La película prohibida

No sabés lo que me estás haciendo /// Marina Yuszczuk

La película prohibida
No sabés lo que me estás haciendo
Por Marina Yuszczuk

Los viejos de la Lugones. Sus pelos blancos, su costumbre de chistar. Su irritabilidad. El ruido de sus caramelos, sus bolsitas. El entusiasmo unánime por Amarcord, la indiferencia y los ronquidos frente a una película tan superior como Roma. Miles de veces me cambié de lugar una vez, y otra vez, y de nuevo, para esquivar las cabezas canosas y las ganas de chisme fácil en las primeras filas. Yo sé de dónde vienen porque una vez lo vi; lo que no sé es si podré volver a verlo. ¿Nunca se preguntaron por qué los viejos están en la sala, pero nunca los van a ver en la vereda? Quizás alguna vez los vieron esperando el ascensor, pero no mucho más. Los viejos de la Lugones entran a la sala para cada función, sí, pero no es tan seguro que entren al teatro.

Era un sábado lluvioso de invierno; las luces de Corrientes brillaban más en la humedad y la avenida estaba inesperadamente vaciada, quizás por esa lluvia helada que con solo mojarte unos segundos te hacía sentir que nunca más ibas a estar caliente o cómodo. De todas formas, me tomé un subte, atravesé esos pasillos sórdidos y caldeados escapando del ruido de cuchillas de los trenes y completé a pie las cuadras que me separaban del San Martín. Era uno de esos sábados invernales que parecen domingos, desolados; las únicas almas que pululaban por la cuadra del teatro eran las de esos solitarios que eligen cualquier película con tal de tener una excusa para salir del encierro de la casa, se comen dos porciones de pizza de parados en alguna esquina después de la función, y vuelven a encerrarse a casa cuando las personas que son felices o están acompañadas recién están saliendo.

Mal que me pese, yo era una de ellos en esa tarde que ya empezaba a convertirse en noche. Sólo que yo no había elegido cualquier película: iba especialmente a ver Kiss me deadly en el cine, ya la había visto varias veces en copias baratas, pero quería darme el gusto con esa película que me encantaba porque al final, al abrir la valija con la extraña sustancia que funcionaba como eje arbitrario de la historia, se destruía todo. El final en la playa con una destrucción mirada desde lejos me daba una euforia que no puedo explicar; además, el Mike Hammer de Kiss me deadly es uno de los más fríos que recuerdo, y ver cómo cacheteaba imperturbable a los débiles viejos y mujeres de la película me parecía un plan de lo más refrescante, justo lo que necesitaba.

Sí, que se destruyera todo, ¡qué podía importarme! Las razones no vienen al caso, pero era la noche perfecta para desear cosas terribles. Era eso, o ver chocar en masa los pocos autos y colectivos que bajaban por Corrientes, confundidos por esa especie de bruma que formaba la humedad en el asfalto, los vidrios, las ventanillas. Así que llegué a la puerta del teatro y esperé el ascensor, parada junto a dos viejos que parecían desear exactamente lo mismo que yo. Dos minutos de inmovilidad más tarde y estábamos en la sala, tratando de elegir el lugar más aislado y mejor ubicado frente a la pantalla, lejos de la gente. Por dios, podía sacrificar un poco de visión, pero era imprescindible estar lejos de la gente.

El público ocupaba en total un cuarto de la sala, pero estaba tan desparramado que me costó encontrar una butaca que permitiera estar aislada y tener un pedazo de pantalla despejada enfrente, libre de las malditas cabezas blancas. Al final lo encontré y ocupé la butaca como una maniática, lo más desparramada posible como para desalentar cualquier intento de hacerme compañía. Fuera luces, cortinas, silencio cortado por alguna tos acá y allá, un avance por una ruta oscura y un jazz que te pateaba el estómago, me dispuse a entregarme una vez más al maldito ritual que puede ser lo único bueno que me lleve de esta vida. Antes de entrar completamente en trance, todavía me imaginé por un segundo las gotas gruesas cayendo allá abajo en la calle y pensé que algo bueno podía salir de esa tarde que todavía no terminaba y ya tenía ganas de olvidar.

Unos minutos después se me aflojaron las rodillas y sentí que volvía a estar en mi eje, al menos por el tiempo que durara la función. ¡Para qué! Madi Comfort estaba empezando por enésima vez con eso de “No sabés lo que me estás haciendo, me atrapó la telaraña”, etcétera, cuando la vibración en el bolsillo me sacó de la oscuridad como un piedrazo en la cabeza. No hacía falta mirar. Yo sabía perfectamente de qué se trataba, o, mejor dicho, de quién se trataba. Lo sabía y las horas siguientes ya no podían volver a ser lo mismo, después de esa llamada inevitable que sin embargo había tratado de esquivar metiéndome en el cine. En un segundo volví a escuchar el chirrido del subte, los bocinazos de la calle, todo el trayecto que había recorrido con la mente en suspenso, tratando de escapar como una idiota de una presencia que ahora tenía en el bolsillo. Con esa esperanza ridícula que compartimos todos, o porque ya estaba ahí, seguí mirando la pantalla un rato más con el deseo de volver a sumergirme. Era imposible. El aire estaba roto para mí. Y la película, una vez más, se me escapaba como una liebre al costado de la ruta. ¡Maldición! No tenía sentido seguir ahí.

Sin mucho cuidado, abandoné la fila golpeándole las rodillas a las dos o tres personas que estaban a la derecha y salí, con los chistidos atrás de mi cabeza que llegaron puntuales como para confirmar todo lo que sentía. Irritadísima, atravesé las cortinas, crucé el hall y me hundí en las escaleras, con esa mezcla de alivio y frustración que da tanto ver como no ver una película. Que se prendiera fuego todo: eso era, como mínimo, lo que necesitaba. Bajé uno, dos, tres pisos, sin llevar la cuenta, comiéndome los escalones como si esa caída controlada fuera una manera de apropiarme de esa otra caída que en el fondo de mí parecía mil veces más caótica, hasta que, al doblar un tramo, la cara de una vieja bastante maquillada que me miraba fijo con su jopo de peluquería me cortó la respiración y casi me hace seguir de largo del escalón que estaba a punto de pisar. No dije nada, sólo la miré con pánico y seguí, convencida de que mi expresión de horror era más efectiva que cualquier puteada destinada a hacerla sentir como la bruja que seguramente era.

Dos pisos más abajo y con el corazón todavía exagerando, el resplandor debajo de una puerta me convenció una vez más de que esa parte del teatro era terreno fértil para toda clase de fantasías y fantasmas. Alguien estaba detrás de esa puerta, eso se hizo evidente enseguida porque un ruido como de un sello pesado al caer salió de adentro de la habitación y me dio ganas de bajar más rápido, corriendo si era preciso. O más bien… Quién sabe por qué uno hace las cosas, o por qué las hace cuando las hace. Normalmente hubiera volado escaleras abajo hasta alcanzar la calle, pero ese día me quedé. Bajé sólo unos pocos escalones más y me escondí a la vuelta del próximo tramo, en un lugar desde el que podía ver perfectamente la puerta que brillaba, pero desde el cual —al menos, eso pensé en ese momento— nadie podía verme.

Pasaron uno, dos, tres segundos que se hicieron muy largos. Segundos interminables de silencio interrumpido por el bum bum descontrolado adentro de mi pecho, hasta que muy despacio, el resplandor creció y el crujido de unas bisagras me indicó, incluso antes de verlo, que la puerta se estaba abriendo. Lo primero que vi fueron pares de zapatos, masculinos y femeninos, los de mujeres con ese taco bajo que sólo usan las viejas y los de hombre con cordones y muy lustrados. Hasta donde me dio el ángulo para estirarme sin ser vista, me estiré, y los zapatos se convirtieron en piernas que subían hasta terminar en unas cuantas cabezas, todas blancas. Ahí mismo, mientras salían del cuarto que brillaba, los pude ver, uno por uno, iluminados a su turno por el rayo que bajaba en diagonal sobre la cara del que se parara justo debajo del marco de la puerta. Primero una vieja de cara casi blanca, empolvada, luciendo una sonrisa conmovida que podía enternecer si no fuera por la inclinación levemente forzada de la cabeza que le daba la apariencia de un cadáver mal acomodado en su cajón. Después, un viejo de bigotes amarillentos con la boca abierta en una carcajada sin sonido, los ojos como platos y la boca como una caverna apenas oculta por los dientes que ya eran marrones. Enseguida, otra señora de brushing altísimo con el ceño fruncido y un dedo huesudo sobre la boca, listo para chistar a quien osara quejarse de no poder ver por la altura del peinado. Y así, toda una fila de viejos de ambos sexos portando toda clase de muecas que recorrían el espectro de emociones usuales frente a cualquier película, iniciando un desfile escaleras arriba con paso mecánico, cada cual, congelado en su gesto como un maniquí, preparándose —eso entendí, y no podía ser de otra manera— para la próxima función.

Si esto se repetía, si esta escena demencial sucedía con frecuencia entre funciones, ¿cómo es que nadie podía verlos? ¿Cómo yo misma no los había visto? Pero no era momento para preguntas: desconcertada y levemente inquieta por no saber qué podía pasar si la fila de viejos descubría mi presencia, esperé hasta que desapareciera el último zapato escaleras arriba y terminé de bajar los pisos que me quedaban lo más rápido que pude. Y no volví jamás, ni me di vuelta para mirar una vez más la puerta, esa luz atrayente que salía por abajo y que podía darme ganas de volver y arriesgarlo todo con tal de explicar lo inexplicable. En la planta baja reinaba la normalidad, la gente hacía cola para comprar entradas o miraba unas fotos que se exhibían en el hall, la vendedora de la tienda del teatro ojeaba un libro para matar el aburrimiento. Nada del otro mundo, nada fuera de lugar. Salvo por un detalle que quizás sólo fue una visión perturbadora para mí: una mano anciana, cinco huesos con una capa de piel reseca que apenas alcanzaba a cubrirlos, llenos de anillos, desapareciendo detrás de la puerta del ascensor que terminaba de cerrarse, rumbo al décimo piso. Me apuré más, en un segundo pisé la vereda y esquivé a todo el que se me cruzó por delante para salir lo antes posible de Corrientes y doblar en una callecita lateral, la más solitaria que encontré, llena de joyerías con las persianas invariablemente bajas. Recién ahí sentí en el pelo los puntazos helados de unas gotas que me devolvieron —sea lo que sea que eso significara, después de lo que había visto— a la realidad, y seguí caminando hasta perderme bajo una lluvia que era lo más parecido al alivio que podía esperar por esa noche.

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Bésame mortalmente (Kiss me deadly, 1955) | Robert Aldrich

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