La película prohibida

Más que cuentos para niños /// Leandro Rodríguez Salcedo

La película prohibida
Más que cuentos para niños
Por Leandro Rodríguez Salcedo

Tal como les sucediera a algunos personajes míticos, indagar en aquello que está prohibido es algo que a casi todos nos seduce, porque ante toda prohibición se abre la posibilidad de ascender en nuestra propia consciencia y poder: primero, porque la obtención del conocimiento de aquello que muchos desconocen nos ubica por sobre los demás; segundo, como confirmación de lo primero, equipara el poder propio con el de aquel que prohíbe, nuestro oponente. O al menos así es como se piensa la propia consciencia.

Hace muchos años, cuando yo era un niño, solían leerme los cuentos de Ítalo Calvino compilados en el libro El Pájaro Belverde, y de todos ellos el que más me fascinaba —por ser el que más me asustaba— era Nariz de Plata. El cuento en sí es similar a Barba Azul: hay una puerta prohibida —finalmente abierta por unas hermanas curiosas— tras la cual se oculta el horror. Pero para mí no era cualquier horror, porque yo había sido criado bajo la égida cristiana, y lo que se ocultaba tras la puerta, permítanme contarlo, era el infierno.

Tal era el miedo que me causaba Nariz de Plata como representación del Diablo, que ni siquiera me atrevía a hojear el libro cuando me encontraba solo. Pero a pesar del temor, a menudo pedía que me volvieran a leer el cuento, deseando y rechazando al mismo tiempo el momento en el que la puerta revela su secreto: rechazándolo por temor, pero deseándolo más aun porque justamente accediendo a ese horror yo también desafiaba la prohibición. Por eso, considero aquella puerta como la primera atracción que sentí hacia el territorio profundo de lo prohibido.

Tuvieron que pasar algunos años para que me enfrentara nuevamente a un terror comparable al de Nariz de Plata, pero por fin, cuando apenas era un preadolescente, la película El Exorcista se presentó ante mí.

Sé que muchos consideran a este film como una insignificancia con pocos o ningún mérito, pero no fue lo mismo para mí, lo puedo asegurar. Es difícil explicar lo que me produjo, siendo yo un chico que no sólo había interiorizado los más primitivos dogmas cristianos, sino que además fantaseaba con alcanzar sus valores más elevados. Deberán entender que al creer en la posesión demoníaca del mismo modo en que cualquier persona acepta la fuerza de la gravedad, El Exorcista dejaba de ser un film para volverse una verdadera manifestación maléfica, como si una voluntad demoníaca se hubiese introducido más allá del deseo de sus creadores, y de este modo, las manifestaciones de Reagan, la protagonista, ponían a prueba mi fe. Ella era —de lo que yo conocía— la personificación más aterradora del Mal. La voz cascada, ácida y grotesca, la lengua movediza de serpiente, y, sobre todo, los ojos de zorro nefastos, fijos y acusadores, fueron el terror indiscutido en aquel momento. Escuchaba su risa siniestra, recordaba su corazón frío, soñaba con sus blasfemias.

Pero no obstante mi horror, fueron peores mi culpa y mi vergüenza, porque más allá de toda sospecha, y atravesando el pantanal de lo prohibido, sucedió que me enamoré de ella.

Yo tendría once o doce años y ella doce o trece, y antes de ser un monstruo ella me atraía. Sin embargo, había razones más complejas, ya que mi carácter era el resultado del miedo, el secreto y la represión de la religión y de los tiempos de la dictadura militar, y ella era todo eso y su contrario. Se trataba de un ser omnisapiente y cruel que doblegaba las voluntades que se le oponían, pero al mismo tiempo tenía la capacidad de liberar toda prohibición moral. Por eso, aún sabiendo que cargaba en su cuerpo un Mal con el poder de exponer mis pensamientos más secretos, para mí era imposible evitar ser presa del escandaloso espectáculo de su promiscuidad. Reagan desplegaba las aristas más extremas de una mujer: desde una niña inocente hasta una bruja demoníacamente sacrílega; desde una ninfa hasta una esclava; desde una víctima hasta una victimaria; y con horror descubrí que todos aquellos aspectos hallaban asilo en mí. La temía, la sufría y lo gozaba, y para esto no tenía más respuesta que el infantil pretexto de que mi corazón se inclinaba hacia ella por piedad y sacrificio; intentaba convencerme —y a menudo lo conseguía— de que mi fascinación sólo se debía al puro deseo de rescatarla de su propia maldad, pero íntimamente sabía que era un farsante que ocultaba sus verdaderas motivaciones. El Demonio sonreía entonces ante lo vergonzoso de mi contradicción; esa deidad oscura hacía a un lado la carne para alimentarse de mi alma con su mirada implacable, al tiempo que, con una inteligencia y un odio infinitos, manipulaba perversamente ciertas leyes divinas para situarme a su lado y frente a Dios, haciéndome saborear (Él lo sabía) la voluptuosidad de tal enfrentamiento.

Durante un tiempo me mantuve en el umbral de este desafío, pero con los años fui cediendo ante la voluntad de Reagan y empecé a cuestionar el poder de Dios a través del cumplimiento de las herejías más deliciosas, arrogándome el derecho de despreciar a quienes se mantenían dentro de los límites de la moral. Más tarde, ya sin vergüenza ni culpa, me encaminé hacia el otro lado de la prohibición más estricta que un creyente debe respetar, la cual consiste en no poner en duda la existencia de Dios. A partir de entonces me dediqué a transgredir sistemáticamente las más graves leyes de los hombres consiguiendo eludir todo castigo, y puedo asegurar que hay un gran poder en ello.

Aunque imagino que muchos adjudicarán mi comportamiento a razones psicológicas independientes de mi relación con Reagan, yo no puedo concebir mi vida sin su tarea iniciática: ella fue, es y será para mí el símbolo de la verdad tras la puerta, en tanto me condujo a la liberación de las barreras estéticas, lógicas y éticas.

Sin embargo, algo no termino de entender del camino hacia la libertad: al invalidar la idea de Dios por fuerza tuve que hacerlo también con la idea del Mal tal como la concebía cuando era un niño aterrado por el Demonio; pero a veces, por las noches, cuando decido observarme fijamente a los ojos, si pienso en todo el sufrimiento que he dispensado, siento el mismo escalofrío que sentía de pequeño frente a la terrible mirada Reagan.

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El Exorcista (The Exorcist, 1973) | William Friedkin

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