Mi primera película

Miau, miau, miau, michi, michi, miau /// Laura Perelli

Mi primera película
Miau, miau, miau, michi, michi, miau
Por Laura Perelli

Oscuridad. Una nena, una nena muy chiquita, está sentada. Su maraña rizada se mueve cuando mira a un señor muchísimo más grande sentado a su lado izquierdo. El señor sólo mira hacia el frente ignorándola, la nena intenta acercarse disimuladamente y vuelve su vista hacia la luz. Hay mucha, pero mucha luz. La nena aferrada a su grandísimo asiento que la abraza fuertemente comienza a recorrer con la mirada el mar de personas que se encuentran a su alrededor. Todos la ignoran y sólo miran hacia el frente. La nena entiende.

Intentando sortear la cabeza del que está adelante se acomoda en su asiento arriba de su enrollada ropa, que ahora usa de almohadón y manta. Se tapa. El señor la mira y le sonríe. Le acaricia los rulos que tardan en dejar de moverse. La nena fascinada mira hacia el frente por un buen rato, sin distraerse.

Agua, mucha agua, corre, corre hacia el abismo y cae, cae con mucha violencia.

Un gato, juguetea a la orilla de un río. La nena con sus piernas estiradas en el asiento comienza a balancearlas hacia arriba y abajo, pero sólo sus pies que están en el aire se percatan del movimiento, por momentos sonríe y señala hacia el frente.

Mucho ruido, un doloroso ruido, la nena se tapa los oídos. El gato cae al agua e intenta que la corriente no lo venza. La nena se tapa hasta la nariz, deja de mover sus piernas y las encoge. El agua brutalmente arrastra y arrasa.

El señor de al lado toma la mano de la nena. Ella la aprieta fuertemente. Por momentos cierra sus ojos apretándolos pero al volver a abrirlos todo es peor, más agua, mucha más agua, menos raíz y muchos más maullidos. El agua es cada vez más pesada en su caída. El ruido es cada vez más fuerte. La nena suelta la mano del señor y se tapa los ojos con sus manos, pero con la suficiente disponibilidad para que entre sus dedos quede la distancia mínima necesaria, como quien mira por una rendija. Todavía logra ver cómo el gato ahora es agua.

Silencio. Oscuridad. Silencio. Maullidos.

La nena baja sus manos, sus ojos están desorbitados y esperanzados. Pero el agua, el agua traspasa la pantalla y ahora es llanto, llanto acongojado que ni un abrazo del señor de al lado consuela. La nena ya no ve ni escucha, sólo aprieta a su padre que la tiene en su pecho, ella sólo llora, llora tanto que se moja y lo moja. Llora tanto que ni las palabras de su padre la consuelan, llora tanto que ni la luz del día, ni el movimiento vivo de la Av. Corrientes, ni los halagos a su rizos, ni las garrapiñadas son capaces de consolar. Llanto que hasta el día de hoy duele, llanto que limpia la memoria y crea la historia. Llanto que protege y oculta. Llanto.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil