La película prohibida

Laura Antonelli en la pantalla /// María Elena Babino

La película prohibida
Laura Antonelli en la pantalla
Por María Elena Babino

Haciendo memoria creo que fue Malicia, la película de Salvatore Samperi de 1973, la que dejó estampada en mi memoria una de las imágenes más vivas de lo que fue para mí la idea de “lo prohibido”. Vivía en Hurlingham compartiendo con mis diez hermanos (me anticipo a cualquier reacción y declaro que no era para tanto), digo, compartiendo con mis diez hermanos y mis padres la vida en una casa con jardín que parecía contener todas las espectativas de una adolescencia más o menos razonable. A mí me parecía que estaba en buenas manos, es decir, que tenía padres sensatos que —a excepción del detalle de haber procreado de un modo nada convencional— sabían mirar el mundo con espíritu crítico y libertario. Que además fomentaban la discusión en casi todos los terrenos. Se hablaba mucho de arte, literatura, música, cine y política, muchísimos debates furibundos y divertidos en las larguísimas charlas de la mesa de los domingos. Discusiones encendidas en todos los terrenos. En esos turbulentos años setenta, con hermanos mayores ya universitarios, con un padre y una madre que trabajaban en educación y participaban en política, yo tenía la sensación de que mi casa era el mejor ventilador para las ideas y de que eso me mantenía a salvo de todo lo desconocido, mejor dicho, de casi todo… porque había un mundo misterioso bajo la inmensa laguna de silencio que cubría el sexo y el erotismo. No, eso sí que no se hablaba ni se pensaba, y entonces ¡qué contraste sobrevino después de la revelación!

Como suele suceder, en la sala oscura del cine se iluminan las tinieblas. Eso fue lo que pasó en el cine de la plaza de Hurligham cuando Laura Antonelli, ícono erótico del momento, en el papel de la criada Ángela, apareció en la pantalla. Estaba sentada a la mesa junto al joven adolescente de la familia que la había empleado luego de la viudez del padre. La cámara siguió muy lentamente las manos del chico deslizándose sobre los muslos de la Antonelli hasta alcanzar el objeto deseado. Unos años antes me había llegado de manera algo indirecta la turbulencia sonora de Je t ‘aime, moi non plus, de Serge Gainsbourg; la había escuchado desde el pasillo, a través de la puerta del dormitorio de mis hermanos y ahí empecé a intuir la bruma que se iba a disipar al poco tiempo. Casi como un fogonazo, esa escena, junto a otras de idéntica espesura erótica me confirmaron que evidentemente, la realidad, fatal y definitivamente, guardaba muchos secretos todavía para mí. Me excuso de explicar las consecuencias de esa revelación. Simplemente digo que, como alguna vez comentó Cortázar, volví a mi casa convertida en sombra mientras el cuerpo se arrastraba detrás, juntando la basurita de la vereda.

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Malicia (Malizia, 1973) | Salvatore Samperi

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