La película prohibida
Nahuel y la manzana
Por Sabrina Lugo
Quién diría que esa mujer estaría escribiendo un cuento de un cuento de un cuento de un cuento que comienza con un gusano que, trabajosamente, se abre camino ante inmensas, sólidas y jugosas paredes de manzana.
Algo cansado ya de tanto utilizar sus mandíbulas para avanzar, da un último mordisco, el más gigante de todos. Muerde la cáscara y entra una luz del exterior, se asoma y una brisa fresca lo resplandece. Respira hondo, un sol muy tibio embellece su rugosa piel y se siente satisfecho de sí, siendo él, tal cual es y comienza a estirarse en toda su longitud.
Una mano se lleva la manzana.
—¡No! ¡No! ¡Vos quedate ahí que te saco una foto!
Y el niño, con la manzana en la mano, va al lugar que le indica su papá, se queda una milésima parte de segundo quieto y vuelve satisfecho de haber cumplido con lo pedido y emocionado por ver qué es ese mágico objeto que tiene su papá en la mano.
—Pero quedate un poco más ahí, si no ¡no llego a sacarte la foto! —Le pide el padre entre ternuras y sonrisas. Y el nene sonríe también y mueve la cabeza de izquierda a derecha en un rotundo no, no más ir para allá.
A esta altura el papá ya había cambiado a “modo video” y desde hacía un rato inmortalizaba a su hijo en bits de imágenes, sonidos, pasto, sol, brisa y manzanas.
Exterior. Noche. La manzana en el suelo, comenzando a fusionarse con la tierra que se va humedeciendo por el rocío. Grillos. Nahuel duerme profundo.