La película prohibida
Memoria Prohividea
Por Jonatan Schutz
Mil quinientos veintidós VHSs de inalterado género de terror, a tres metros de altura del suelo y a tres centímetros del cielo raso. Una estantería amurada, endeble y vencida al punto del colapso, ubicada en el centro de un monoambiente con más metraje vertical que horizontal, configuraban a esa colección como, si no la más inaccesible, la que más comprometía la integridad de la vida. ¿Cómo fue posible tal monstruosidad?
La década del ’80 vivió la apoteosis del cine de terror, un período donde las leyendas del género tenían vía libre para traer a este mundo imágenes provenientes de otros desconocidos, donde la muerte reinaba. Alejado de la vigilancia de mamá, temerosa de que esos materiales fuesen a transformar a su prístino y virginal niño en un psicópata sádico y sin corazón, viajaba a las tierras de mi abuelo, Banfield, en busca de la libertad. Allí, la frecuente visita al videoclub de la esquina, donde aparentemente solo correteaba entre las bateas, era concedida por el abuelo, tal vez porque gustaba que no conllevara gastos como toda otra salida con nietos. A espaldas de su confianza, mi inteligencia comenzó a desarrollarse. Cada vez que atravesaba la “región prohibida”, mi ritmo se ralentizaba, mi consciencia se encendía por completo y, jugando con el límite de la sospecha, toda mi atención hacía foco en intentar aprehender la mayor cantidad de imágenes de aquel sector: el de las bateas de “Cine de Terror”. Cada nueva vuelta me proporcionaba mayor detalle de las fascinantes creaciones de Dario Argento, John Carpenter, Tobe Hooper, Mario Bava, que, entre otros, se revelaban ante mí como posibles puertas de acceso a lo incognoscible. Poco tardé en descubrir el poder de la manipulación, llevando al abuelo a no tener otra alternativa para entretenerme que otorgarme el visionado de esas películas, desoyendo las advertencias del dueño del videoclub, y guardando total silencio ante mamá. Cada regreso a mi casa de Castelar me devolvía transformado, con nuevas imágenes e historias, que no habían sido vistas por otros niños de mi edad. En secreto total, pasaron ante mis ojos todas las sagas y remakes, europeas y norteamericanas, de fantasmas, demonios, zombis, monstruos, muñecos sanguinarios, animales enloquecidos, experimentos fuera de control, criaturas de la noche, serial killers, niños malditos, casas embrujadas, desde de tipo psicológico hasta del más brutal y explícito. Así comencé a vivir una vida paralela en permanente danza con lo sobrenatural, transitando mis actividades de niño como si fuera un semidiós que camina entre los hombres sin revelarse. Mi mente rebalsaba de tanto material, y corría el riesgo de filtrar algo que revelara mi nutrición imaginaria de terror. Necesitaba un espacio donde poder comunicar a totales desconocidos lo que había visto.
Fue el consultorio barrial de papá, reconocido neurólogo y alergista consagrado al servicio de gerontes, el lugar donde encontré a los depositarios de esas historias. Para no despertar sospechas sobre los temas que trataba en intimidad con los pacientes, quienes prestaban su atención por resignación ante las esperas de más de una hora, diseñé sorteos para lograr los estratégicos acercamientos. Dichos sorteos, de juguetes viejos que despreciaba, eran completamente manipulados por mí, a través de un mecanismo que me permitía hacer ganar a quien yo identificaba como fiel depositario de mis relatos. A esa altura, estaba totalmente corrompido. Fueron esas narraciones las que mantuvieron vivas en mí esas películas, permitiéndome desarrollar la capacidad de reproducir oralmente un número sorprendente. Fui creciendo y pude autoabastecerme de ellas en mi propio barrio. Ya no frecuenté más Banfield, y tampoco tuve la necesidad de seguir narrando a los abuelos de PAMI. Tras haber visto todo, pasé a repetir visionados de las que más me habían impactado, descubriendo para mi amargura que había perdido el rastro de una de ellas, quizá la más importante: La casa cercana al cementerio de Lucio Fulci. Ensayé en soledad narrarla, pero las imágenes que tanto me habían impactado se me escapaban de las manos del recuerdo. Desesperado porque me abandonara para siempre, comencé a buscarla. Sin encontrarla en los videoclubes de mi barrio ni en los de barrios linderos, regresé a Banfield. Tras cumplir con el mínimo de tiempo que demanda toda visita familiar, fui al videoclub con una excusa vaga que el abuelo no terminó de creer. Con prisa llegué, encontrando sus puertas y ventanas cerradas, y un espacio vacío con el pasto crecido donde supo ubicarse un bicicletero de hierro. Incrédulo frente a su fachada, descubrí que los posters que se exhibían permanentemente en las paredes exteriores no estaban más: quedaba solo cinta adhesiva con pedazos de posters arrancados sin cuidado. Allí tuvo inicio el trágico fin de los tiempos del VHS. Uno tras otro vi caer a los videoclubes, empezando una carrera a contrarreloj por anticiparme a sus cierres, para así rescatar algunas películas de la destrucción que la llegada del DVD prometía, ensalzando la bandera de la supremacía tecnológica. Salvé muchas, pero La casa cercana al cementerio no aparecía por ningún lado. Por alguna extraña razón, pocos eran los videoclubes que se convertían, tal vez por el sentimiento encontrado de prostitución ante el nuevo formato imperialista, más pensado para la compra que para el alquiler. Luego de un año, todos habían desaparecido. Nuevos locales con DVDs habían borrado de todos el recuerdo de la era del VHS. Los títulos eran ahora escasos y acotados a las novedades, solo pensados para la comercialización masiva, sin guardar gratitud alguna para con la historia del cine. ¿Pero dónde habían ido a parar los restos de los difuntos videoclubes?
Comencé a investigar, visitando ferias, shoppings de pulgas y puestos callejeros, mientras buceaba dentro de mí mismo intentando hacer emerger los recuerdos de las películas que aún me faltaban. Era justamente La casa cercana al cementerio la que más se resistía a ese proceso, por ser la que no había podido volver a ver, y el proceso del olvido se aceleraba cada vez más. Llegó el Internet Dial-Up y por ese medio descubrí los canales de compra y venta virtual. Una oferta intrascendente me llevó al corazón de Liniers. Caminando por sus calles, atestadas de puestos callejeros y marabuntas de personas, llegué a una marginada galería. Tras atravesar unas góndolas de insalubres snacks que bloqueaban la entrada, experimenté estar adentrándome en una cámara secreta de una edificación primigenia. Mi excitación era incontenible. Había encontrado el cementerio de todos los videoclubes del conurbano bonaerense. Como un estratega de la negociación, intenté guardar calma, evitando que el descorazonado sepulturero notara mi emoción. Con frialdad, mientras ponderaba las bondades del DVD, sin creerlas de modo alguno, fui comprando a precios bajos todo lo que podía transportar en tren por mis propios medios. En mi interior sentía la brutalidad de quien baila sobre los restos de una cultura muerta, pero me tranquilizaba el creerme un salvador de esos tesoros cinematográficos. Cada nueva visita me obligaba a revolver entre bateas y cajas, no indexadas por su dueño, con una voracidad de saqueador de riquezas. No podía evitar pensar que mi afán de niño me había llevado a adquirir las facetas más oscuras de la conducta adulta. Buscaba incansablemente en ese panteón, sin encontrar la película de Lucio Fulci. Mis ahorros se agotaban al mismo ritmo que mi habitación perdía metrajes de acceso. Gracias a un primo que trabajaba en Buena Vista Internacional, tuve la virtuosa visión de revender por Internet DVDs nuevos y originales de Disney, para con ese dinero comprar VHSs manoseados y agónicos de las ya quebradas Gativideo, Transmundo, Vestron, Transeuropa, entre otras. Por ese entonces, en mi economía de cambio, un Mulán o un Bichos equivalía a cuatro joyas de terror de las más codiciadas. Pero tras a un año entero, en los que mi colección se había extendido hasta los subgéneros más raros, dominando ya el mercado del e-commerce del DVD, y habiendo revisado todos los rincones de los depósitos de VHSs olvidados, La casa cercana al cementerio no apareció. El mote que yo mismo me había creado, “el rey del VHS de terror”, no me correspondía sin esa obra. Llegué incluso a preguntarme si esa película realmente existía. Resignado a encontrarla, solo me quedaba reproducir en mi pantalla mental las borrosas imágenes que de ella me quedaban, y fue el miedo a perderla por completo el que me llevó a volver a narrarla reconstruyéndola con mi imaginación. Múltiples personas recibían fascinados aquel relato, pero cada nueva repetición, me impedía reconocer cuán fidedigno era a la película original.
Sobre una manta bajo el sol de febrero en un parque, cuando ya no la buscaba, apareció. Tenía en mis manos ese VHS tan ansiado. Fue allí que experimenté un terror semejante a la primera vez que la vi, pero era este un terror por estar privado de lo que sentí al verla de niño, pero que sí seguía experimentando cada vez que narraba su historia.
Hoy ella duerme en el rincón más inaccesible de un monoambiente, pero vive en el espacio más caro de mi recuerdo.
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La casa cercana al cementerio (Quella villa accanto al cimitero, 1981) | Lucio Fulci