Nuestra última película
Los gatos y el cine
Por Cecilia Brück
“Mefistófeles casero está tumbado al sol.
Es un gato elegante con gesto de león,
bien educado y bueno, si bien algo burlón.
Es muy músico; él entiende a Debussy,
más no le gusta Beethoven.”
Canción novísima de los gatos de Federico García Lorca.
Mi última película con ella no dura dos horas. No dura dos días, no dura dos años. Mi última película con ella dura toda su vida.
Con veinte años y estudiante de cine, mi rutina se repartía entre muchos amigos y muchas amigas. Pero ninguna como ella, ninguna tan cariñosa, ninguna tan soñolienta, ninguna tan gatuna.
En esos tiempos, miraba dos ó tres películas por día. Algunas obligadas, para mis clases y finales, y otras, al contrario, con mucha pasión. Corría a Liberarte y volvía a mi casa, a retar a duelo, otra vez, a la vieja VHS. Como una carrera contra reloj, intentaba llegar a ver, por ejemplo, Ossessione, en dos horas, aunque en realidad durara tres, porque a las siete de la tarde cerraba el video, e irremediablemente, la película debía ser regresada a tiempo.
Y ella siempre ahí. Siempre en mi cama, acostada, con los ojos fijos en la pantalla. Su mirada iba y venía, acompañaba velocísima cada paneo, cada travelling, cada luz inesperada. Michi era la más ferviente y apasionada espectadora de cada película de Renoir y de Orson Welles. Ella alternaba entre sus dos posiciones preferidas, estirada y de costado, o incorporada con sus dos patitas hacia delante. Yo, en cambio, recostada sobre la almohada, estiraba mi mano con esfuerzo hasta el cuaderno de turno, para tomar algunos apuntes, anotar distintas frases, que estaban destinadas a nunca jamás ser recordadas. Así pasábamos las tardes enteras, entre VHS y VHS, comiendo vainillas de a miguitas, yo acariciando su lomo, y ella bañándose a lengüetazos.
Estas imágenes, ya un tanto despintadas y borrosas, forman una de las películas más importantes de mi vida. La misma que empezó el día en que mi mamá, embarazada de mi hermano, me trajo a Michi en una cajita. Esa mañana en nuestra cocina es el primer recuerdo de mi infancia. El meow agudo y finito, la panza de mi mamá, el cartón corrugado, la sorpresa interminable, y, sobre todo, la extrañeza de no entender qué estaba pasando. La misma película que sigue cuando abrí la caja movediza y la vi por primera vez, una gatita marrón, gris y peluda, tan inquieta como un hermoso torbellino.
Desde ese día nuestras vidas no se separaron. Dormimos y crecimos juntas, haciéndonos grandes de a poco. Fuimos hermanas y amigas, compañeras y asustadizas, miedosas de la lluvia, y de los ruidos. Pero también alegres, y pícaras. Michi, agazapada en la oscuridad, me esperaba sigilosa, para correr y asustarme en la primera oportunidad, su juego preferido.
Esta película nos encontró siempre unidas. Incluso esa tarde lluviosa de abril, dieciséis años después, cuando ella murió. A veces la veo en los ojos de Benju, mi gato blanco y negro, mi nuevo cinéfilo compañero. A veces, también, la siento conmigo, pero otras veces, que en verdad es siempre, la extraño. Por eso, esta es una película que tiene un principio, pero que, en realidad, no tiene un final, nunca termina.

























