La película prohibida
Memoria de una noche
Por Paula Carruega
Recuerdo aquella noche como un sueño cercano. Era verano, se escuchaban los grillos cantar afuera, y estábamos por cenar con mis padres y mi hermana.
Por aquel entonces tenía unos diez años y empezaba a indagar en el cine con cierto criterio propio. Era una niña flaca, casi raquítica, y mis padres le echaban la culpa —tanto por mi profunda delgadez como por mi desobediencia a la hora de comer— al cine post cena. Por eso, de buena manera, me “obligaban” a alimentarme. Tenían miedo a que me debilitara. Los padres y sus miedos…
Pero a mí no me importaba, me sentía bien y saludable, y solo quería mirar películas en la vieja TV, eso siempre y cuando anduviera el reproductor VHS, caso contrario teníamos que limpiarle el cabezal con un hisopo con alcohol para que funcione. Debajo de la mesa, mi eterno y gran amigo Dixy, mi perro, que aún hoy me acompaña y está grabado en mi piel (literalmente), con el cual compartía la comida para “terminar rápido” y así poder ver la película elegida para cada ocasión.
Esa noche mis padres habían estado debatiendo durante la cena si podría o no ver “esa” película. Por las dudas devoré “casi” toda la comida, el plato quedó vacío y El Dixy contento una vez más. Después de un gran debate familiar llegó el postre —esa parte me gustaba, por lo general era helado (aún puedo recordar aquel sabor de pote comprado en el supermercado, ¡me encantaba!)— y luego la definición: «Paula se va a dormir y Norali (mi hermana mayor) puede ver la película». Mi pecho se cerró. Desconsolada y avergonzada por sentirme pequeña en un mundo de adultos, subí a mi cuarto llorando. Recuerdo el peso emocional de esos siete escalones hasta el descanso de la escalera y los otros siete escalones más hasta llegar al primer piso donde se encontraba mi habitación. Subía lentamente, y cada dos o tres escalones lloraba más fuerte para ver si mi pesar los hacía sentir un poco culpables y me dejaban ver la película. Pero mi novela a lo Migré no funcionó y nada de lo que me propusiera los haría dar marcha atrás en su decisión. Frustrada, y con los ojos hinchados de tanto llanto, me acosté en la cama, buscando un plan en mi pequeña cabecita.
Recuerdo escuchar los movimientos en el piso de la planta baja: mi madre en la cocina preparando café, las sillas acomodándose, el sonido de las perillas de la luz apagarse, mi padre y mi hermana colocando el VHS en la videocasetera y buscando el canal adecuado para que funcione. Nos gustaba armar el “cine improvisado”, todo oscuro (¡siempre!) “para que se vea mejor”. Sintiendo los últimos movimientos caí en la cuenta que ya estaba por arrancar La noche de los lápices, “película fuerte para menores como Paula”, como decían mis padres. Nerviosa y adrenalínica salté de la cama, y aunque no veía nada, no quise encender el velador del cuarto para que nadie se diera cuenta que me estaba acercando. Sigilosa y muy despacio, me fui arrastrando hasta lograr quedar al pie de la escalera, ubicándome entre los barrales de madera… En realidad ubiqué solo mi cabeza que quedaba colgando hacia abajo y con un gran esfuerzo podía ver. No quería ni respirar, solo lo necesario.
No puedo describir con palabras certeras lo que me sucedió. Mi pecho latía fuertemente, con algunas escenas sentía escalofríos, y aunque no entendía muchas cosas desde un primer momento me puse del “lado de los buenos”, eso sí. Y lloré, lloré mucho, calladamente, inexpresivamente, con el alma contenida en la garganta y apretando los barrales de madera hechos por mi padre, pintados de un barniz brillante. De mis ojos caían lágrimas a borbotones y la madera estaba tibia por el sudor de mis manos. Lo viví muy interno, no podía expresarme libremente ya que mis padres se enojarían. Qué paradoja, ¿no? Los protagonistas de la película tampoco podían expresarse sin ser reprimidos y yo me sentía ellos, percibía todo con un gran apego, los entendía a pesar de mi temprana edad, entendía todo por completo y en el cuerpo: me sentía mal, mareada, triste. Para cuando terminó la película estaba desecha. Abajo, mi madre lloraba, mi padre también, secando sus lágrimas con las servilletas de papel. Mi hermana lloraba con ruido. Ella si podía expresarse. Recuerdo a mi padre abrazándola y ella llorando en su pecho un buen rato. En ese momento sentí unas ganas locas de bajar las escaleras y sumarme a ellos también, pero no lo hice. Mi madre se paró y encendió la luz. Yo sin ser detectada volví a la cama y abracé muy fuerte a mi oso color verde agua. Esa película me marcó, me marcó por completo y para siempre.
Años después, por casualidad o causalidad, conocí a Pablo Díaz en persona, padrastro de un amigo de aquel entonces. Ese día que lo vi por primera vez quedé paralizada y lo primero que hice y sin decirle nada fue darle un fuerte abrazo. Él me correspondió y en ese momento sentí todo el peso de su pasado. Recuerdo a mi amigo sonreír en aquel momento y aunque nunca le expliqué nada creo que él entendió todo. Éramos niños aún, pero ya comprendíamos un poco más.
Volví a ver ese largometraje varias veces más, pude llorar, abrazar a mis padres y desahogarme.
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La noche de los lápices (1986) | Héctor Olivera