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Nuestra última película

Nuestra última película /// Martín Figueredo

Nuestra última película
Nuestra última película
Por Martín Figueredo

Tengo tantas cosas que decirle. Quizá simplemente besarla y dejar que todo se ofrezca al abrigo de su asombrada sonrisa. Sé que la resistencia reflejo sólo durará unos segundos hasta notar que soy yo y comprenderlo todo, dejarse llevar. Ninguno de los dos podemos ocultarlo ya y, sin embargo, no tenemos la fuerza para dar el primer paso. Basta de miradas nerviosas en los pasillos, de jornadas de estudio clandestinas con roses secretos, de saludos distantes por no poder resistirnos a nuestro instinto si estamos cerca. Voy a hacer lo que tuvimos que haber hecho hace tiempo.

Por poco se desliza de mis temblorosas y sudadas manos ese pequeño trineo en miniatura que tanto me costó conseguir y mi mente vuelve al presente para rescatarlo del rígido y cruel asfalto. A esta altura ese vulgar adorno de porcelana no hubiese resistido y estaría desmoronado para estos momentos. No puedo permitirlo. Es mi carta ganadora. Desde aquel día en que confesó amar esa película, durante la clase de artes, la obsesión por comprender a esa mujer hermosa cobró un nuevo sentido. Siento que ambos hicimos el mismo recorrido al montar de a pequeñas partes la figura perfecta del otro. Guardaré en mi memoria su rostro cuando lo vea y descubra que existe alguien que conoce todo de ella, que conoce y comprende. Yo la comprendo. La adoro.

Mi garganta está seca de nuevo. De qué me sirve repetir mil veces mis líneas cuando ninguna voy a recordar al cruzar la calle. Desde la vereda de enfrente la distancia parece abismal, eterna. Sólo puedo pensar en la puerta del cine que, allá a lo lejos, sigue cerrada y en que debo tomar valor para acercarme a ella cuando salga al final de la función. No puedo decepcionarme una vez más. No sé si sería capaz de soportar otro de mis angustiantes sermones. Debo mantenerme firme y a la espera pase lo que pase.

Parece que mi ritmo cardíaco es controlado por los pasos de la muchedumbre que sale con los ojos en lágrimas o riendo del cine. Cada una de las veces mis ojos rebotan entre rostros femeninos buscando su sonrisa o sus lágrimas. Veo mil veces su rostro en el de casi todas, las transformo sin pedirles permiso. La decepción y a la vez alivio viene de inmediato cuando no la encuentro y debo seguir aguardando. Mi corazón no soportará otra de esas búsquedas sin éxito.

Es increíble lo inquieto del mundo cuando uno mira desde fuera. Hay gente corriendo en la calle y autos en fila avanzando velozmente. Todos se dejan llevar por la corriente como glóbulos rojos en dirección al corazón. Yo permanezco del otro lado a la espera de eso que me arrastre al movimiento de la vida incesante. Busco penetrar las paredes de las venas rasgando el tejido y abriéndome paso sin importarme nada.

A pesar del movimiento, de tanto en tanto, los autos se amontonan y no me dejan ver con claridad la entrada del cine. Parece que todos se pusieran de acuerdo en obstruir mi visión y entorpecer mi plan. Me preparé bastante y ella no va a poder negarlo. Vi muchas veces la película que ella está viendo para poder tener una conversación casual que le resulte perspicaz e inteligente. Practiqué ambas opciones, por si no le gustaba lo que iba a ver. Conociéndola, la odiará. Era una película chata y sin sentido. Me vi repetidas veces cruzando la calle y chocando con ella hasta no resistir más y confesarlo todo con el trineo reflejado en sus ojos alegres. Ella siempre recibió la ofrenda y no pudo contener su deseo de tomarme con fuerza del brazo y llevarme con ella a seguir corriente.

El tumulto de gente aumenta y caigo en la cuenta de que terminó otra función y de que ésta debe ser. Desesperado la busco entre lo que resulta el público de una película para mujeres. Eso complica un poco más las cosas. Todas se le parecen, aunque ninguna es tan bella. Descarto a toda aquella que sale acompañada y el rastreo se hace más ágil. Finalmente la veo. Es ella. ¡Por Dios, que bella que se brinda! Tan espontánea, tan franca y despojada como si nadar entre las personas fuese lo que más ama, para lo que fue creada. Que mejor guía que ella para iniciarme en el movimiento, en el caudal del mundo. Me dejo llevar por su magnética sonrisa. Lo que creí: le gustó la película. Mi pie izquierdo intenta dar un paso, pero no resulta fácil. Parece inmóvil. Mi cuerpo está congelado por el miedo. Pero nada me priva de deleitarme con la forma en la que corre sus cabellos del rostro seduciendo a todo el que tenga la dicha de estar viendo. Aunque sé que lo hace sólo para mí.

Trato de tranquilizarme buscando en mí la pequeña parte supersticiosa y rogándome que esta vez comience con el pie derecho. Éste se posa en la calle y me reconozco en movimiento hacia ella. No puedo creer que sea yo el que lo hizo. Giro y veo que la luz roja obra de celestina. Los automóviles se detienen arengando que vaya por ella. Devengo en semental y me preparo para asestar al frente. Doy un paso más y la miro por última vez para alimentarme del deseo más subterráneo y recoger impulso. Mi corazón se detiene al verla. Las manos de un hombre terminan de quitar el último mechón de su rostro recibiendo una sonrisa a cambio de la ayuda. Una sonrisa traidora que exige un beso húmedo, caluroso y repugnante que no tarda en entregarse. Ella lo arrulla entre sus brazos. Ni ríe a carcajadas ni llora palpitante. Simplemente le sonríe como si la película que acaban de ver no cambiara nada de sus vidas.

Las bocinas comienzan su melodía disonante dirigiendo todas las miradas hacia mi triste y patética imagen. La corriente del mundo se detiene para juzgarme. Los dedos de todos apuntan burlones demandándome otra estúpida pirueta. Las demoníacas caras de los presentes mutan a la de ella desfigurándola. Bestiales bocas abiertas revelan sus colmillos filosos y ensangrentados. A fuerza de carcajadas reducen a milímetros mi marchito ser que será aplastado contra el frío y áspero concreto por el trineo cayendo de mis manos vertiginosamente. Me veo a mí mismo, gigante, dejándolo caer y riendo también, provocando mi bien merecida muerte. Mi rostro se torna bestia mutante que castiga mi inocente ingenuidad. Sólo veo venir el trineo hacia mí sin evitar que me golpee con su monumental estructura y termine con este humillado montón de carne.

Mi agonía parece coincidir con el momento en que ella voltea hacia mí. Intento inútilmente tapar mi rostro de su mirada. Estoy seguro que me hará más daño que las toneladas de trineo moliendo mis huesos. Entiendo mi accionar burdo y sin sentido. Sin más fuerzas bajo los brazos y dejo que me vea flácido, lloroso, cobarde. Ella mira directo a lo profundo de mis ojos llegando a la parte más vulnerable de mi corazón, como alguien que sabe viajar por el torrente sanguíneo. Pero su expresión no cambia. Se mantiene inquietantemente fija a la espera de un desenlace que la satisfaga. Parece sentirse resguardada por el anonimato que brinda la oscuridad de una sala repleta. Me ve como alguien de quien conoce sólo los últimos instantes impresos en un celuloide. Descubro que ella no se ve protagonista, simplemente espectadora y entiendo, al fin, que no me reconoce.

No sabe quién soy. El trineo estalla contra el piso astillándose en miles de partículas.

Él la toma del brazo y se la lleva preocupado de que el tipo que obstruye el tránsito mire tanto a su amada. Soy para él una bola de grasa o un coágulo de sangre inútil. Ella no se resiste, se deja arrastrar de vuelta a la corriente y no mira atrás. La gente camina, los automóviles encuentran la manera de esquivarme y todo vuelve a su curso normal: como si yo no estuviera ahí.

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