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Aquella película contigo

Los Otros /// Mónica Discépola

Aquella película contigo
Los Otros
Por Mónica Discépola

¿Qué película? ¿Con quién? ¿Cómo están de presentes los otros cuando estamos en el cine?

Mi primer “Otro” fue mi papá, militante comunista, dirigente gremial. Cine del centro rosarino, con pasillo ancho al medio… ¿El Cairo? ¿El Monumental? Durante casi dos horas vimos con emoción como la justicia castigaba a Sacco y Vanzetti sólo por ser pobres, trabajadores y anarquistas. Sobre el final (no recuerdo como era la escena, no sé si se narraba en off, si era una subjetiva de los condenados a muerte, o si se veía la silla eléctrica en la que iban a morir), en ese momento, en medio del mayor dramatismo, se escuchó una voz que decía en tono bien alto y risueño: “¡Mirá si se les corta la luz! ¿Qué hacen? ¿Lo electrocutan con velas?”

La voz provenía de un grupo de chicos jóvenes, ubicados un par de filas más atrás de nuestra ubicación. Mi papá se levantó, fue hacia ellos, agarró a uno del cuello, les dijo que eran unos idiotas y que salieran del cine… En la oscuridad de la sala se vieron las siluetas de unas tres o cuatro personas que rápidamente avanzaban hacia la salida. Mi papá volvió a sentarse a mi lado y terminamos de ver la película.

La misma sensación que experimenté aquella tarde volvió muchas veces a mi vida, abordándome un sentimiento ambiguo, mezcla de orgullo por las convicciones ideológicas de mi padre y desconcierto por sus reacciones, a un mismo tiempo heroicas y violentas.

Durante los años que siguieron hubo algunos “otros”. Ernesto mirándome sorprendido cuando salimos de ver Las invasiones bárbaras, tratando de calmarme sin poder entender por qué lloraba desconsoladamente y a los gritos, mientras caminábamos por calle Santa Fe, y yo tratando de explicarle, sin poder hacerlo del todo, que durante años había envidiado a los personajes de La decadencia del imperio americano, y había sufrido por no haber podido parecerme a ellos. Y ahora los veía así, destruidos, desencantados… y lloraba por ellos y lloraba por mí, por mis deseos incumplidos “bajados de un hondazo”… por haber perdido tanto tiempo deseando algo que en realidad no valía la pena.

También hubo otros “otros” desconocidos, de los que nunca conoceré sus nombres, con los que nunca volveré a cruzarme, como los que estaban en el cine Yara, en la ciudad de La Habana, un día en que para hacer tiempo mientras esperaba la guagua, me metí en la sala donde estaban proyectando Garage Olimpo. La película recién había comenzado y tuve que pedir permiso para sentarme en un lugar libre a mitad de una fila de butacas —los cubanos saben reconocer muy bien los distintos tipos de español, siempre saben de qué país es cada uno y nunca se equivocan—. A mitad de la película, cuando comenzaron a verse las acciones más crueles y miserables, un cubano sentado detrás de mí me pregunta: “Usted que es argentina, ¿es verdad lo que cuenta la película? ¿Esas cosas se hacían?”. Solamente pude contestar un “Sí, todo eso y más”, muy bajito, para no molestar a los demás, aunque los que escucharon la conversación se fueron sumando, pidiendo más detalles, y de repente me encontraba en la oscuridad de un cine cubano hablando de la dictadura, de los métodos de tortura, de la locura y desesperación de esos años. Unos minutos después todos volvimos a mirar la película, hasta que los vuelos sobre el Río de la Plata con la música de “Aurora” nos llevaron al final y a las luces de la sala prendiéndose.

Seguramente habrá muchos “otros” compañeros de cine dando vueltas por ahí, los que fueron y no recuerdo y los que estarán por venir. Me imagino con mis nietos de la mano entrando a un cine para que encuentren sus héroes, sus amores imposibles, la magia refulgente de la vida. Pero más allá de los “otros”, la sala a oscuras sigue siendo un lugar solitario e íntimo, donde uno es sus “otros”, los que se esconden en la vida cotidiana, los que se permiten amar al asesino, ser infieles en una noche con alcohol, matar y morir por un ideal adolescente, sentir que la vida es más intensa y maravillosa que lo que sentimos cada noche al acostarnos.

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Sacco y Vanzetti (Sacco e Vanzetti, 1971) | Giuliano Montaldo

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