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La película prohibida

Las Manzanas /// Diego Sabanés

La película prohibida
Las Manzanas
Por Diego Sabanés

Es verano. El pueblo entero duerme la siesta. Sólo una mujer con una boina roja camina por las calles de tierra y entra en un cine. El chico rubio pasa en su bicicleta y la ve. Es su oportunidad. Deja la bicicleta y entra. La sala está vacía; sólo la mujer está sentada en la platea, fumando como una estrella de Hollywood, mirando a Gary Cooper. El chico se sienta lejos pero poco a poco se va acercando, hasta ubicarse al lado. En un momento finge toser para estirar los brazos y tocarle la rodilla. La mujer sigue mirando a Gary Cooper. El chico sube lentamente su mano por la pierna de ella. Muy despacio la mujer baja la mirada hacia la mano y luego se gira. Deja salir el humo del cigarrillo y pregunta, como al pasar: “¿Qué buscas?” La escena se interrumpe ahí. Es el final de la confesión de Titta, el adolescente protagonista de Amarcord, ante el cura del pueblo, que queda bastante perturbado, mirando sus propias manos.

Quizás Tonino Guerra y Fellini podrían haber ambientado la escena en otro lugar. Titta y La Gradisca podrían haberse encontrado en la playa. Pero no. Ese encuentro prohibido, ese lugar para la intimidad es un cine. El cine como territorio de sueños. La Gradisca sueña con Gary Cooper; Titta sueño con la Gradisca; Fellini sueña con su propia infancia y le pone cuerpo a la infancia de todos. El cine como una frontera entre lo público y lo privado; entre lo social y lo íntimo.

La semana pasada en Madrid una promoción por la cual las entradas costaban una tercera parte de su valor habitual generó colas interminables, multitudes frente a las salas, entradas agotadas y recaudaciones impensables fuera de la promoción. La noticia alcanzó los medios y abrió debates, siempre centrados en la cuestión económica: la gente no va al cine porque las entradas son muy caras, no porque las películas no interesen. Habría que tomar la cuestión con pinzas pero lo que me pregunto yo es: ¿qué va a buscar la gente al cine?

Recuerdo cuando era chico y volvió la democracia a la Argentina. Hubo varios estrenos postergados por la censura que generaban peregrinaciones. Recuerdo a dos tías mías comentando que habían ido a ver con sus maridos (impensable de otro modo) Último tango en París y Portero de noche; dos películas que ya tendrían unos diez años cuando se presentaron en Buenos Aires. Y recuerdo un cine en la calle Lavalle donde pasaban “La Naranja Mecánica”. Yo no tenía edad para entrar a ninguna pero recuerdo el halo misterioso que las rodeaba.

Después llegó el VHS y la revista Humor publicó una nota titulada “La censura no entra al living”. Y sí, era fácil entonces ir al “videoclub amigo” y conseguir alguna película prohibida para menores. El chico que atendía hacía la vista gorda, como la hacían los padres. Bueno, no siempre… La misma tía que fue a ver “Último Tango…” le prohibió a mis primas seguir viendo “La Naranja…” cuando la consideró demasiado violenta y retorcida. Stop. Eject. Y se acabó.

El soporte de plástico negro también se proyectaba en algunos lados. Así fui a ver una copia apenas visible de Saló…, de Passolini, que proyectaron en los años 90 en el Rojas. Fueron varios pases y comentarios por todos lados. Y colas larguísimas para ver una obra que por entonces era inhallable.

Ahora todo esto parece prehistórico. Mi sobrina busca películas en la web y ve lo que se le ocurre. Todo está ahí, parece, y cada día más. Me contaron que incluso puede verse Kindergarten de Jorge Polaco en YouTube; una película que padeció una demanda sobre el final del rodaje y que nunca se estrenó comercialmente. Quizás ya nadie se acuerda de esa historia pero ocurrió hace ¿apenas? veinte años. No se pudo ver en el cine pero está a la vista en cualquier computadora.

Hoy, los que intentamos hacer películas, convivimos (podría decir “competimos” pero intento ser pacífico) no sólo con lo que se da en otras salas sino con lo que programan los canales de cable (¿alguien se acuerda de cuándo en la tele sólo había cuatro canales y las películas se daban por la noche?), con lo que se lanza en DVD, con lo que se edita remasterizado (hasta hace menos de treinta años para ver una película vieja había que esperar que la pasaran en la TV o en algún cineclub) y cada vez más con lo que circula en la galaxia Internet. Todo está a un click de distancia, al menos en los territorios donde puede accederse a la web.

Nadie pregunta qué edad tenemos. Nadie decide qué merece ser distribuido. Ya no hay películas prohibidas. Lo que alguien prohíbe en algún lado, horas más tarde circula como un pinball. Y dos días más tarde pasa al olvido. Y está bien. Aunque no lo estuviera, simplemente pasa. Quizás el único precio que pagamos sea el bostezo, la apatía de quién tiene tanto a su alcance que al final no disfruta nada.

Ganamos películas; perdimos compañía. El cine es una experiencia grupal. Incluso yendo solo, uno se siente acompañado por la multitud de desconocidos. En la web somos navegantes solitarios. Y a mí ver películas en una pantalla tan chica me aburre. La percepción del ritmo es otra, la composición de los planos se altera, la concentración es menor, la banda sonora está contaminada por el ruido ambiente… y además extraño la compañía. La gente alrededor riéndose al mismo tiempo, o saltando de la butaca, o comentando a la salida.

No quiero que esto suene a nostalgia. Las costumbre cambian, los soportes evolucionan, pero la necesidad de escuchar una historia es tan ancestral que perdurará mientras haya gente sobre la tierra. Sólo me permito una última mirada atrás a los viejos cines, a eso lugares de encuentro de uno con la película y de uno con el otro. Un adiós con la mano sobre todo a los viejos (y a veces irritantes) sistemas de distribución. Esos que sin proponérselo contribuían al mito. Porque la película prohibida era, por definición, la más deseada.

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Amarcord (1973) | Federico Fellini

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