Mi primera película
Los motivos de las piedras
Por Roberto Montini
A los pocos meses de vida ya era un rutinario espectador de casi todo evento cinematográfico que “El Argentino”, o en su caso su competidor, el cine “Edison”, podía ofrecer para las no más de seis mil almas que habitaban la localidad de San Jorge. Este era mi lugar de origen, un pueblo del interior de la Provincia de Santa Fe, fundado como tantos otros, por inmigrantes italianos mayoritariamente de origen piamontés.
Claro que por aquellos tiempos —corría la década del ‘50— mi presencia en la sala era casi simbólica. En brazos de mi madre, yo nada entendía de lo que estaba sucediendo a mí alrededor.
Existieron entonces muchas “primeras películas” de las que no puedo dar cuenta. Sin embargo, hubo un momento que marcó una especie de “destete” cinematográfico. Fue como un glorioso instante de revelación y de autoconciencia.
Con no más de cinco o seis años me recuerdo intentando subir las largas y sinuosas escaleras que me llevaban al sector superior de la sala cinematográfica. Una butaca de “súper pulman” allí esperaba. Recuerdo además el esfuerzo en escalar peldaño a peldaño esas marmoladas escaleras que me conducirían al hall superior, decorado con numerosas fotografías en blanco y negro de famosos actores de la época. Ahí estaban Niní Marshall, Francisco Álvarez, Mirtha Legrand, Zully Moreno y alguna otra estrella que representaban una de las épocas más brillantes de la cinematografía argentina, sino por sus contenidos, al menos por su glamour.
Como yo sufría de vértigo, dato que solo supe tiempo después, la cosa era mucho más complicada de lo que en principio uno podía suponer.
Se trataba entonces de subir evitando a toda costa girar y mirar hacia abajo, cuestión que de todas formas no se podía soslayar al momento del descenso. En esa instancia —la del descenso— la maniobra era ciertamente penosa. Me recuerdo casi sentado, de cuclillas, bajando escalón por escalón, evitando estar de pié. Esta maniobra aliviaba en parte la sensación mortífera que suponía el abismo de unas decenas de metros de altura.
Así rememoro este primer día, recorriendo con mucho esfuerzo esa larga cuesta para alcanzar la meta dorada. Allí esperaba un mundo nuevo, esperanzador, fantástico, miles de sueños concentrados en un sorprendente haz de luz que iluminaba la pantalla.
Recuerdo los tenues pasos adormecidos por la alfombra, la prometedora oscuridad, los sostenidos silencios y el esperado sonido del rotor del telón. Recuerdo incluso el vendedor de golosinas con su clásica chaqueta marrón verdosa, los Sugus de limón y el maní con chocolate derritiéndose en una cajita rectangular amarilla.
Y de repente, unas potentes imágenes que de inmediato impactan sobre mí. El personaje protagónico era a primera vista desagradable. Alto, musculoso, impiadoso, brutal, exhibiendo una alta cuota de orgullo no justificado, y además mortificando repetidamente a una mujercita inocente e indefensa, una especie de payasito en talle chico que, sin embargo, miraba a este hombre quizás como su única tabla de salvación.
Todo ello se jugaba además en un paisaje triste, empobrecido, dominado por los grises y por el hambre de aquellos que habían sobrevivido a una reciente guerra. La música, además, parecía raspar el alma, subrayando la soledad y el desamparo terminal de estos dos desdichados personajes.
Había asistido —así supuse dentro de mis límites de comprensión— a una gran obra, pero sin embargo me pregunté entonces si estaba justificado el esfuerzo de tamaña aventura personal. Porque una sensación de agobio, de tristeza y abandono siguió presente incluso después que la función había finalizado.
Algunos años después supe cuál era el título de la película y el nombre de su director.
Pasó mucho tiempo y hubo muchos otros sueños. Uno de ellos, casi un capricho de decadente aventurero nocturno, fue montar un bar de tragos en algún lugar de Brasil. Y un día lo pude concretar.
Era un lugar extraño, de 80 metros de largo, por no más de 7 de ancho. Una especie de calle con una extensa barra de madera ubicada en el centro del salón. Decidí el nombre de inmediato, casi sin pensarlo. Lo llamé “La Strada”.
Esta elección la asocié en ese momento con las características físicas del lugar y lo que el nombre en italiano significaba. Además, me dije a mí mismo que era una forma de homenajear a uno de los verdaderos maestros de este complejo arte.
Jamás se me ocurrió que existiera alguna otra razón para esa elección. Hasta ahora. Así es, ahora el juego sale a la luz, y devela una parte oculta, que quizás antes no pude ver. Al rememorar mi primer contacto con el cine encuentro de manera sorpresiva y reveladora otra posible respuesta ante el nombre escogido. Mucho más precisa y abarcadora. Y mucho más íntima.
Como lo dice el personaje de “El Loco” a Gelsomina en un pasaje de la película: “Hasta las piedras tienen sus motivaciones”. Parece ser cierto.
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La Strada (1954) | Federico Fellini