Nuestra última película
Mi última película con el Aconcagua
Por Julieta Ledesma
Mi pie derecho marcaba un sonido impaciente contra el adoquín de la esquina esperando la luz verde del semáforo. Los vellos de las pantorrillas se volvían dorados bajo ese sol raso del verano interminable. Mediaba mayo y el calor era agobiante como en pleno enero. Llevaba puesto el solerito de broderí verde agua que me había cosido mi mamá finalizando la primavera. Todavía lucía como nuevo. Por los hombros me colgaba una cartera de hilo tejida a mano, que había sacado a escondidas del placar de mi hermana. Ese verano fue el más largo de los que recuerdo, no sé si duró hasta junio, o algo así. Mis zapatos eran de cuero, de cuero de verdad. Lo aclaro porque había algunos que simulaban cuero, pero eran claramente de plástico. Éstos no, eran de cuero marrón, tenían una hebilla dorada en un costado y un tacón de dos centímetros, aunque reconozco debería haber esperado que baje un poco la temperatura para usarlos porque eran zapatos cerrados, de invierno, y me hacían doler un poco a los costados, más que nada el dedo chiquito del pie derecho. —Hasta que se ablande el cuero —me dijo mi hermana Belén (la dueña de la cartera), que entendía de zapatos de mujer porque ella es tres años mayor que yo, y ya acumulaba varios pares. La salida con mis primeros zapatos de tacos estaba programada desde antes de comprarlos.
Todas las tardes, al regresar del colegio con mi amiga Luli, mirábamos a través de las ventanillas del colectivo para ver la cartelera de películas que se exhibían en las puertas vidriadas del Cine Aconcagua. La pasada era fugaz. En una vuelta nos pareció ver en un afiche la imagen de Arnold Schwarzenegger arriba de una motocicleta. Pero no estábamos seguras. Por ese entonces, nosotras ya teníamos once años y nuestros respectivos padres nos habían permitido hacer algunas salidas de niñas solas. Es decir, sin mayores responsables. “Salida de grandes”.
Arreglamos para ir al cine con ella, pero un día antes del gran acontecimiento Luli se peleó con su madre Filomena, una mujer a la que rápidamente le subía la tanada, dejándola presa por varios fines de semanas dentro de la casa. A pesar de que en un primer momento el plan pareció frustrarse, yo sentí que me debía esa salida. Había estado más de medio año, con la revistita de acá para allá, vendiendo productos de Avon a todas las vecinas de la cuadra con el objetivo de comprar los zapatos y estrenarlos en esa salida al cine. La decisión no podía echarse atrás. Sabía que contaba con la fuerza de una heroína de cuento para llegar al final del asunto.
Esa tarde de domingo, salí de mi casa alrededor de las tres. El barrio ferroviario estaba completamente dormido, al igual que el borracho Luna, que estaba derrumbado en la esquina bajo el rayo del sol, al lado del viejo mástil que tenía izada una bandera tan sucia que no se podía distinguir a que país pertenecía. Siempre supuse que era la nuestra. Caminé por la calle de tierra del callejón que me conducía directo a la avenida General Paz. Por ese entonces no la habían ensanchado y tenía cuatro carriles menos. Al costado de la avenida estaba lo que llamaban el caminito de la muerte. Era un sinuoso camino en pendiente lleno de pinos con una zanja en el medio. Se rumoreaba que varios niños que desafiaron el recorrido con sus bicicletas habían muerto al intentar atravesarlo. Una especie de frontera hostil que los bonaerenses tenían que superar si querían cruzar hacia el otro lado, y viceversa. Me detuve frente a la zanja. Cerré los ojos para tomar coraje y salté por encima del vacío. Crucé el camino de la muerte con éxito: ya estaba en la capital, más precisamente en el barrio de Villa Devoto.
El semáforo se puso en verde. Atravesé la senda peatonal de la avenida Mosconi con cierta dificultad, los tacos se me hundían en el asfalto derretido a causa de las invencibles temperaturas. Posé mi mano por encima de la frente haciendo una visera que ocultara mi mirada del sol para poder observar la construcción imponente del Cine Aconcagua, ubicado avenida Mosconi, entre Campana y Lavallol, en Villa Pueyrredón. Creo que el nombre le venía muy bien: el edificio medía más o menos lo mismo que aquella montaña que figuraba en el manual de geografía de quinto grado, lo que le faltaba para ser casi idéntico era un poco de hielo en la punta, pero con este calor esa idea era imposible, quizás en el próximo invierno.
Entré al hall del cine, una brisa repentina de aire frío cristalizó el sudor de mi cuerpo generándome un alivio impensado. Respiré profundamente. Me anclé en la mitad de la inmensa sala esperando ver a algún trabajador que acudiera a atenderme. Aplaudí con entusiasmo como si estuviera en la puerta de la casa de mi tía Angelita. El sonido retumbaba en las paredes con el eco característico de una gran montaña. Nadie apareció. Me imaginé por un breve instante que el boletero quizás estaba descansando detrás del mostrador. Caminé lentamente hasta la ventanilla dejando una huella de alquitrán que imprimían mis tacos en el mármol resplandeciente del hall central. Por detrás, apareció un hombre mayor de contextura encorvada y ojos apagados, llevaba en la mano una linterna. —Ayer lo echaron —me dijo con una voz lúgubre y entrecortada que no parecía salir de esos achicharrados pulmones. Nos miramos en una pausa doble. Encendió su linterna y me guió hacia la sala. Antes de entrar deslizó su mano al bolsillo interno del saco y me dio una pequeña bolsa de garrapiñadas. —Es una de esas de acción —me dijo. Sentí que mis tacos se aferraban a la alfombra de la sala con profundas raíces. No había ni un alma en el lugar. Todo era sombrío como si fuese una profunda caverna. Seguí a paso timorato el pequeño haz de luz de la linterna de aquél viejo acomodador que me guiaba. Acostumbro a reír cuando me pongo nerviosa, se me ponen los cachetes colorados, se me quiebra la voz y un ensordecedor grito deambula por las paredes de mi estómago hasta largar una carcajada o un aullido. En esa ocasión me salió un aullido que detuvo el caminar del anciano frente a la décima fila. —No te asustes —esbozó con dulzura. Me tomó amorosamente por los hombros y me pidió que dejase siete lugares vacíos para sentarme en lo que él llamó “el lugar privilegiado”. El acomodador desapareció en la oscuridad. Y yo quedé completamente sola sentada en la sala.
De un estallido se encendió el proyector que iluminó la pantalla. Abrí el paquete de celofán de las garrapiñadas y comencé a devorar una tras otra. Imágenes espectaculares de cráneos y de destrucción se desplegaron bajo el relato de una voz femenina que hablaba de una guerra en el futuro entre el hombre y la máquina. Desde el futuro enviaban a dos máquinas para exterminar a John Connor, un niño que luego sería el líder de la resistencia humana. Recuerdo haber visto en esa película la mejor secuencia de persecución de todos los tiempos. Las escenas eran grandilocuentes y espectaculares. Yo estaba sumergida en las aguas de esa historia hasta que, sin previo aviso, un poderoso dolor bajo mi vientre se apoderó de mí alejándome de la fantasía por completo. Solté el paquete de garrapiñadas y me levanté mansamente del asiento mientras que con las manos acarameladas me iba agarrando de los respaldares hasta lograr salir de la sala.
Abruptamente entré a los pequeños compartimentos del baño, bajé mi bombacha rosa navideña con premura y vislumbré en un instante lo que me estaba ocurriendo.
Avergonzada, luego de media hora, salí del pequeño cuarto de baño. Me arrimé nuevamente a la puerta de la sala, pero la caverna estaba más oscura que nunca. Seguramente el viejo acomodador al ver la sala vacía había decidido suspender la función. El silencio era casi mortuorio. Y yo había sido la responsable de que la historia no llegase a su fin. Me retiré en puntas de pie por el hall central hasta la puerta de salida. Al cruzar el umbral el sol golpeó contra mi rostro hasta cegarme.
Al día siguiente el cielo estaba completamente gris, habían anunciado en el noticiero de la mañana que iba a haber tormentas eléctricas y posibles inundaciones en la ciudad. Ese lunes, volviendo de la escuela, el tránsito estaba demorado, parecía que un ciclista había terminado debajo de un camión, o algo por el estilo. Repentinamente, mi amiga Luli me pegó un codazo en las costillas y me dirigió la mirada hacia la ventanilla. Del otro lado de la avenida observé perpleja la trinchera de barrotes de madera que cubrían y clausuraban las entradas de nuestro Cine Aconcagua. El colectivo arrancó salvajemente largando una bocanada de humo negro. Ambas nos quedamos mirando hacia atrás en silencio. Era el preludio de un largo invierno.
//////////////////////
Terminator 2: Juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991) | James Cameron

























