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Mi primera película

Mi infancia cinematográfica /// Felipe Fernández

Mi primera película
Mi infancia cinematográfica
Por Felipe Fernández

Una de las primeras películas que recuerdo haber visto en mi vida es Los hijos del capitán Grant (1962), en el cine de la iglesia del Socorro. Yo tenía seis años y sin duda lo que más me atrajo de esa historia de aventuras —basada en la novela de Julio Verne— fue la inglesa Hayley Mills (hija del actor John Mills), una rubia adolescente de la cual me seguí enamorando en Las diablillas del convento (1966). Eran productos Disney, buen entretenimiento para chicos. Más adelante descubrí por televisión que Hayley, más allá de su encanto natural, podía ser una excelente actriz. Así lo había probado a los trece años en La bahía del tigre.

De esos primeros filmes —hablamos de la década de 1960— conservo una inmensa sensación de color casi psicodélica, un color distinto al de las películas actuales, que para mí era una de las señales de haber entrado a otra dimensión muy diferente a la de la vida cotidiana.

Muchas escenas me conmovieron por diversos motivos y quedaron para siempre dentro de mí: La póstuma cabalgata de Charlton Heston en El Cid (1961) —quizá vista en Mar del Plata con un intermedio de papas fritas y huevos fritos— o el instante en que el crucificado Kirk Douglas se despide de su esposa y su pequeño hijo en Espartaco (1960). ¿Así que los héroes también podían morir? Entonces, ¿cuál era el verdadero significado de la victoria y la derrota?

Los westerns me mostraron el protagonismo de los enormes espacios abiertos, la metáfora de la libertad en una cabalgata hasta el horizonte y me enseñaron —a través del microcosmos de sus pueblos— un sentido elemental de los dilemas de la justicia: la relación entre poder y corrupción; la tentación siempre presente del linchamiento; y el enfrentamiento entre la ética individual y los intereses colectivos.

La televisión —reservo para otra ocasión la celebración de las viejas series y de los viejos dibujos animados— resultó fundamental en la formación de mis gustos cinematográficos. Como muchos de mi generación, tuve el privilegio de gozar de los Sábados de Superacción. Desde el mediodía hasta la noche ese programa ofrecía una catarata de películas de todos los géneros y de distintas épocas. Desde lo más bizarro (por ejemplo, una de Maciste en la que el forzudo griego llega al Perú de los incas) hasta clásicos como El ciudadano (me sigue disgustando la voz en off, pero siempre admiré la delicada revelación final, sin necesidad de palabras habladas, de que Rosebud era el nombre del trineo) o Psicosis (que empieza como una historia amorosa, sigue como un policial y termina siendo una de terror). Del cine argentino me atraían los filmes de Luis Sandrini y hay uno en especial que sigo considerando una obra maestra: El hombre que hizo el milagro, que sin salir de sus cánones costumbristas ofrece una mirada pesimista sobre la condición humana.

En ese feliz eclecticismo el cine me conquistó sin intermediarios pedagógicos, intelectuales o académicos. Esas matinés sabatinas me permitieron conocer a directores como el inclasificable Roger Corman a través de El hombre de los ojos de Rayos X, una perturbadora película clase B que me mostró los peligros de la búsqueda de lo absoluto y cuyo protagonista, Ray Milland, volvería a impresionarme en Días sin huella, esta vez dirigido por el multifacético Billy Wilder. Mucho tiempo después me enteraría de que Wilder también había dirigido otras joyas que descubrí en sesiones de Sábados de Superacción, como Una Eva y dos Adanes, Testigo de cargo y La comezón del séptimo año. Porque claro, para mí en esos años de tabla rasa no había nombres ni estilos ni escuelas ni cronologías: solamente había un mundo de imágenes.

De la iniciación romántica con Hayley Mills pasé al erotismo glamoroso de las divas de Hollywood que se fijaron en mi cerebro y en mis gónadas asociadas —con cierto fetichismo— a determinadas películas. La Rita Hayworth de Gilda, la Ava Gardner de Mogambo, la Elizabeth Taylor de Una mujer marcada, la Susan Hayward de Mañana lloraré, la Katharine Hepburn de La adorable revoltosa o la Kim Novak de Servidumbre humana. La lista es demasiado larga para completarla.

Mi identificación con héroes masculinos no se limita necesariamente a determinadas películas y evoca tres nombres: Glenn Ford, Tyrone Power y Paul Newman. Glenn (un actor muy versátil) siempre me cayó simpático desde su cachetada a Rita. De Tyrone Power debo mencionar El filo de la navaja (al igual que Servidumbre humana, me sirvió para introducirme en el territorio literario de Somerset Maughan) y El mar no perdona. En mi memoria suelen mezclarse fragmentos de estas obras con otras dos afines: la mística Horizontes perdidos, y Ocho a la deriva, otra de naufragio, dirigida por Hitchcock.

A Paul Newman (otro tipo simpático que pidió perdón por su actuación en El cáliz de plata) siempre lo recordaré comiendo cincuenta huevos duros en una hora, en el presidio de La leyenda del indomable. Para mí es uno de los momentos inmortales del cine. Debo haber visto por primera vez a Newman en El estigma del arroyo, una de boxeadores con final feliz. Todo lo contrario de Réquiem para un boxeador, en la cual me dolió ver al poderoso Anthony Quinn asumir la decadencia de un peso pesado que acaba como luchador de catch y en la humillante escena final sale disfrazado de indio, resignado a cumplir su papel de bufón.

Quisiera terminar un poco abruptamente esta recolección dispersa sobre mi infancia cinematográfica con 2001: Odisea del espacio. Mis padres me llevaron a verla a los doce años a un cine que tenía una pantalla tan grande como el cosmos. Por supuesto no entendí de qué se trataba el argumento y tampoco me ayudó leer la interpretación de un crítico impresa en el programa (leería el libro de Arthur C. Clarke mucho más adelante). Sin embargo, quedé fascinado por esa sucesión de imágenes maravillosas que sintetizaban -mediante un misterioso monolito y un hueso lanzado al aire que se convertía en astronave- la evolución del ser humano desde sus antepasados antropoides hasta la conquista del espacio y los contactos con una civilización extraterrestre. Quizá entonces me di cuenta, de manera instintiva, de que el cine -así como la música combina notas o la poesía entrelaza palabras- era esencialmente el arte de ensamblar imágenes. Ellas van dictando su propia lógica a través de secuencias. Crean una alquimia para los ojos que reduce el significado racional de lo que contemplamos a una cuestión secundaria y nos transforma en rendidos voyeurs o en visionarios en trance.

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Los hijos del capitán Grant (In Search of the Castaways, 1962) | Robert Stevenson

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