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Aquella película contigo

Más allá de la medianoche /// Adrián Melo

Aquella película contigo
Más allá de la medianoche
Por Adrián Melo

Era una de esas relaciones amorosas complicadas, perdidas de antemano, en las cuáles uno se hunde quizás por el placer mórbido que genera, a veces, perder. Después de todo, seguramente tiene que haber algo enriquecedor en perder si venimos a la vida a perderlo todo.

Fui a ver Medianoche en París de Woody Allen con Pablo a sabiendas de que era la última película que veíamos juntos. Fue, quizás, una concesión de él, un tributo postrero a mi amor inútil. No debía costarle mucho ceder unas horas de su vida cuando sabía que al otro día yo viajaba a Europa por un tiempo llamémosle prudencial y que para mi vuelta no había demasiadas cosas que nos unieran.

Al encontrarnos, en la puerta de la boletería no me sorprendió que estuviera espléndido. El pelo ondulado, los ojos marrones melancólicos que me habían fascinado la primera vez, la sonrisa perfecta y cariñosa al verme. La charla pre-película fue cordial, hasta graciosa y divertida, aunque algo banal. Incluso cumplimos el ritual de la Coca y los pochoclos. Los dos teníamos la voluntad de pasar un buen rato y habíamos previsto esta tregua para despedirnos en buenos términos. Después de todo, la guerra ya se había terminado.

Una vez comenzada la función, en la pantalla también la Gran Guerra había terminado. La historia de la película mezclaba el presente de un escritor del siglo XXI con un sueño ceniciento que a medianoche lo trasladaba a los años locos, a la época de la que más tarde se construyó el mito de que París era una fiesta. Entonces circulaban idealizadamente en el film las borracheras de Scott Fitzgerald y la locura de su amada Zelda, las canciones de amor de Col Porter, la virilidad de Hemingway, el surrealismo de Buñuel y de Picasso… Bah…

Por supuesto, yo no prestaba demasiada atención a la película, sino que estaba atento a mis propias sensaciones. Pablo estaba sentado a mi lado probablemente por última vez y era lo único que importaba. Habíamos compartido risas y besos, borracheras y noches enteras mirando películas clásicas. Nos habíamos poseído mutuamente. Nos habían sorprendido algunos amaneceres con videos de YouTube. Pero nunca, nunca había logrado que él me quisiera realmente. Como era de prever yo tampoco había sido plenamente feliz en la relación y el saldo era el de la frustración y el del agotamiento que generan los sueños rotos. ¡Ufff! ¡Estaba extenuado! Como un tango: de luchar contra mi conciencia, de sufrir y de esperarlo, de ilusionarme y de desilusionarme, de desearlo inútilmente, de generar cosas nuevas para que todo volviera a fracasar. El agobio generaba que, a la vez, sintiera algo de alivio en saber que por fin todo había terminado.

Sin embargo, durante la proyección, hubo un momento. Un momento en el que después de tantos esfuerzos, sentí una paz y una alegría inefables, sólo por sentir que él estaba sentado a mi lado. Como si me volviera a enamorar, pero no de él, sino de su recuerdo. No es fácilmente explicable. No percibía ni su perfume ni el olor de su piel, sino una especie de calidez que emanaba de su presencia y que yo confundía con la belleza y con el amor. Fue un instante tristísimo en el que tuve la convicción —la vida es quizás el camino mediante el cual se desvanecen precisamente estas certezas— de sentir que a partir de ahora cada vez que fuera al cine y me sentara en la butaca y se encendieran las luces de la gran pantalla me faltaría esa presencia fantasmagórica en la oscuridad. Que siempre lo extrañaría.

Terminó la función y salimos a la calle por Puerto Madero. Hacía una noche cálida. Caminamos un rato a orillas del río hablando de lo dulce que había sido la película, de sus trabajos, de los míos, de amigos en común hasta que él me pidió que tomáramos un taxi y que por favor lo dejara en su casa que me quedaba en camino de regreso.

Cuando el taxista se detuvo frente a su edificio nos despedimos con un rápido y fuerte abrazo dentro del auto.

“Bueno, ¡nos vemos a la vuelta!” —le dije para ahuyentar todo tipo de dramatismo— “Mañana a esta hora voy a estar en Barcelona” —Él se sonrió—.

Pensé un rato en las últimas palabras que le dije, esas palabras que justamente a partir del día de mañana iban a significar cada vez menos para él y a cobrar sentido cada vez más para mí.

Cuando el taxista arrancó me volví un momento para ver como Pablo se perdía en la oscuridad de esa noche tierna, infrecuente de agosto. Se perdía como en la película de Woody Allen se esfumaba el mundo de los dorados años del jazz, se perdía como un personaje de una novela de Scott Fitzgerald pierde el pasado que creyó luminoso.

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Medianoche en París (Midnight in Paris, 2011) | Woody Allen

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