Mi primera película
Los sueños compartidos
Por Emanuel Flax
Una tarde soleada, mientras la gente comienza a salir de las oficinas y volver a sus casas. Una tarde con lluvia, corriendo debajo de los techos para no convertirnos en sopa. Una tarde nublada, después de una clase en la facultad, a dónde mi mamá me llevó porque no tenía con quién dejarme.
Cualquiera de estas tardes pudo haber sido la primera tarde en que entré a una sala de cine. Lo único que recuerdo es que salí llorando en medio de la proyección. Algo le había pasado a la mamá de Dumbo y no me resultó agradable. Probablemente se había muerto, teniendo en cuenta la receta que emplea la fábrica Disney para muchos de sus productos. Y yo en ese momento estaba indefenso. No tenía ni idea de cómo funcionaba este asunto de ir al cine.
Me imagino que debe haber sido una decepción para mi pobre madre, que me había llevado hasta ahí con la expectativa de que pasemos un buen momento. Salir corriendo de la sala en medio de los murmullos de fastidio de otras madres a cuyos chicos yo les estaba arruinando la aventura, no debía ser una situación muy cómoda. Espero que hayan sido madres más comprensivas, que recordaran que ellas también habían pasado por la misma situación poco tiempo atrás. Y que entonces no haya habido tanto murmullo.
Otra posibilidad que se me ocurre es que mi mamá ya vislumbraba lo que iba a pasar. Entonces había elegido una película cualquiera, casi segura de que sería lo mismo si yo veía un elefante, un camello o un tren entrando en una estación: en algún momento me iba a largar a llorar (en cualquier caso, no sería una mala idea que las salas de cine organicen funciones especiales para niños debutantes, en las que todos tengan la libertad de llorar a gusto).
En las siguientes funciones de mi vida me fui encariñando con esa experiencia tan particular de entrar con un montón de desconocidos en una sala oscura para recibir una sucesión organizada de luces y sonidos que será reacomodada en nuestros cerebros, agitándolos un poco. Extrañamente, recuerdo que no sólo disfrutaba de la película sino del hall lleno de desconocidos, de hacer la cola para sacar la entrada, de la boletería, del puesto de golosinas, de hacer cola para ingresar a la sala. Todos esperando para vivir en una realidad diferente a la cotidiana durante el lapso de aproximadamente dos horas. La suspensión de la realidad. Entrar de día y salir de noche. Entrar con sol y salir con lluvia.
En las películas en otro idioma, mientras yo seguía las imágenes, mi mamá leía los subtítulos y me iba resumiendo los detalles de los que yo me perdía. En voz baja, ya que en general al montón de desconocidos no le gusta escuchar a los demás mientras se proyecta la película. Y a mí tampoco me gustaba escucharlos a ellos. Un pacto de silencio para tratar de disimular la propia presencia. Para no perturbar la ensoñación ajena. ¿Un montón de individuos conectados con la pantalla, pero intentando mantenerse separados entre sí?
De más grande (y más estructuradamente intolerante), muchas veces cuando alguien en la sala tenía un ataque de tos, se ponía a hablar o se reía en momentos que a mí no me parecían graciosos, me daban ganas de que se muriera. Me daban ganas de estar solo en la sala. Solo ante la pantalla. Solo en ese mundo de dos horas de duración.
En la práctica mi deseo era, por lo menos, difícil de cumplir. Comprar todas las entradas de una función, me hubiera salido muy caro. El montón de desconocidos era un mal necesario para tener la posibilidad de poder vivir la experiencia de ir al cine. Porque con el pequeño aporte de cada uno juntábamos un buen montón de plata para el dueño de la sala. Y así todos podíamos disfrutar de una proyección. Juntos… por separado.
Sin embargo, falta, por lo menos, la mitad de la historia.
Otra tarde cualquiera, cuando era adolescente, fui a una función que me hizo entender por qué me gustaba tanto ir al cine (además de la pantalla gigante, el buen sonido y un montón de desconocidos tratando de no tener contacto) y al mismo tiempo cambiaría todo el asunto. Una epifanía.
Gracias a la recomendación de un profesor de economía del colegio, llegué a una sala de la calle Lavalle para ver Recursos Humanos. La sala estaba llena, en su mayoría por gente que se había hecho un espacio para ir al cine después de trabajar. Durante los créditos del final, todos aplaudimos, con mucha energía. Celebrábamos la película, pero a su vez, era un recurso espontáneo de los espectadores para comunicarnos entre nosotros. Aplaudíamos haber estado todos juntos en esa sala de cine. Nos recordábamos que todos habíamos estado un rato soñando juntos. Habíamos compartido el sueño y estábamos contentos de la experiencia. Nos aplaudíamos.
Al igual que Dumbo, esa proyección en la calle Lavalle también podría considerarse una primera película. Pero contrariamente a lo que opinaba hasta ese momento, a partir de esa función vislumbré la riqueza de emprender el viaje en compañía de otras personas. Conocidos o desconocidos. No era sólo una cuestión económica el hecho de compartir la proyección. Era que, entre todos, hacíamos que el sueño tuviera mucha más fuerza. Hacíamos que el sueño fuera único e irrepetible. Y a partir de allí, estuve atento a muchos otros de estos sueños.
Recuerdo recorrer la selva tailandesa con muchos acompañantes. Ese día, en la sala, había una fuerte tensión sexual que para muchos resultaría un poco incómoda.
Recuerdo la sorpresa y la fascinación de encontrar en una sala de Mar del Plata a una multitud de fanáticos cantándole el feliz cumpleaños a Godzilla.
Recuerdo ver una película que trata sobre un gran cine que está a punto de cerrar, en un gran cine que estaba a punto de cerrar. Con cualquiera que haya disfrutado de esa función, nos une un vínculo difícil de igualar.
Recuerdo tres días seguidos en la misma sala, para ver Berlin Alexanderplatz (1980, Rainer Werner Fassbinder) junto con muchos otros trastornados. ¿Cuál es la palabra que nos une a todos los que pasamos por esa experiencia?
Dumbo será estrictamente la película con la que di los trastabillantes primeros pasos en el asunto de ir al cine. Pero son muchas las primeras películas con las que fui construyendo mi camino en el asunto de los sueños compartidos.
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Berlin Alexanderplatz (1980) | Rainer Werner Fassbinder