A la salida del cine
Oscuridad, silencio y tranquilidad
Por Marcela Ciccone
Oscuridad, silencio y tranquilidad, era todo lo que no le pasaba. Hamacaba sus piernas sin parar pensando que eso la haría salir más rápido de ahí. Miraba a su madre intentando transmitirle esas ganas de salir corriendo a hacer.
Una vez en el departamento se ponía su traje de heroína, medibachas y malla enteriza y el brazo del sillón de la casa que le servía para ir a volar por la ciudad. Otras veces el departamento era una selva, encontraba un tesoro que escondía debajo de su cama y dormía viendo las estrellas o mirando a la derecha de su cama donde las nubes y aves anunciaban una gran tormenta.
Oscuridad, silencio y tranquilidad, todo parecía inmenso, su amiga petrificada miraba el infinito de oscuridad y ella no podía aguantar las ganas de salir corriendo a conocer lugares. Su madre la esperaba a la salida, para ella era la despedida de un aeropuerto porque camino a su casa estaría en un avión que la llevaría a Nueva York, Minnesota, Vietnam.
Oscuridad, silencio y tranquilidad, su amiga lloraba, él había muerto, necesitaba tiempo para recomponerse. Ella, en cambio, quería salir corriendo de ahí a dar ese primer beso que todavía no había dado, a encontrar esa historia de desencuentros, deseo del que tiempo después se arrepentiría. Quería salir de ahí y caminar, encontrarse con ese chico con el que podría charlar una noche entera para luego tomarse un colectivo que la dejaría en Budapest.
Oscuridad, silencio y tranquilidad, su amigo se quería quedar ahí esperando a que todos se fueran y ella no podía aguantar las ganas de irse, desaparece por el miedo que le provocaba encontrarse finalmente con quien tantos desencuentros había tenido. El colectivo la llevaría a una playa, lejos, donde podría tener sus propias reglas y olvidarse de todo.
Oscuridad, silencio y tranquilidad, ayer, él me agarraba la mano, quería tener ese momento, esa pausa, yo no, yo quería salir corriendo, otra vez. Había visto la vida de otros en tres horas, fugaz memoria. Llegamos a casa, charlamos, nos reímos, sentimos ser la escena de una película, el límite entre estar actuando o estar viviendo. Podríamos haber sido filmados. No necesitábamos viajes exóticos, ni selvas, ni volar por la ciudad, solo que el momento, ese momento nos tome.

























