La película prohibida
Mi película prohibida
Por Dieguillo Fernández
La puerta de la casa de Leyvita era fría y pesada, y se cerraba con un ruido sucio. Pasaron todos antes que yo, con Leyvita a la cabeza. Los vi alejarse por el pasillo.
— Dale boludo— gritó el gordo Ariel.
Yo estaba mirando de reojo como el sol de la calle desaparecía ante mi vista. Clank. Puerta cerrada. Si bien el vidrio texturado de la puerta dejaba pasar la luz, ya la casa de Leyvita había cobrado su color habitual, verdoso.
El pasillo desembocaba en un patio interno al que daban todas las habitaciones, y en el que había una “Pelopincho” tapada con una funda de auto verde oscuro. Todos rodeaban la pileta.
— ¿Y el conejo Pipo?— preguntó el gordo Ariel. Leyvita no le respondió al gordo pero me miró fijo a mí.
— ¿Alguna vez te acostaste en una cama de agua?— me dijo Leyvita, escupiendo un poco entre las prominentes paletas que había heredado de su madre. “Parece mentira que con esas paletas esta mina chupe tan bien la pija…”, había escuchado una vez al pasar por la pizzería que estaba en la esquina de su casa.
— No nunca— contesté intentando espantar la boca de la Sra. Leyva de mi mente.
— Fijate, probá…— insistió Leyvita.
La propuesta me pareció una idiotez; ni en pedo me acostaba vestido arriba de esa funda… y además era pleno invierno. Pero para el flaco Piano parece que fue un ofertón, ya que se metió sin dudarlo y con muy poca delicadeza. Por un instante flotó como en una nube, y todos sentimos dos segundos de envidia hasta que la funda cedió, y el flaco Piano se sumergió entero, envuelto en la lona monstruo marino que lo arrastraba a las profundidades del verdín de la “Pelopincho”. En la pequeña cocina comedor todos estábamos sentado alrededor de la mesa observando en silencio un póster que estaba colgado en una de las paredes. Cientos de marcianitos dibujados, en un caricaturesco espacio exterior, se cogían de diversas formas a mujeres terrícolas de piernas carnosas y pelos y pechos al aire. “¿Qué hacía ese póster en el comedor de la casa familiar?”, me pregunté.
— Miren esto— dijo el flaco Piano, y nos trajo del espacio exterior a la Tierra, a la velocidad del VHS negro que agitaba en su mano.
Piano estaba vestido con ropa de Leyvita, que era notablemente más pequeño que él. Risas. Leyvita le sacó el VHS de la mano.
— Me dijo que es una porno… — dijo el flaco señalando al petiso que sonreía provocador. — ¿Quieren verla? Todos mirábamos la videocasetera inmóviles, sentados en la cama de los padres de Leyvita. Acolchado Palette verde agua, con los flequitos un poco gastados, y un olor que me hacía recordar la boca de la mamá de Leyvita. Me olí la mano. En mi casa nunca había entrado solo a la pieza de mis papás, con acolchado Palette turquesa. Salvo el flaco Piano, nadie tenía una videocasetera. Vimos como las manitas de Leyvita insertaban la caja negra de plástico en la ranura del aparato, que se tragaba lentamente el cassette… Todos seguíamos mirando la videocasetera como si de allí fueran a salir las imágenes. Leyvita prendió el televisor. Colooooor. Todos giramos el cuello al unísono hacia la pantalla curva. Rayas y… Un hombre muy parecido a Christopher Reeve mirándonos y hablándonos en inglés. Ninguno sabía inglés. El hombre presentaba a una mujer rubia, que no se parecía a Margot Kidder, y que nos saludaba con la mano y una sonrisa jovial… ella también hablaba en inglés. El hombre muy parecido a Christopher Reeve explicaba algo con tono didáctico, mientras la mujer sonreía y asentía, y comenzaba a quitarse la ropa sin ningún pudor ni reparo. Christopher se bajó el pantalón. No tenía calzoncillos, pero si una lampiña pija enorme y dura. Ella explicó algo, se arrodilló frente a Christopher y lo tomó de las rodillas.
— ¿Y el conejo Pipo?— preguntó el gordo Ariel.
Todos miramos al gordo. Leyvita presionó un botón de un control remoto lleno de botones. Pausa. La imagen de la mujer rubia que no se parecía a Margot Kidder se congeló con los ojos muy abiertos.
— Está en la heladera— dijo, ante la mirada desconcertada de todos. Volvimos a la cocina comedor. Parados frente a la heladera vimos como Leyvita tiraba de la bocha que remataba la manija. Siempre pensé que se trataba de una pelotita de golf, o de la nariz de un payaso de marfil. Una luz amarillenta comenzó a salir de la heladera. Miré por sobre mi hombro para asegurarme que la mujer de la videocasetera siguiese allí, pero ya no podía ver la habitación desde donde estaba. Leyvita terminó de abrir la puerta. Dentro, sobre una bandeja de loza, entre papas y cebollas al horno, descansaban los restos asados y medio comidos del conejo Pipo.
Desde la pared, decenas de marcianitos dibujados seguían cogiéndose a voluminosas mujeres terrícolas.
“¿Qué hacía ese póster ahí, en el comedor de una casa familiar?”. Lo pienso hasta hoy… y no lo puedo responder.
Ese, y algunos otros pocos interrogantes, me han mantenido vivo durante los últimos treinta años. Más vivo que el conejo Pipo. Más vivo que Christopher Reeve. Más vivo que Leyvita, que se quitó la vida hace unos años, tal vez por no tener interrogantes que responder.