Nuestra última película

Las películas nunca se finalizan /// Leandro Rodríguez Salcedo

Nuestra última película
Las películas nunca se finalizan
Por Leandro Rodríguez Salcedo

Algunos de nosotros alguna vez hemos escuchado esa metáfora que dice “las películas nunca se finalizan, simplemente se abandonan”. No obstante, sabemos que existen casos en los que esta frase se vuelve literal. Los motivos de tales abortos varían, pero en general abundan las razones presupuestales, de mala planificación o de disputas personales. En el episodio que yo voy a evocar, estos motivos estuvieron presentes, sin embargo, no fueron los decisivos.

Me faltan tanto el conocimiento como la autoridad para acusar de insania a otras personas, pero fue esa la sensación que me hizo renunciar a mi última participación en una película. Opto por no contarlo todo tal como fue, aunque sí intentaré recatar el espíritu de esta experiencia.

Todo comenzó una noche en el Niceto Club, cuando un amigo me presentó a D. y a su esposa, a quienes conocía a través de una larga cadena de amistades. Era una pareja agradable que rondaba los cincuenta años, pero no por eso resultaban menos joviales. Habían pertenecido al mudo del cine y en ese entonces hacía poco que regresaban a la Argentina después de pasar unos años en España. Él era discreto y afectuoso, su esposa graciosa y sensual.

Su buena predisposición al diálogo nos facilitó una interesante conversación en la que me comentaron que tenían un proyecto entre manos. Se trataba de una historia de carretera cuyo guion —me aclararon— había sido confeccionado a medida de sus gustos. D. quería realizar una pequeña muestra que pudiera dar una idea general de la estética que deseaba imprimirle al film, estética que, en sus palabras, pausadas y exactas, debía exudar un aliento tan telúrico como cósmico. No pude imaginarme qué era lo que buscaba, ni si esta intención podría ser captada por la gente a la que estaba destinado el trabajo, pero me sedujo una peculiaridad: él deseaba realizarlo utilizando muñecos. Yo estaba sin hacer nada y se trataba de algunos meses de actividad que, de algún modo, me permitirían revivir aquellos juegos a los que en la infancia les había dedicado tantas horas. Así, pues, casi de inmediato, acordamos una reunión para la lectura del guion.

El matrimonio vivía en el barrio de Barracas, y al llegar, me encontré con una casona vieja, un poco deteriorada, pero que conservaba el encanto de épocas más célebres. Tanto D. como su mujer me recibieron con una cortesía que llegó a incomodarme, aunque dado el trato que habían demostrado en nuestro primer encuentro era algo de esperar. Al ingresar me alegró ver que aquel amigo mío que nos había presentado se encontraba allí, porque si bien no había tenido una educación cinematográfica, su presencia seguramente iba a distender la reunión, y, además, si decidía asistir regularmente hasta podría hacer buenos aportes, porque tenía una sensibilidad que le permitía absorber los puntos de vista ajenos y devolverlos reelaborados.

En cuanto al guion, desde el primer momento la historia me pareció deficiente: comenzaba como un thriller, pero se resolvía con la intervención de fuerzas sobrenaturales. No obstante, aquello quedaba fuera de mi competencia, y yo estaba seguro de que entre los cuatro conseguiríamos que el fragmento elegido tuviese un buen aspecto.

D. había hecho unas pruebas con una escena que se desarrollaba en un baño público, escena que a mi entender no tenía una potencialidad que pudiera sintetizar una estética ni telúrica, ni cósmica, pero como él ya había comenzado, decidimos volverlas a filmar con más detalles y mejores equipos. El resultado fue bueno.

Para el segundo encuentro me convocaron más temprano que de costumbre y ese detalle me permitió conocer el medio de subsistencia de aquel matrimonio: al pasar por el pasillo vi que la esposa de D. se encontraba sentada frente a otra mujer, y sobre la mesa ratona ubicada entre las dos, había varios mazos de cartas. Nunca me había preocupado averiguar cómo procuraban sus ingresos, pero este dato confirmó el origen de las tendencias esotéricas del guion y de los argumentos que a veces practicaban para dar cuenta de algunas decisiones un poco inexplicables.

Nos retiramos al escritorio para esperar a que la esposa de D. terminara, y después de que recogiera todas las herramientas que servían a su condición de vidente (así se definió cuando sin querer la miré con curiosidad), comenzamos con el armado del pequeño set. Mientras lo hacíamos pude reparar en ciertos objetos que hasta el momento habían pasado desapercibidos: pequeñas pirámides, monedas en los zócalos, piedras, imágenes que ilustraban extraños símbolos, y, sobre todo, los mazos de cartas que a ella —ahora yo lo sabía— le sugerían el destino de sus clientes.

Yo estaba seguro de que esta vez abordaríamos algo más sustancial, sin embargo, al rato mi amigo apareció con una caja llena de paneles para armar un segundo baño, mucho más complejo que los anteriores, que al parecer había estado construyendo junto al matrimonio. Poseía una bañera, cortinas, ducha, lavamanos, toallas, alfombra, espejo, mosaicos y guardas que explicaban la tardanza de la tercera convocatoria. Hasta llegaron a comprar una máquina de humo en miniatura para simular el vapor y pequeñas luces de leds para dividir mejor el espacio y provocar un contraluz de la silueta desnuda de la muñeca co-protagonista. El trabajo era tan minucioso y realista que casi me distrajo de mi inquietud principal, no obstante, pude recapacitar e insistí que eligiéramos algo que pudiera transmitir esa estética de la que me había hablado en nuestro primer encuentro.

Ese día, después de filmar, nos quedamos charlando sobre el trabajo realizado y el que debíamos realizar, y mi amigo aprovechó el momento para manifestar su fantasía de ver la película entera a través del mundo de los muñecos, una idea que, tras los resultados que se habían obtenido hasta el momento, se le podría ocurrir a cualquiera, pero extraña en él, que siendo como era, más observador y reflexivo que operativo, había trabajado hasta el agotamiento en la confección de cada detallada escenografía. D. se mantuvo en silencio, aunque yo creí entender su aprobación a través de una expresión que imitaba al asombro. No dijo nada al respecto, sino que procuró acordar cuáles debían ser las escenas que a mi criterio debían filmarse para exhibir la estética buscada. No tardamos mucho en ponernos de acuerdo. De hecho, lo único que hizo falta fue que él presentara la pequeña lista que tenía preparada.

A partir de entonces me quedé más tranquilo sintiendo que el proyecto por fin tomaba una dirección precisa. Y al parecer D. lo tenía previsto, porque a continuación, haciéndole una seña a su esposa, propuso un brindis. Ella se levantó, fue hasta la cocina y volvió trayendo una bandeja con copas, champagne y un poco de marihuana, lo cual en principio me llamó la atención. No obstante, recordando que los comportamientos no van unidos a las apariencias, me dispuse a disfrutar del momento tranquilamente.

Brindamos —yo sólo con champagne—, mientras seguíamos hablando con entusiasmo de nuestro proyecto. Al cabo de una hora de charla casi ininterrumpida anuncié mi partida. Creí que mi amigo se me sumaría, pero al parecer él no había agotado su apetito oral y prefirió quedarse con ellos.

A los pocos días comenzamos con la planificación de las escenografías que habíamos resuelto: un ascensor, que luego, a través de la edición, emergería desde las entrañas de la tierra; el enorme santuario de un ídolo popular del norte del país (que sería particularmente difícil debido a que tenía que representar un exterior); un recorrido en auto que utilizaría un green screen que se completaría con distintos tipos de cielos; y una discoteca de una oscuridad espesa. En resumen, había dos decorados pequeños y dos grandes, y todo estaba ceñido a eso.

Decidimos comenzar con las escenografías grandes y nos dividimos en dos grupos para cubrir cada una. D. y yo haríamos la discoteca y su esposa y mi amigo el santuario.

Sabía que el proceso sería lento, porque el tamaño de los decorados sobrepasaba todo lo que se había hecho hasta el momento, no obstante, me turbó un poco ver cómo los plazos se extendían mucho más allá de las semanas que en principio había calculado. Era un trabajo poco gratificante, ya que, después de horas y horas de escrupulosa dedicación, los resultados tardaban en verse.

Debido a la complejidad del santuario, todos tuvimos que abocarnos a éste, cortando, garabateando y pegando pequeñas placas de medio centímetro por un centímetro que tenían que rellenar cada pared que asimismo habían sido previamente trabajadas para no perder el realismo en los planos cortos.

Más de trescientas plaquitas fueron pegadas una a una; agregamos pequeñas botellas, vasijas hechas a escala con porcelana en frío, portones que imitaban el hierro retorcido, flores, arbustos, árboles. La secuencia se dividía en cuatro escenarios distintos y cada uno tuvo que ser construido. Por momentos la ansiedad me sobrepasaba y creía haberme equivocado al involucrarme en aquella propuesta, sobre todo teniendo en cuenta que ellos trabajaban algo distendidos debido a los efectos de las nuevas drogas que habían agregado a su menú. No obstante, sabía que ni D. ni su esposa cometían el más mínimo error ni disminuían su rendimiento a causa de ello, y mi amigo, cuyo consumo a veces alteraba la armonía que siempre lo había distinguido, compensaba todo con las horas extras que le dedicaba cuando se quedaba en aquella casa. No tuve otra opción que aceptar que el proyecto tenía un grado de dificultad que yo no había calculado.

Al cabo de cuatro meses concluimos con el armado y los decorados fueron increíblemente satisfactorios. Casi me olvidé de los momentos de sufrimiento. No podía dejar de mirar cada detalle a través de la cámara: buscábamos planos de acción y de encuadres, y pusiéramos donde pusiéramos la lente, las imágenes eran magníficas.

Nos llevó tres semanas filmar allí: agregábamos acciones y momentos que no figuraban en el guion original pero que nos permitían explotar a fondo cada escenografía, nos parecían oportunas. Pocas veces me había divertido tanto durante un rodaje y consideré que todo había valido la pena.

Esa noche, luego de desarmar el decorado del santuario, decidimos ir a festejar. Considerábamos —o al menos yo lo hice— que en adelante nada sería tan dificultoso como lo que ya habíamos hecho, y por esta misma razón, en un ambiente anticipadamente triunfalista, no me pareció descabellada la idea que volvió a surgir: D. propuso terminar el resto de la película con los muñecos.

En realidad, por parte de D., su esposa y mi amigo la decisión parecía ya tomada, de manera que tan solo yo tenía que optar por sumarme o no.

Acepté. Porque a pesar de las idas y vueltas iniciales tuve la impresión de que haríamos algo asombroso. En las semanas subsiguientes el escenario del ascensor estaba prácticamente terminado y el automóvil estaba comprado. Abundaban los elementos para construcción serial de escenografías, desde material de investigación hasta pegamentos, foamboards, luces y utilería a escala.

Durante el transcurso de esos meses me fui acostumbrando a la rutina de llegar y ver a la esposa de D. juntando sus cartas mientras mi amigo preparaba algunos tragos y D. mencionaba cuáles serían los siguientes pasos, para luego pasar a una inexplicablemente coordinación en el traslado de los materiales de trabajo: yo me hacía cargo de los equipos de fotografía, mi amigo de la escenografía y el matrimonio se guardaba celosamente el derecho de encargarse de los muñecos. Nunca intenté alterar este orden ni les pregunté por qué lo hacían. Estaba seguro de que se debía a la relación marcadamente fetichista que desde un principio habían mantenido con los muñecos.

Por lo demás, el ambiente de trabajo solía ser bueno, aunque los temas de conversación durante la previa se hubieran volcado más a las creencias esotéricas de la pareja, y de tanto en tanto, unos personajes tan extravagantes como ellos se quedaran a teorizar a cerca de las motivaciones cósmicas que regían la historia. Pero lo que en otro tiempo me hubiera parecido ridículo y ajeno, en ese entonces se había vuelto aceptable: yo podía tolerar esas penosas excentricidades.

Por su parte, mi amigo estaba plenamente entregado al proyecto. Tal era así, que siempre lo encontraba allí: solía almorzar, merendar, bañarse y, en los días de calor, hasta compartir el aire acondicionado del dormitorio con aquella pareja. No son pocos los recuerdos que tengo de verlo saliendo del baño con el pelo mojado y vestido con ropa perteneciente a D., mientras la esposa de éste, sin perder su encanto, le lavaba, secaba y planchaba la ropa, incluyendo calzoncillos: recuerdo que yo tenía la sensación de que lo habían adoptado como un hijo.

En medio de este ambiente, filmamos un ascensor, el pasillo de un aeropuerto, un garage a una escala más pequeña de la que veníamos haciendo, un sector de este garage en la escala normal, la recepción de un hotel de carretera, el exterior de esa recepción, el exterior de una habitación de ese hotel y el interior de la habitación. Todos los resultados eran fantásticos, con excepción de un bochornoso momento en el que, para mostrarle al protagonista, la muñeca abría su toallón para mostrar su cuerpo desnudo, con pezones y vello púbico incorporado. Yo intenté poner a mi amigo de mi lado para tratar de evitar esos detalles, pero él acataba todo lo que D. le pedía, y tuve que aceptar ese absurdo.

Pero el resto de los resultados seguían siendo buenos, aunque como contraparte, cada vez tardábamos más en ordenarnos para diseñar, armar y filmar cada decorado. Uno de los principales inconvenientes era que mis intentos de confeccionar un plan de producción y un guion técnico habían fracasado, y cada tanto D. introducía más cambios de los acordados, dejando un alto porcentaje de las decisiones libradas a la improvisación.

Luego de más de un año de acostumbrarme a todo lo que implicaba esta labor, habíamos logrado filmar cerca de tres cuartos de la película. Nos restaba la secuencia final, la cual requería de un gran despliegue. Pero entonces, cuando mi agotamiento empezaba a sentirse, por alguna razón que en ese momento no llegué a entender, D. nos planteó la necesidad de agregar nuevas escenas y extender otras, porque, a su entender, los cambios que habíamos ido haciendo habían producido incoherencias en el encadenamiento de las acciones. Yo no descarté esa idea de plano, aunque sí traté de interceder para convencerlos de que lo mejor era terminar con lo que señalaba el guion original. Sin embargo, todos creían lo contrario. Querían editar parte de lo filmado para luego determinar qué modificaciones debíamos hacer. Así, la etapa de producción se vio solapada por otra de edición, que a las pocas semanas se volvió más compleja, ya que en medio del off line propusieron ir más allá y probar con un programa que permitiría la gesticulación de los muñecos. Y al ver que las actuaciones conseguían una extraordinaria naturalidad y se acoplaban perfectamente a las voces, decidieron armar un pequeño trailer que a su vez precisaba del rodaje de unos planos adicionales. Habíamos vuelto al principio y dábamos vueltas en círculos.

El trabajo, la complejidad y el presupuesto aumentaron exponencialmente. Las bolsas de materiales eran opulentas, los detalles, microscópicos, el insomnio, abrumador. Ya hacía un tiempo que pensaba que nada de esto tenía que ver con el desenfreno de un proceso poiético, sino más bien con la realización incontrolable de un pensamiento maníaco.

Los nuevos agregados redundaban en la exageración, volviéndose aún más inconexos que antes, y más ridículos: incluyeron relaciones sexuales, torturas y mutilaciones. Entretanto, el ambiente de trabajo había cambiado del todo. No quedaba nada de las evocaciones cinematografías que habían sabido encausar la creatividad del principio, sino que el cien por ciento del tiempo era ocupado por las enseñanzas esotéricas que aquella pareja le impartía a mi amigo.

Por su parte, el desorden general también se reflejaba en un aumento desmesurado de consumo de drogas. A pesar de mi espíritu liberal, decidí hablar con mi amigo al respecto; ya no toleraba ver esos ojos tan abiertos y tan fijos, y esa lengua inquieta que, como la de un reptil, palpaba el aire. Pero era como si su espíritu anterior se hubiera materializado en una coraza sólo permeable a la voz de D. o de su esposa. Lo que para mí era preocupante, para ellos parecía pertenecer a un orden superior cuya aprehensión sólo estaba a su alcance. Me sentía en medio de un pantanal, rodeado por el espantoso rumor de unos tentáculos que emergían desde las profundidades, mientras una voz imperiosa me ordenaba permanecer en aquel sitio. Sabía que me encontraba retenido por propia voluntad, pero el esfuerzo que había puesto en aquel proyecto y los resultados que obteníamos, todavía conseguían mantenerme en ese camino, y durante varias semanas continué tratando de poner orden a los imprevistos que surgían a cada momento, hasta que llegó un día en que la casualidad me permitió desanudar el origen de ese caos.

Era un día de invierno, teníamos que filmar y unas nubes de tormenta me convencieron de ir a refugiarme a la casa del matrimonio antes de lo convenido. Cuando llegué, no me asombró ver a mi amigo abriendo la puerta con un trago en la mano, aunque sí lo hizo no encontrar a la esposa de D. observando el futuro de alguno de sus clientes.

Con la mirada ausente que últimamente lo caracterizaba, mi amigo me pidió que me encargara de trasladar los elementos de filmación mientras él se daba una ducha. Quise negarme y esperar a que estuviéramos todos para repartir el trabajo, no obstante, antes de perderse por el pasillo, él me dirigió una mirada en la que me pareció ver una súplica secreta.

Un poco molesto, fui hacia la habitación en donde solíamos guardar las cosas. La mayoría de los equipos estaban allí, pero faltaba la cámara. Sin ningún éxito, empecé a registrar los diferentes lugares en los que podría encontrarse. Se me ocurrió que quizás pudiera estar en las habitaciones del piso superior, ya que necesitábamos planos de un cielo nublado y el día estaba ideal para ello.

Mientras subía la escalera escuché voces que provenían de una habitación en la que yo nunca había entrado. Claramente una era de la esposa de D., otra, la de D., pero había una tercera, de un hombre, que no reconocía. De pronto me sentí fuera de lugar, como si estuviera escuchando algo que me estaba prohibido. Hice un poco de ruido para anunciar mi presencia y la esposa de D., creyendo que yo era mi amigo, lo llamó.

Sólo fui para aclararle que se trataba de mí y que había subido buscando la cámara, pero al abrir la puerta no pude decir nada: D y su esposa se encontraban sentados en el piso semidesnudos; en medio de ellos estaba el muñeco que hacía las veces de villano, rodeado por unas cartas de tarot entre las que destacaba “El Diablo”. A la izquierda de D. se hallaba el guion de la película con algunas anotaciones hechas al margen. La cámara estaba sobre el trípode registrando todo.

Recién pude reaccionar cuando ellos me dirigieron una sonrisa tan amable como de costumbre.

—Hay que agregar otra escena más —dijo la esposa de D.

D. se levantó y dio unos pasos hacia mí.

—Vamos a crear —agregó con una voz que no era la suya.

A medida que bajaba la escalera una sensación de irrealidad se fue apoderando de mí. No sé si me hablaban o lo hacían entre ellos, pero sí recuerdo sus pasos arrastrándose detrás.

Mi amigo estaba en el living con su expresión de reptil. Cuando pasé a su lado le dije que nos fuéramos, pero negó con la cabeza, avergonzado, y entonces supe que aquel sentimiento abominable que me atravesaba, a él lo torturaba desde hacía tiempo, y que así y todo no podía abandonar ese mundo.

En los pocos metros que tuve que recorrer hasta la puerta de salida, una multitud de pensamientos me invadieron: la fe esotérica del matrimonio había timoneado el destino de aquel proyecto todo el tiempo, y durante dos años, gran parte de mi vida. Me sentí estafado y corrompido, ingenuo y asustado. Aquella visión había destituido de un solo golpe la capacidad de discernimiento que siempre solía arrogarme, y entonces, convencido de mi falta de criterio, reconocí que aún una parte mía se aferraba a la idea de permanecer entre ellos y terminar lo que había empezado. Pero salí.

El matrimonio no intentó detenerme y aquel fue el último día que los vi. Varios meses después supe que continuaban trabajando en lo mismo.

El tiempo pasó, y al recordar aquello todavía me cuesta aceptar que deposité tanta fe en una quimera. Quizás por eso, algunas veces, una cabeza de aquel engendro emerge desde lo más hondo del pantano y espía por encima de la bruma, llamándome, tratando de convencerme una vez más de que las películas no se abandonan…

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