Mi primera película
Los dos mundos de una infancia imaginaria
Por Mónica Acosta
En el barrio de mi infancia no había salas cinematográficas. Una sábana arrugada sobre una pared de ladrillos sin revocar en la Sociedad de Fomento de Monte Chingolo, inaugurada por mi abuela paterna, una criolla descendiente de catalanes, miembro de la rama femenina del peronismo histórico, y su amiga Doña Parsina, paraguaya militante del Partido Comunista, hizo posible que todos nosotros, los que deambulábamos por las calles barrosas de la aldea propia, entre el Camino General Belgrano y Condarco, nos detuviéramos las tardes de sábado a mirar algunas imágenes en movimiento, pocas en foco, que atraían nuestra mirada y empezaban a dejar surgir, urgente, el deseo de otros mundos. Eran filmes donde primaba el espectáculo, la diversión, el goce grupal de la risa que juntaba a los hijos de migrantes internos que bajaban cuatro cuadras de la villa de Monte Chingolo, con nosotros, los descendientes de europeos arrasados por la guerra, que no soportábamos el encierro moral, religioso y mortal de nuestros ascendientes blancos.
La experiencia imaginaria de la rama materna de mi familia fue distinta. Durante la infancia mediterránea, ya habían pasado por la hermosa oscuridad de una sala cinematográfica. Venida de los barcos que zarpaban de Génova, escapando de los despojos que había dejado la Segunda Guerra Mundial, mi pequeña madre traía en sus ojos los movimientos de los filmes italianos: primero, los superproducidos, y después, los más empobrecidos, vistos todos en el cine del pueblo que funcionaba en la parroquia, elegidos por el ojo cínico del cura, un consolador de almas ajenas.
Por eso, cuando me preguntaron sobre mi primera película, indefectiblemente me di cuenta de que tenía que remitirme a dos filmes que respondían justamente, a las dos ramas que me atravesaron genealógica, cultural, y escópicamente hablando.
Mi madre me inició en el cine. La primera película que recuerdo haber visto fue La Ciociara de Vittorio de Sica, de 1960. Dos mujeres se llamó aquí. La pasaron en la televisión en blanco y negro comprada por mis nonos a fines de los sesenta. La TV se encendía sólo por las noches y los sábados. Un sábado a la tarde, estábamos solas, mi mamá, mi nona y yo. Mi madre apagó las luces del comedor, bajó las persianas, corrió la mesa, preparó una especie de sala con un par de sillas, y me hizo ver, a los seis, siete años, una película en la cual, un verano de 1943, una mujer, Cesira, protagonizada por Sofía Loren, se traslada con su hija a Roma, y en el camino, cuando paran a descansar en el pueblo de Ciociaria, llegan los aliados y ambas son violadas en una iglesia por soldados marroquíes. Obviamente la escena de la violación estaba cortada y muchos años después la busqué para ver aquello que de por vida quedó en mi retina y atravesó todas las preguntas posibles hasta la adultez.
La última escena, una madre desesperada llorando y pegándole a la hija sobre sus faldas como si fuera un bebé, me dio la escala de los silencios que siempre rondaban mi casa materna, la percepción de las mujeres cercanas, el desgarro de una guerra incomprensible a los ojos de las niñas y las mujeres de mi familia.
En cambio, mi abuela paterna siguió insistiendo con la fantasía y el espectáculo infantil.
Unos meses o años después, junto a mamá, nos invitó al cine. Ahora sí, era una enorme sala cinematográfica de Avellaneda, debajo del puente Pueyrredón, donde hoy funciona un bingo. La película, inolvidable para mí, El Mago de Oz de Victor Fleming. A pesar de que era una peli de 1939, en ese momento para mí, era una película recién estrenada.
Lejos de su casa, Dorothy, comenzaba un viaje absolutamente fantástico, y a pesar de que, años más tarde, leí acerca del mensaje final de director y productor: “en ningún lugar se está como en casa”, mi percepción fue todo lo contrario. Como si la lectura de la novela de Lyman Frank hubiera atravesado todos los kilómetros y los siglos de distancia que me separaban de esa cultura, yo siempre viví la experiencia de Dorothy como la liberación de la cerrazón pueblerina.
Después de ver esa película, nunca más dejé de sentarme en una verdadera sala oscura y esperar un mundo fantástico, aunque los resabios de las historias de postguerra, su tono melodramático y el roce con la historia, siempre me buscaron para que, de alguna manera, yo los pudiera contar.
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Dos mujeres (La Ciociara, 1960) | Vittorio De Sica