La película prohibida

Mi película prohibida /// Graciela C. Sarti

La película prohibida
Mi película prohibida
Por Graciela C. Sarti

Hablar de, o elegir una película prohibida, en la Argentina debería ser tarea sencilla. Si no se tienen pocos años, y con nuestra historia a cuestas, para cualquiera resulta cantado recordar que alguna vez, en lo que María Elena Walsh había llamado “el país jardín de infantes”, no solo se prohibieron películas como Novecento y La hora de los hornos, sino que también hubo quien se cruzaba a Montevideo para poder ver Último tango en París. Queda vivo en la memoria que, cuando finalmente pudimos ver algunos de estos films, nos resultaba extraño encontrar tan jóvenes a los protagonistas. A esas prohibiciones que nos impusieron a todos, se sumaban las que dictaban la moral de los mayores, los pruritos intelectuales, las restricciones por edad, y un largo suma y sigue. Sin embargo, a veces, el anatema cayó también, de modo errático, sobre films inimaginables.

Eran de nuestras primeras vacaciones, en un modesto balneario del sur de la provincia de Buenos Aires. Se había formado un grupito de adolescentes, de entre 14 y 17 años, que armaba bailes y salidas prácticamente todos los días. Naturalmente, uno de los planes consistió en ir a la vecina Necochea a ver una película recién estrenada. Y allí, como un rayo, cayó la prohibición: por alguna razón que aun no entiendo, nuestro padre —que, por lo demás, es hombre tranquilo y bueno como el pan—, decidió que sus hijas no podríamos ir, que la película no era apta para sus tiernas mentes. ¿Se trataba acaso de Garganta profunda, Saló, o alguna otra realización de alto voltaje? Pues no. La película en cuestión era Bananas, de Woody Allen. Sí, Bananas, solo y nada más que Bananas. Y allí nos quedamos, después de mucho discutir, y derrotadas como unas paparulas, viendo como todos se iban y volvían divertidísimos. Lo curioso es que, a poco, papá también FUE A VERLA, y volvió encantado, pero absolutamente refrendado en su opinión. ¿Los motivos? Aun los ignoro.

Pasó el tiempo y me dediqué al cine. En parte, supongo, por el hambre de cine que me habitó la infancia: éramos familia numerosa; los problemas muchos y el dinero escaso hacían de la salida al cine un evento contado y memorable. En conclusión, mis actores eran los que se podían ver en la tele, en películas ya viejas —conocía muy bien a James Stewart, Bette Davis o Henry Fonda, pero no había visto nada con Steve Mc Queen, Robert Redford o Jane Fonda—. Se compraba, sí, el diario, y a través de las críticas podía seguir las películas que deseaba ver y con las que, de uno u otro modo fui cerrando la cuenta a lo largo de los años. Desarrollé también el gusto o la manía de juntar películas. Y creo calificar como admiradora de Woody Allen: he visto la mayoría de sus films como debe ser, en el cine, además de coleccionar sus películas, tanto las taquilleras como las más flojas. Y si compré o conseguí tanto La última noche de Boris Grushenko como Comedia sexual en una noche de verano, pues claro que también compré la película prohibida de aquel verano. En casa hace rato que todos la vieron. Yo, no. “Dejá, mirala vos, yo ahora estoy ocupada.” ¿Será que más allá de blasonar por varias décadas que “tengo en mi haber tanto o más terapia que Woody Allen”, quedó allí un punto oscuro sin resolver? ¿Aún pesa el mandato? ¿O acaso temo al envejecimiento de algo que en su momento deseé mucho y que hoy podría decepcionarme? Pues aún no lo sé.

Desde su caja, un Woody Allen ridículamente barbudo me pide que le levante la prohibición que le enchufaron hace ya cuarenta años. A lo mejor, un día de estos me decido…

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Bananas (1971) | Woody Allen

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