Mi primera película
Pánico y locura en Florida
Por Guadalupe Docampo
Para ir al Centro toda la familia se empilchaba con las prendas más finas.
Mi tía, que vivía en Canadá, había venido de visita para las pasadas fiestas trayendo consigo una valija repleta de ropa para niños. Ropa en la que sus hijos, sobre desarrollados canadienses, ya no cabían. En la repartija —que se hizo en la casa de Osvaldo Cruz— a mí me tocó en suerte un vestidito amarillo. Lo adoraba. Si giraba muchas veces y después me arrodillaba en el piso se convertía en una inmensa campana que me cubría por completo.
Yo llevaba puesto mi vestidito importado. Mi mamá un tapado de piel. También estaban mi papá y mi hermana. Dejamos el Volkswagen Gacel en algún estacionamiento y caminamos hasta Florida. Puedo recordar la impresión que me causaron todas aquellas luces en el medio de la noche de invierno. ¿Sólo las había visto antes en la televisión? ¿Las Vegas y Florida eran un sólo escenario? Detrás de la opulencia de las luces de colores, me pareció más bien un lugar gris, sucio y pegajoso. Apenas habíamos caminado unos pasos y mi mamá le dice a mi papá que tomemos otro camino porque “hay unos chicos aspirando pegamento”. No tenía ni la menor idea de lo que significaba, pero podía notar claramente que no podía ser nada bueno. No llegué a verlos. Tenía mucho miedo (¿teníamos que tener cuidado de unos chicos?). Me hice de coraje o me venció el morbo. La cuestión es que traté de encontrarlos. Y lo que descubrí me resultó aterrador: un hombre muy sucio, dormido, en una silla de ruedas. Si pienso en Poxi-ran, enseguida se me viene ese hombre a la cabeza.
De aquí viene esa sensación que me vibra en el cuerpo cuando voy de noche por Florida: una melancolía muy profunda, arraigada en una fuerte sensación de pertenencia. Los lugares y las personas que fueron atravesados por mi infancia se me hacen completamente míos. Como esa amiguita que en el ’88, en un verano en Villa Gesell, me agarró de los pelos y rompió mi nariz contra el palo de una carpa. Yo la siento parte de mí.
Una vez en el cine nos separamos. Mi mamá fue a ver alguna peli para chicas con mi hermana y a mi papá le tocó llevarme a ver una de dibujitos animados.
La película que vi ese día, mi primera en un cine, me resulta hoy en día de lo más extraña. No era una de Disney, ni una de García Ferré. Era la historia de un gusanito. Como nacía, comía, andaba… hasta que, un buen día, el gusanito se envuelve a sí mismo en hilos de seda. Me partió de angustia. ¡La graciosa larva estaba muerta y ahora no era más que una momia mientras a su alrededor todo se convertía en tenebroso invierno!
Me puse a llorar, confundida (ya me había pasado algo parecido con Bambi). Quise ir con mi mamá, pero mi papá me calmó y me convenció, vaya a saber con qué argumentos, para que me volviera a sentar en la enorme butaca bordó. Y fue entonces cuando filosas alas coloradas y naranjas atravesaron el capullo hasta desprenderse por completo de él. El gusanito se había convertido en mariposa. Pasmada, mientras las imágenes seguían su curso, no podía dejar de pensar que el gusano era un varón y la mariposa una nena. Mi papá me dijo que el gusano se había transformado en mariposa y yo no pregunté nada más porque, francamente, ese gusanito ya me había hartado hacia tiempo.
De vuelta en el Gacel, pasamos a buscar a mis primos por un baile. Cuando traté de contarle a ellos la historia de aquel gusanito que después de morir se transformaba en mariposa, Ezequiel, que era el mayor de todos los primos, me dijo con malicia, saboreando las palabras con las que iba a partirme el corazón (como yo lo hiciera más tarde con mi prima, revelándole que Papá Noel no existía): “Las mariposas viven un día, 24 horas, al final del día se mueren”. Repetí esa misma frase por años, regando amargura indiscriminadamente, en cuanto alguien avistaba una bella e inocente mariposa…
Pero los recuerdos son más fieles a uno mismo que a la verdad. Ni mi papá ni mi mamá guardan memoria de la película de la pobre larva que cometió el error de convertirse en mariposa, para morir más tarde, ese mismo día. Ni yo, valiéndome de palabras como gusanito, lombriz y mariposa pude corroborar la existencia de esta película.
Sí, al final, todo es ilusión, hay una mariposa transexual que vive eternamente en la película de mi infancia donde los paralíticos jalan Poxi-ran en Las Vegas, mi mamá usa tapados de piel, mi papá maneja un Gacel y yo tengo el poder de transformarme en una gran campana amarilla siempre que lo necesite.

























