Aquella película contigo
Morbo Pasolini en la Lugones
Por Paulo Pécora
Tarde noche en Buenos Aires, allá lejos y hace tiempo, cuando algunas cosas todavía lograban sorprenderme. Sala Leopoldo Lugones. Treinta personas, o quizás menos. Oscuridad total durante la última función de Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. Tensa espera, cierta incomodidad flotando en el ambiente. Total ingenuidad de mi parte y del amigo que me acompañaba.
Estudiábamos cine y la obra de Pasolini se nos presentaba como un completo misterio, un enigma que creíamos que esa noche íbamos por fin a develar. Pero aún hoy, después de tantos años, el misterio —al menos para mí— sigue siendo tan hondo como en aquella oportunidad.
Silencio en la sala, la función está por comenzar. Nadie se mueve, nadie respira. Todos concentrados en los primeros haces de luz que se imprimen en la pantalla, donde leemos por primera vez la breve frase que da inicio y contextualiza a la película: “1944-45. Norte de Italia, durante la invasión nazi fascista”.
Algunos primeros movimientos ansiosos detrás de nosotros, a escasas cinco butacas, anuncian sin sospecharlo lo que está por llegar. Las primeras escenas del “Anteinfierno” muestran la creación de la república de Saló bajo el lema “Todo es bueno cuando es excesivo”; grupos armados secuestran jóvenes por la calle, impunemente, para que las autoridades hagan uso y abuso ilimitado de ellos. Los elegidos son nueve mujeres y ocho varones, sólo ocho, porque el noveno intentó escapar y lo ametrallaron.
Ya en el palacio, poco antes de ser conducidos a la Sala de Orgías donde “toda lascivia será permitida”, uno de los ministros les informa desde un palco, en tono ceremonial:
“Débiles criaturas encadenadas, destinadas a nuestro placer. Espero que no se hagan ilusiones de encontrar aquí la ridícula libertad concedida en el mundo exterior. Estáis fuera de los límites de toda legalidad. Nadie en la Tierra sabe que estáis aquí. Por lo que respecta al mundo, vosotros ya estáis muertos”.
La frase parece activar un mecanismo secreto en algunas personas que nos acompañan en la proyección. Es como si abriera una puerta en su inconsciente, como si un enorme candado se rompiera y todo su morbo escondido quedara en libertad. De repente, una risotada perversa irrumpe en la sala desde el fondo, justo cuando uno de los ministros sodomiza y tortura a un adolescente.
Algo inesperado y molesto ocurre algunos asientos más adelante. El ruido incesante de una mano que manipula algo dentro de una bolsa de plástico. “Que deje de una vez de comer caramelos, queremos ver la película”, le digo a mi amigo. Pero el “chuik, chuik” del plástico continúa durante unos larguísimos cinco minutos, mientras las imágenes de sadismo, coprofagia y tortura se suceden frente a nosotros.
Siento que estamos rodeados, que algunos de esos seres repugnantes que pueblan el filme de Pasolini hubieran atravesado la pantalla y se estuvieran riendo de nosotros en la sala, muy cerca nuestro, tanto que podrían escupirnos en la cara, tirarnos su mal aliento o, lo que es peor, mancharnos la ropa con su esperma.
Molestos e impacientes, algunos espectadores se quejan, piden a gritos que se acabe el ruido, que paren de manipular esa bolsa. Pero el ruido continúa, rítmicamente, como si nadie existiera a su alrededor. Como si en ese lugar sólo estuvieran la bolsa, su contenido y la película.
El acomodador llega por fin a rescatarnos. Alumbra con su linterna y el ruido se detiene abruptamente. Queda al desnudo el verdadero motivo de tanto alboroto: no eran exactamente caramelos lo que ese hombre manipulaba. Mientras el extraño se masturbaba públicamente, sin ningún pudor, las imágenes insoportables y las risas enfermizas invadían toda la sala.
“Increíble”, pensé, y me pregunté, sin encontrar respuestas: “¿Qué podía excitarlos tanto como para reírse de esa forma del dolor y la humillación ajena? ¿Qué placer hallaban entre tanto sufrimiento y atrocidad? ¿Qué misteriosa fascinación les provocaba la película como para que alguien, en un extremo del trance hipnótico, se masturbara imperturbable frente a una audiencia que no paraba de quejarse y llamarle la atención?”
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Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) | Pier Paolo Pasolini