La película prohibida
No toda vigilia
Por Carlos Brück
Cuando todavía esa nomenclatura foucaultiana ATP o PM13 no era conocida, las prohibiciones en el cine tenían mucha más relación con el distinguido público que con reglamentos estatales. Por lo tanto, eran las constelaciones familiares las que establecían, y más aún, decretaban la afinidad de la película con los niños de la casa.
Entonces, yo era ese niño que acompañado (¿ o acompañando? ) a sus padres fue a ver Lili con la actuación de la ciudad de París, Leslie Caron y la historia de siempre, la de una jovencita que llega a la Ciudad Luz con una valija quizás de cartón. Lili es ingenua y camina por aquí y por allá sin contoneos de caderas. Y la historia de asombros y una canción pegadiza concluían como era necesario.
Pero lo imprevisible era que en esa época de dos películas, la que podría llamar La Otra porque su título casi no importaba, fuese como el dios Jano: contracara siniestra de la película principal ya vista y llorada en los momentos adecuados.
La Otra sucedía en una prisión de mujeres que habían llegado allí precedidas por historias nunca demasiado develadas y que tenían como único presente el odio y la indefensión. Gran parte del distinguido público parecía asombrado pero también interesados por asomarse a un balcón para mirar la calle de las miserias.
Un adoquinado donde no estaba ni Zully Moreno ni Judy Garland para compensar con una mirada o una fama la desolación cruel que allí sucedía, incluyendo ataques en el comedor del penal que terminaban con un tenedor clavado en la pierna de una rival.
Digo terminaban no sólo por los vaivenes del guion sino porque mi madre me puso una mano sobre mis ojos y luego salí con ella de la sala.
Nunca pude recordar el título de esa película (y por eso mismo Freud ya había dicho de los beneficios del olvido), pero muchos años después un amigo y colega en esto de hacer guiones para cine profesional, con la comodidad de que nuestra práctica profesional nos permitía no vivir de ese cine, me trajo la Buena Nueva: esa película de la que había comentado algunos fragmentos de polvo y espanto, la proyectaban en televisión al día siguiente por la noche.
Me senté en el horario convenido unos 15 minutos antes. Y tres horas después mi mujer me despertó cuando el film ya había pasado y yo tenía los ojos bien cerrados por un sueño que paradójicamente me había protegido de la pesadilla. Como esas manos delante de mi cara. No he vuelto a preocuparme por ubicar esa película pero si a pensar que no toda vigilia es necesaria y que la prohibición de los semblantes del horror, no siempre es una censura patética.