a la salida de la sala, luego de esas funciones que tenían ese sabor siempre fresco del descubrimiento.

Tenía nombre de cónsul o general romano. Nadie podría sorprenderse si alguna vez leyera en algún relato histórico acerca de “las legiones de Octavio Fabiano”. Por eso los que pasamos por allí fuimos, somos —de alguna manera— los legionarios de Fabiano.

//////////////////////

Ménilmontant (1926) | Dimitri Kirsanoff

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.