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Mi primera película

Mi próxima primera película /// Jorge Grassi

Mi primera película
Mi próxima primera película
Por Jorge Grassi

A los 55 años, afirmar cual fue la primera película que vi, me resulta temerario o al menos imprudente. Lo que sí sé, es que el cine siempre estuvo ahí, acompañándome mientras crezco.

Entre los recuerdos de la infancia en Isla Vede (un pueblo del sur de la provincia de Córdoba), se encuentra el Cine Real, hoy desaparecido. Las matinés domingueras de dos películas se anunciaban con sirenas, tipo la de los bomberos. La primera película se iniciaba al silenciarse la tercera y la mayoría de las veces tenía que ganarme las monedas de la entrada lustrándole los zapatos a mi abuelo, que en la última sirena me entregaba la recompensa. Eran 15 cuadras que me separaban del cine y que batía en tiempo récord de carrera para no ver la película empezada. El doble programa estaba separado por un intervalo, lo que para mí era toda una declaración de independencia y travesura: en el bar del Cine Real nos vendían naranja Crush, con la peculiaridad que completaban el cuello de la botella con fernet. Parece una sosera, pero tenía 8 años.

Con la adolescencia, mis hormonas se convulsionaban los miércoles por la noche. Era el día de la semana que pasaban las películas de la Coca Sarli y uno de esos días nos sorprendió Barbarilla. ¡Cómo envidié a aquél ángel ciego! Luego, en la juventud, envidié a Roger Vadim, su director, que tuvo por esposas a las mujeres de la pantalla más deseadas de la época: Brigitte Bardot, Catherine Deneuve y Jane Fonda.

En Buenos Aires, el primer recuerdo es el Cine Ópera. Seguro que no fue la primera sala a la que fui, pero sí la que más me impactó, no sólo porque parecía que uno entraba a un anfiteatro al aire libre rodeado de edificios con balcones… No recuerdo que película era, pero estábamos ubicados bastante atrás, hasta que mi padre me dice “andá adelante y mirá el techo”. Fui. Me sorprendió un cielo de estrellas titilantes, tan reales que hasta recuerdo nubes pasando.

Debe haber sido por 1976, porque la película venía siendo censurada. Se anuncia el estreno en el Ópera de La naranja mecánica de Stanley Kubrick, así que allá fuimos, mi hermana y yo, pero al llegar a la sala, nuevamente la censuraron y daban en su lugar Un hombre de suerte, también con Malcolm McDowell y dirigida por Lindsay Anderson. Tal vez por la forma surrealista de crítica al poder la censura la dejó pasar sin darse cuenta.

En los difíciles ‘70 / ‘80, con un grupo de amigos alquilamos una casa en la que nos reuníamos para realizar diferentes actividades. Algunos hacíamos fotografía, otros escultura, se enseñaban artes marciales, realizábamos peñas folclóricas para solventar los gastos de la casa, y uno del grupo había creado un espacio de cine debate. No sé de donde había conseguido el proyector de 16mm. La cosa es que ahí descubrí El acorazado Potemkin y con esa pieza descubrí que había otro cine, desconocido para mí. Desde ese momento cambió mi relación con el cine.

El cine es una máquina del tiempo, que espera y nos acompaña hasta que estemos listos para comprenderlo, disfrutarlo, vivirlo y revivirlo, que siempre nos arroja hacia el futuro, aunque no lo sepamos, por eso sigo esperando siempre la próxima primera película de mi vida.

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Lujuria tropical (1963) | Armando Bo

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