Mi primera película

Nazareno Cruz y yo /// Cynthia Sabat

Mi primera película
Nazareno Cruz y yo
Por Cynthia Sabat

Vi Nazareno Cruz y el lobo (1975) de Leonardo Favio demasiado pronto. Fue cuando tenía cuatro años. Mi madre me llevó al cine Helios de Ciudad Jardín, en la provincia de Buenos Aires, un cine que quedaba cerca de la casa de mis abuelos. Ese día seguramente nació mi cinefilia, aunque yo no tenía la menor idea acerca de esa enfermedad, de esa desviación. Yo debí estar concentrada en lo importante: los caramelos pegoteados de mi bolsillo y mi nueva muñeca articulada.

Recuerdo el cine Helios como un amplio, imponente, arrogante cine de barrio. Recuerdo su desmesurada escala, sus alfombras, sus pesadas puertas de vidrio y los anchos pasillos de la sala. Y puedo imaginarme entrando, mirando todo con ojos ingenuos y asombrados, de la mano de mi madre. Le pregunté hace poco por qué me llevó a ver esa película y me contestó que seguramente no tenía con quien dejarme.

Nazareno Cruz y el lobo es un film lisérgico, sensual, desmesurado, fantástico. Cuando trato de recuperar la sensación de verlo a mis cuatro años recuerdo colores. Colores intensísimos, sin forma. El naranja, el rojo, el amarillo. Colores de ensueño. Después el blanco (el blanco del vestido de la rubia protagonista), y el azul violáceo de un humo espeso, espectral, o de la noche (la noche del lobizón).

Los chicos tenían los ojos pintados. Causaron una fuerte impresión en mí esos chicos que tenían los ojos pintados. Hace poco leí una entrevista de Lucrecia Martel a Favio y me llamó la atención que su primera pregunta fuera por qué los chicos tenían los ojos pintados en Nazareno Cruz y el lobo. Sentí que compartimos una misma huella generacional.

La trama no tenía importancia para mí. Lo importante eran las sensaciones, los climas, lo extraño, lo bizarro que captaba de forma intuitiva. ¿Qué hacía una niña viendo una película de Favio a los cuatro años? ¿Qué marca insospechada dejaría en ella? El resultado del experimento totalmente inconsciente de mi madre, tiene nombre y apellido. El instante en el que vi Nazareno Cruz y el lobo puede considerarse el grado cero de mi cinefilia, de mi intensa historia de amor con el cine.

Pocos días después mi madre compró el single de Soleado, el tema de la película, y lo escuchamos una y mil veces en el Winco. Así, el efecto de sueño duró mucho más. Años duró, hasta hoy. Escuchar o tan solo recordar el tema es hundirme una y otra vez en un estado de gracia, en un Nazareno eterno, en su inagotable misterio, su seducción, su olor, su llamado, su cuerpo (terrenal, celestial e infernal a la vez): el cuerpo dorado del cine.

Un bichito colorado mató a su mujer
Con un cuchillito de punta alfiler
le sacó las tripas y se puso a vender
¡A veinte, a veinte
las tripas calientes de mi mujer!

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Nazareno Cruz y el lobo (1975) | Leonardo Favio

 

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