Aquella película contigo
No prendan todavía las luces del salón
Por Pablo Acosta Larroca
A ella(s)
En medio de las perpetuas ausencias y desolaciones de este mundo que hieren con su arrebato nuestra existencia, condenándola a la soledad, hay tiempos sin embargo para luces de cándido esplendor donde el pecho pareciera quemarse. Ahorren los descreídos y amnésicos emocionales sus muecas de desaprobación y burlas socarronas, ya que no conseguirán más que la compasión de este autor, porque si de algo está seguro es que en la vida de un hombre hay pocas ocasiones tan sentidas y profundas como la primera vez en el amor.
Por aquellos tiempos, en los que aún no tenía la descarada compostura que otorga la nutrida experiencia con las mujeres y desconocía por completo el afán por las empresas amorosas con flores de un día, vivía con un latir que me atravesaba el cuerpo del día a la noche y de la noche al día y que llevaba por nombre Mariela.
La había conocido en persona hacía un poco más de un año, aunque con anterioridad –y más allá de su pertenencia al turno tarde– su famoso nombre y apellido habitaban en mi universo gracias a cierta reputación de la que gozaba en aulas y pasillos de la escuela: Mariela era “La Alumna”. Finalizando el quinto grado turno mañana, en una de esas fiestas organizadas por la cooperadora del colegio –de la que Mirta, su madre, era además la responsable–, la vi por primera vez, con su cabellera larga y enrulada corriendo por el patio central, llevando de la mano a su primita Solange. Me enamoré al instante. “Vos sos Mariela ¿no? ¿Te gustaría bailar conmigo?” le dije a plena luz incandescente y sin vueltas mientras sonaban los primeros acordes de “Dices tú, digo yo” de Lionel Richie. “No puedo”, me dijo con cierta gracia y se fue corriendo en la dirección contraria. Quedé suspendido.
Pasó el verano, llegaron los primeros vellos y con el retorno de las clases un anuncio animaba mi adolescente virilidad en formación que necesitaba de constantes auto demostraciones corporales: “Clases de Taekwon-do. A cargo del instructor Silvio Bertolini”, sí, el hijo del dueño de las famosas tapas para empanadas. Si en algún momento titubeé en tomarlas, las dudas se disiparon por completo cuando en la primera clase descubrí que Mariela vestía dobok blanco sujetado a través de su cinturón, en el mismo color haciendo juego. Las probabilidades de un encuentro crecían, aunque ese año crucé poco y nada, salvo algún “Hola, ¿qué tal?” y un par de “luchas sin contacto”, pero definitivamente tenerla cerca, dejando su aureola perfumada a través de sus tiros de puño y patadas al viento, era una motivación poderosa para seguir esforzándome. Así, aunque durante esa primera temporada comencé con el equipo de gimnasia y continué luego con un traje artesanal cocido con delicadeza por la habitual habilidad de mi padre, logré convertirme en un practicante destacado, con dos puntas amarillas agregadas en mi cinturón y ganándome el “Premio al Mayor Esfuerzo” (no falté nunca), quedando a un punto de “Mejor Practicante”.
Y llegó diciembre y nuevamente con el fin de las clases también concluyeron las del arte marcial coreano, cerrando la única posibilidad de encuentro que me permitían las dos veces por semana en las que entrenaba y en doble turno: uno con los más chicos y el otro con los de mi edad. Y entonces volvió a llegar el verano y con él la confirmación de mi desarrollo que movilizado por los alentadores consejos de mi padre, los cassettes “TDK” grabados de mi hermana mayor, las melodías de Michael Jackson y Madonna, y los pasos de baile aprendidos gracias a “Música Total”, me dispararon de lleno a ganarme la calle.
Fue así que en un asalto a punta de chizitos y botellas de “Coca-Cola”, celebrado en la casa de Romina Vignatti, conocí a Laura: morocha, labios grandes, piernas largas debajo de la pollera de jean, y sobre todo y a la vista sus prometedoras formas debajo de la remera a lunares que confirmaban su pasaje de la niña a la mujer. Imposible no sentirse atraído. Tras mis dotes de danzarín y mi cassette de “Signos” de Soda Stereo conquisté su atención y más tarde su boca en el balcón del primer piso. Definitivamente ya era un hombre.
Pasada la medianoche del sábado me quedé con su perfume y su número de teléfono anotado en una servilleta de papel del que, ni lerdo ni perezoso, hice uso al otro día, citándola para ese mismo domingo de finales de febrero en la esquina de José Cubas y Bolivia, cuya espera se hizo interminable y me encontró solo, sentado en el marco de entrada de la verdulería de la esquina, apoyando mis espaldas contra la reja y mi mentón descansando sobre mis brazos. Laura nunca llegó. Quizás se arrepintió cuando se arreglaba frente al espejo, quizás suplicó entre lágrimas ante la negativa de sus padres, o quizás simplemente confundí el juego de crecer con el de hacer de grande, tratando de dar el paso de una zancada desprovista de verdad, que luego de esa y de otras innumerables experiencias venideras comprendería que sólo a través de un tránsito emocional las historias se vuelven sentidas, amorosas, verdaderas.
De regreso y con el orgullo destrozado, me desvié unas cuadras y tomé por la calle Vallejos, con la intención de pasar por la puerta de mi amado colegio buscando consuelo y refugio, que me esperaba en marzo para afrontar la adultez, ese genuino sentimiento de satisfacción que se experimenta en séptimo grado, cuando por fin llegamos al último año y nos convertimos en los más grandes. Llegando a la esquina –y vaya a saber por qué extraña casualidad del destino–, me encontré con el Gordo Laborde, un año menor que yo y del turno tarde, que me dijo: “mi prima Mariela gusta de vos”. En ese momento sentí que el alma me volvía al cuerpo y que el desasosiego se convertía en amor.
Y volvieron los días de Taekwon-do y todo era maravilloso, y los aires otoñales presagiaban un futuro soñado. Las clases pasaban y en cada encuentro con sus ojos marrones miel, la agitación del alma en la garganta detonaba en el pecho como una explosión luminosa. Así, preparado y seguro de mi amor, un lunes 4 de julio de 1988 (cuya rigurosidad figura datada en mis epístolas amorosas posteriores) le dije: “Yo gusto de vos. ¿Vos gustás de mí?”. “Sí”, me respondió dulcemente, y desbordado por la conmoción me di media vuelta y regresé al patio donde Karina Salvia y mi gran amigo Sergio Rossi contemplaban la declaración a través de los espacios que dejaban las cortinas de tela de los ventanales. Entre indignados y risueños por mi accionar, ambos impulsaron mi regreso. “¿Querés salir conmigo? ¿Querés ser mi novia?”. “Sí”, me respondió dulcemente una vez más, y desbordado nuevamente por la conmoción me di media vuelta y me fui, pero esta vez con la excusa perfecta, gracias al llamado del sabonin (que para ese entonces ya había dejado el rojo punta negra detrás) anunciándonos que habíamos llegado al final del descanso. A la salida, Mariela me esperaba con su hermoso saco de lana blanca y con detalles azules y rosados, y nos despedimos con nuestro primer beso, pequeño y tímido, pero amoroso y profundo, corriendo luego hacia el automóvil de su padre. Definitivamente era una historia verdadera.
Así nació un sentido romance cuya repercusión inundó las aulas y los pasillos del colegio, contagiando a otros, abriendo las puertas hacia la conformación de otras parejas inter turnos, despertando los celos de las chicas turno mañana y de los muchachos del turno tarde. Pero nuestro amor estaba por encima y se nutría día a día a través de cartas perfumadas, tarjetas móviles, notas en hoja n°3 debajo del pupitre, declaraciones de tiza en pizarrones, encuentros propiciados antes y después de las clases, los paseos y salidas a la luz del día, y sobre todo los bailes, el primero de todos en el living del Gordo Laborde, y luego en la terraza pop del Enano Hachuy, en el chalet sin terminar de la calle Helguera de mi gran amigo Sergio Rossi, en la terraza de la casa de Argerich del revoltoso Gabriel Cuevas, que al son de los “14 Top Hits” y las grabaciones arrancadas de las FM “Horizonte” y “Z 95” albergaban nuestra pasión, que llegaba a su momento climático gracias a los infaltables lentos, sobre todo los de César ‘Banana’ Pueyrredón, momentos idílicos donde Mariela y yo nos fundíamos en un único abrazo, besándonos apasionadamente, deseando detenernos para siempre en la eternidad del instante.
Sin embargo, antes de vivir una constante Luna en cuarto creciente no todo fue color de rosas, porque contando aún con la aprobación de Don Carlos, que era un tierno suegro, y mi gran aliado Nahuel, su hermano menor, que me tenía como referente, Doña Mirta vigilaba de cerca, por lo que durante las primeras semanas fue imposible encontrarnos fuera de las clases de la ITF (International Taekwond-do Federation), otorgándole a nuestra relación cierta iniciación dramática cuya angustia supimos expresar y contener a través de nuestras primeras cartas, temiendo que esa negativa se perpetuara por siempre (sólo las almas con cierta disposición emocional pueden temer esto a la edad de 12 años).
Sin embargo, tras semanas de paciencia y habiendo pasado mi cumpleaños a finales de julio, por fin nos concedieron la oportunidad de encontrarnos por fuera del recinto escolar, aunque en compañía de otra pareja, la de su primo, el Gordo Laborde y su novia, lo que rayaba el absurdo, considerando que habían enviado a vigilar a una pareja un año menor que nosotros.
La cita tuvo lugar a unas cuadras de su casa en Villa Urquiza, en un cine relativamente nuevo que constaba de una única sala y que se ubicaba en una suerte de galería sobre Avenida Olazábal, casi esquina Triunvirato, que años después se adaptaría a boliche bajo el nombre de “Mr. Cooper” primero y más tarde “La Cumbre”. Era un día nublado y ventoso de agosto, ideal para el cine. Llegué puntual, porque por esos tiempos aún no tenía el vicio de hacerme desear y el deseo de ver a Mariela era más fuerte que todo, incluso más que mi enorme ego, porque todo segundo con ella era valioso, y generaba luego ese disfrute embriagador de quedarse “mirando la Luna sin saber por qué”. Al bajar del colectivo allí estaba, en la vereda de en frente, con su saco de lana blanco y su vestidito de flores. Temblaba conmocionado, maravillado, levitando. Crucé y casi sin sacar mis ojos de ella, saludé a su primo y a su novia primero, dilatando hasta el final el dulce encuentro, celebrándose con nuestro beso de labios y nuestro abrazo únicos, donde su aroma a flores blancas del “Anne Anne” se mezclaba con la frescura mediterránea del “Old Spice”, que había tomado prestado del botiquín de mi padre.
(…) And we can build this dream together, / standing strong forever, / nothing’s gonna stop us now. / And if this world runs out of lovers, / we’ll still have each other, / nothing’s gonna stop us, / nothing’s gonna stop us, now (…). “Nada va a detenernos ahora” profesaba la canción con la que Mannequin sellaría nuestro amor, a partir de la primera película que transitamos y vivimos en stereo, con nuestras almas en tándem entre ambas butacas.
A la salida y con algunas gotas cayendo sobre nosotros, nos mojamos un poco y buscamos resguardo en el departamento de su primo, cuyos padres habían salido. Fue entonces cuando decidió dejarnos a solas. Un placárd empotrado, una alfombra amarronada, una cama de una plaza y una repisa con un equipo de música. En un cuarto a solas, iluminado únicamente por las mortecinas luces que se filtraban en el ambiente a través de la persiana, mientras escuchábamos “Más cerca de la vida” de César ‘Banana’ Pueyrredón, bailamos muy juntos, abrazándonos amorosamente, dejando que el calor de su piel suave y el mapa de su juvenil cuerpo se entrelazaran con los míos. Así, poco a poco, como si el deseo se deslizara por nuestras mejillas, nuestros labios se encontraron, nuestras bocas se abrieron involuntariamente y nuestras interioridades se enredaron en un lazo amoroso con sabor a frutilla. Un beso con el alma en la boca. Sin separarnos un milímetro, abriendo progresivamente nuestros ojos, con el aire borroso y el alma en orsai, le pregunté: “¿Te gusta?” y susurrándome me respondió: “Me encanta… Te amo Pablo”.
Meses después y luego de la conmovedora fiesta de fin de curso, el cambio de colegio, los vientos agitados del secundario, y sobre todo las torpezas propias de un adolescente confundiendo el juego de crecer con el de hacer de grande, quebraron el mágico hechizo, tratando en vano de recuperarlo luego en algún baile furtivo o en algún encuentro casual en una fiesta juvenil de Villa Urquiza.
Pasaron los años y me hice hombre, viviendo diversidad de aventuras amorosas, pero en un rincón de mi habitáculo el joven-niño jamás dejó de llorar por su novia perdida.
(…) No prendan todavía las luces del salón, / recién está empezando la función (…)
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Mannequin (1987) | Michael Gottlieb

























